¿Fábula?

Había un vecino en extremo poderoso en aquel barrio de Pueblo Mundo que poseía una mansión señorial como ninguna otra. Era muy rico, era Mandamás, tenía una mesnada* bien entrenada y casi todos le temían y adulaban. Eso le había creado enemistades, públicas entre los más valientes; la mayoría, soterradas. Pero al Mandamás le importaba un bledo. Dominaba en el barrio y en todo Pueblo Mundo.

Era juez y parte. Sin embargo, a menudo se sentía incómodo, pues a pesar de su poder de hacer lo que le viniera en gana, a veces surgía quien lo desafiaba. El atrevido de inmediato era catalogado de secuaz del bandido Robin Hood o de un loco barbudo alemán de apellido Marx. Era acosado y demolido, pero el asunto en cuestión le revolvía la bilis al Mandamás. Él quería que se le obedeciera con los ojos cerrados. Además tenía la gran desdicha que en una modesta casa vecina hacía más de medio siglo habitaba una familia que no aceptaba su omnímoda autoridad, vivían a su modo y manera y ninguno artificio había hecho que desistieran de su actitud independiente.

Eran un mal ejemplo para todo Pueblo Mundo. Imperdonable era el desafío de esos menesterosos. Menoscaban la autoridad que el Mandamás consideraba divina, directamente bajada del cielo.

Los de la casita eran violentados de mil maneras. Echaban agua hirviendo a sus gatos. Le envenenaban perros. Soltaban escorpiones venenosos en su patio. En la madrugada le destruían las flores del jardín y rompían los ejes del carretón de la familia. Prohibieron a comercios de Pueblo Mundo que les vendieran. Abrieron un hueco en la cerca que separaba a las dos propiedades y con el gallo más hermoso del mundo, aunque era impotente, atraían  a las gallinas del otro lado. Distribuyeron volantas que decían que los de la casita contagiaban la lepra y eran herejes, esquizofrénicos agresivos, hechiceros satánicos, cuatreros y otras lindezas por el estilo.

Pero nada. Los de la casita no se rendían y lo peor era que algunos en Pueblo Mundo los alababan, haciendo burlas sobre los de la enorme y blanca mansión señorial.

Y así pasó un ave. Pasó un invierno, un  verano y otro invierno y otro verano. Eran miles de aves las que había pasado. Los inviernos y los veranos sumaron decenas. El siglo fue uno nuevo y todo seguía igual. La casita, siempre agredida, pero resistiendo continuaba de vecina de la mansión imperial. No había forma de arrasarla y cada día eran más en Pueblo Mundo los que se solidarizaban con la casita.

Un día alguien dijo en la mansión señorial: “Tanto tiempo y no logramos acabar con ella. Ya casi todo Pueblo Mundo nos critica. No queda más remedio que cambiar. Cambiemos la táctica. Los de la casita aceptarán.”

Pero la jactancia sumaba generaciones enteras. Generaciones acostumbradas a poner fin a fuetazo puro lo que consideraban malos ejemplos. Así que pensaron: “Debemos colarnos en la casita, la ayudaremos en algo y le aflojaremos los ladrillos.”

Un día enviaron un emisario. Fue bien recibido, con café, tabaco, un trago de ron y natilla de calabaza. Igual que recibían a todo el mundo. Incluso, cuando los perros de la mansión señorial entraban al patio vecino por el hueco de las gallinas, los muchachos y los adultos de la casita jugaban con ellos y les daban golosinas. Una vez entró un pato grandote cojeando de una pata, la cual entablillaron y cuando estuvo sano cariñosamente lo azoraron para que regresara junto a su pata.

Sin embargo, hubo gente de la familia señorial que se negaban a la táctica blanda. Querían guerra a muerte, entre ellos Nosanto Caballero y la prima Noska Lora, aunque sin mucho éxito en su posición. Eran muchos los años de fracasos y todo Pueblo Mundo aprobaba el cambio.

El día que el Mandamás pasó en su alazán de pura raza frente a la casita y saludó al patriarca de la familia que cogía fresco sentado en el portal fue noticia que recorrió todo los rincones, más cuando los de la casita devolvieron educadamente el saludo. Todo el mundo cuchicheaba.

Otro día el alazán detuvo su elegante pasitrote y del portal a la montura y de la montura al portal se conversó respetuosamente y hubo invitaciones de visitas de ambas partes.

Las visitas se dieron. En el barrio, por fin, reinó más tranquilidad.

Hubo quien dijo: “Los de la Mansión en el fondo no son tan malos como parecen.” Los de la casita pensaron: “Menos mal que han recapacitado, pero no vayan a pensar que somos bobos.”

Robin-Hood-Men-in-Tights

Los acusaban de ser secuaces del bandido Robin Hood

*Conjunto de hombres armados que en la Edad Media estaba a las órdenes de un rey, noble o señor

 

 

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