
Crónica en homenaje al Día de la Cultura Cubana
Por Carlos Rafael Diéguez | Radio Miami Today
Miami, 20 de octubre de 2026
Cada 20 de octubre, cuando Cuba celebra el Día de la Cultura Cubana, la memoria nos conduce inevitablemente hasta aquella jornada de 1868 en que las calles de Bayamo escucharon las notas de un himno que terminaría convirtiéndose en expresión de la identidad nacional.
Aquel día, la cultura y la independencia quedaron enlazadas para siempre en la historia de nuestro pueblo.
Desde entonces, la cultura cubana no ha sido solamente música, literatura, pintura, teatro o poesía. Ha sido también pensamiento, rebeldía, conocimiento, patriotismo y dignidad.
Por eso, en este día tan especial, quiero detenerme en la vida de un hombre que supo reunir muchas de esas virtudes: Raúl Roa García, el inolvidable Canciller de la Dignidad.
Y quiero recordarlo, sobre todo, como un hombre de cultura, tal como veo en estos tiempos de batallar de la diplomacia cubana en las profundidades de la soberbia y la obstinación imperial.
En este día de la Cultura Cubana vale la pena poner en su justo lugar a Raúl Roa, porque antes de convertirse en una de las voces más conocidas de la diplomacia cubana, Raúl Roa fue como siempre, un apasionado lector, un escritor de extraordinaria personalidad, un periodista combativo y un profesor universitario que hizo del conocimiento una herramienta para comprender y transformar la sociedad. Un cubano de Talla extra fue Raúl Roa,
un muchacho habanero enamorado de los libros que nunca dejó de aprender y enseñar.
Raúl Roa García nació en La Habana el 18 de abril de 1907, en una familia donde también estaban presentes las tradiciones patrióticas de las luchas por la independencia de Cuba.
Su abuelo, Ramón Roa, había participado en el Ejército Libertador y estuvo vinculado a Ignacio Agramonte.
Quizás aquella herencia familiar contribuyó a despertar en el joven Raúl el sentimiento de pertenencia a una nación que todavía buscaba realizar plenamente los ideales de sus libertadores.
Pero hubo otra influencia decisiva: los libros.
Desde sus años juveniles fue un lector apasionado de Emilio Salgari, Julio Verne, James Fenimore Cooper y Daniel Defoe.
Aquellas lecturas alimentaron su imaginación, su curiosidad y su deseo de conocer el mundo.
Sin embargo, entre todos los grandes nombres que llegaron a sus manos, uno ocuparía un lugar particularmente importante: José Martí.
A los 18 años escribió un trabajo titulado Ensayo sobre José Martí, donde comenzaba a manifestarse la inquietud intelectual y política que acompañaría toda su existencia.
No resulta difícil encontrar una relación entre aquella temprana admiración martiana y la conocida sentencia del Apóstol:
«Ser culto es el único modo de ser libre».
Roa comprendió, a través de su propia formación y su trayectoria, el significado profundo de esa idea.
La cultura no era para él un adorno de la personalidad. Era una necesidad del pensamiento y una herramienta de emancipación.
El periodista que llevaba la historia en la palabra
En 1925 ingresó en la Facultad de Derecho de la Universidad de La Habana.
Allí coincidió con una generación de jóvenes que cuestionaba las estructuras políticas y sociales de la República.
Conoció a Julio Antonio Mella y posteriormente a Rubén Martínez Villena, dos figuras que influyeron profundamente en su formación.
Participó en las luchas estudiantiles contra la dictadura de Gerardo Machado, sufrió prisión y conoció el exilio.
Pero ni las cárceles ni las persecuciones consiguieron apartarlo de los libros, de la escritura y de su vocación intelectual.
Roa perteneció a esa generación de cubanos que entendió que el periodismo podía ser mucho más que la narración cotidiana de los acontecimientos.
Podía ser también una forma de participación en la historia.
Escribió ensayos, artículos, crónicas y polémicas. Colaboró en publicaciones cubanas y extranjeras y desarrolló un estilo caracterizado por la agudeza, la ironía, la riqueza del lenguaje y una extraordinaria capacidad para argumentar.
Entre sus obras encontramos Bufa subversiva, Historia de las doctrinas sociales, Quince años después, Viento Sur, En pie, Retorno a la alborada y La Revolución del 30 se fue a bolina.
Este último título revela algo muy propio de su personalidad: su capacidad para combinar la profundidad histórica con las expresiones populares del lenguaje cubano.
Porque Roa podía hablar de filosofía, sociología, literatura y política internacional sin perder nunca ese tono criollo, directo y espontáneo que lo identificaba.
Era un intelectual que no necesitaba renunciar a su cubanía para demostrar su cultura.
Y eso, precisamente, es una de las mayores riquezas de nuestra identidad nacional.
El profesor y promotor de la cultura
Mucho antes de ocupar responsabilidades diplomáticas, Raúl Roa dedicó una parte importante de su vida a la enseñanza.
Fue profesor de la Universidad de La Habana, donde impartió Historia de las Doctrinas Sociales y Filosofía Social.
También ocupó responsabilidades académicas y contribuyó a la formación intelectual de nuevas generaciones.
Su obra Historia de las doctrinas sociales constituye uno de los testimonios más importantes de esa faceta de su vida.
En 1948 asumió la Dirección de Cultura del Ministerio de Educación.
Desde esa responsabilidad apoyó la publicación de libros, las actividades teatrales, las artes plásticas y el desarrollo del ballet encabezado por Alicia Alonso.
Es importante recordar esta etapa porque demuestra que su relación con la cultura no se limitaba a escribir libros o impartir clases.
Roa comprendía la necesidad de crear espacios para que la cultura llegara a la sociedad.
Y en esa tarea puso también su energía creadora.
Cuando la cultura llegó a la diplomacia
En junio de 1959, Raúl Roa fue designado ministro de Estado del Gobierno Revolucionario, responsabilidad que desempeñaría después como ministro de Relaciones Exteriores hasta 1976.
Comenzaba otra etapa de su vida.
Pero el hombre que llegó a la diplomacia era esencialmente el mismo intelectual que había transitado por las aulas universitarias, las redacciones periodísticas y los movimientos estudiantiles.
Su cultura histórica le permitía comprender las complejidades del escenario internacional.
Su conocimiento del derecho y de las doctrinas políticas fortalecía sus argumentos.
Y su dominio del lenguaje convertía muchas de sus intervenciones en acontecimientos oratorios.
En agosto de 1960, durante una reunión de la Organización de Estados Americanos en San José, Costa Rica, protagonizó uno de los episodios más recordados de su carrera diplomática.
Al anunciar la retirada de la delegación cubana, pronunció una frase que quedaría vinculada a su trayectoria:
«Me voy con mi pueblo y con mi pueblo se van también los pueblos de nuestra América».
Aquellas palabras, recogidas en las crónicas históricas de su vida, expresaban la posición que defendía en nombre de Cuba.
Desde entonces, su figura quedó estrechamente asociada al apelativo de Canciller de la Dignidad.
Durante los acontecimientos de Playa Girón, en abril de 1961, sus intervenciones ante las Naciones Unidas adquirieron particular notoriedad.
En aquellos debates denunció la participación estadounidense en la preparación de la invasión y defendió la posición del Gobierno cubano ante la comunidad internacional.
Sus intervenciones eran también una demostración de que la palabra, cuando está acompañada del conocimiento y la convicción, puede ocupar un espacio importante en las relaciones internacionales.
Un cubano que nunca perdió el sentido del humor.
Hay otro Raúl Roa que merece ser recordado en este Día de la Cultura Cubana.
El hombre ingenioso.
El cubano ocurrente.
El que podía utilizar una frase popular para desmontar una solemnidad excesiva.
El que hacía del humor una expresión de inteligencia.
Numerosas anécdotas, algunas difíciles de comprobar en todos sus detalles, reflejan esa personalidad.
Una de las más conocidas cuenta que, ante la impaciencia de un delegado estadounidense por intervenir en una reunión, Roa le concedió la palabra con una advertencia que pasó al anecdotario diplomático:
«Tiene la palabra el delegado de Estados Unidos, pero sin guapería».
Más allá de la literalidad de estas historias, lo significativo es que el pueblo identificaba en Roa una manera muy cubana de hablar y actuar.
Su personalidad reunía al intelectual y al hombre de pueblo.
Al profesor y al polemista.
Al diplomático y al periodista.
Al hombre de pensamiento y al cubano que sabía reír.
La cultura como patrimonio de la nación
Raúl Roa falleció en La Habana el 6 de julio de 1982, a los 75 años.
Había dedicado su existencia a estudiar, escribir, enseñar y participar en acontecimientos que marcaron la historia cubana del siglo XX.
Su legado puede examinarse desde diferentes perspectivas históricas y políticas, como corresponde a una figura que vivió y protagonizó épocas de profundas transformaciones.
Pero hay una dimensión de su vida que merece especial reconocimiento en esta fecha: su contribución a la cultura y al pensamiento cubanos.
Porque la cultura de una nación también se encuentra en sus pensadores, sus periodistas, sus maestros, sus historiadores y en quienes han sabido utilizar la palabra para expresar las aspiraciones de su tiempo.
Cuba ha dado al mundo grandes músicos, escritores, científicos, artistas y educadores.
También ha dado hombres de una formación intelectual excepcional que llevaron consigo esa identidad cultural a los escenarios internacionales.
Raúl Roa fue uno de ellos.
Raúl Roa sigue hablando desde nuestra historia
Hoy, 20 de octubre de 2026, cuando celebramos el Día de la Cultura Cubana, recordar a Raúl Roa García es también rendir homenaje a esa tradición intelectual que encuentra en Félix Varela, José de la Luz y Caballero, José Martí, Enrique José Varona y tantos otros cubanos algunas de sus expresiones más significativas.
Es recordar que una nación no se sostiene únicamente sobre su geografía o sus instituciones.
También se sostiene sobre su memoria, su idioma, sus tradiciones, sus libros, su música y las ideas que sus hijos transmiten de una generación a otra.
La cultura cubana pertenece a todos los cubanos, vivan donde vivan, piensen como piensen.
Es un patrimonio compartido que merece ser conocido, estudiado y preservado.
Y desde Miami, donde también late una parte importante de esa cultura nacional, quiero dedicar estas líneas a la memoria de un hombre que hizo de la lectura una pasión, de la escritura una vocación, de la enseñanza una responsabilidad y de la diplomacia el escenario de algunas de sus páginas más conocidas.
Raúl Roa García no fue solamente el Canciller de la Dignidad. Fue, ante todo, un cubano de profunda cultura.
Y quizás ese sea uno de los homenajes más hermosos que podamos rendirle en esta fecha.
Porque los cargos públicos terminan, los acontecimientos políticos pasan y las circunstancias históricas cambian.
Pero los libros permanecen, las ideas sobreviven y la cultura continúa iluminando la memoria de los pueblos.
En este Día de la Cultura Cubana, recordar a Raúl Roa es recordar también aquella enseñanza de José Martí:
«Ser culto es el único modo de ser libre».
Radio Miami Today — Miami, Estados Unidos
Crónica original elaborada a partir de documentación biográfica e histórica, especialmente de EcuRed y del Instituto Superior de Relaciones Internacionales Raúl Roa García.
Fuente principal: https://www.ecured.cu/Ra%C3%BAl_Roa
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