A lo largo de milenios, la religiosidad ha sido causa y pretexto para numerosos, cruentos y devastadores conflictos y guerras al interior de Europa. Con objetivos no santos y con la excusa de la propagación o defensa de la fe, monarcas, papas y caudillos han agredido y ocupado naciones, regiones y continentes enteros.

En uno y otro ámbito pueden citarse las Cruzadas, la evangelización del Nuevo Mundo, la Reforma religiosa y el antisemitismo que dio lugar a los pogromos, condujo a la expulsión de los judíos de España y sus colonias y culminó con el holocausto.

En algunos casos las fuerzas conservadoras y reaccionarias, actuando bajo el manto religioso, quedaron impunes como ocurrió con los pueblos originarios de América y los esclavos importados de África que no pudieron defenderse por sí mismos ni tuvieron aliados, cosa que no ocurrió con los pueblos del Oriente Medio que encontraron en caudillos como Saladino, líderes que enfrentaron y derrotaron a los invasores.

En los siglos XIX y XX, incluso en el XXI, respecto a las potencias, las excusas religiosas, fueron sustituidas por descarnadas prácticas colonialistas, neocolonialistas e imperialistas, lo cual se manifiesta en la política exterior de los Estados Unidos que, después de completar, a costa de México su expansión geográfica, no sumó nuevas conquistas territoriales y nunca acudió pretextos religiosos.

La Primera Enmienda a la Constitución de los Estados Unidos no deja dudas acerca del carácter laico del estado de ese país y de la separación de la religión (no exactamente de la fe) de la política interior y exterior. “El Congreso –precisa la Primera Enmienda– no podrá hacer ninguna ley con respecto al establecimiento de la religión, ni prohibiendo la libre práctica de la misma…”.

Aplicado a la política exterior, este precepto impide que Estados Unidos se implique en ningún evento encaminado a favorecer o perjudicar a alguna corriente o credo religioso y obviamente en ninguna lucha cuyas motivaciones sean religiosas. No hay manera de justificar acciones políticas y/o militares de Estados Unidos contra un país, fuerza o entidad alguna por ser islámica.

A propósito, es pertinente recordar que el primer país en reconocer a los Estados Unidos fue Marruecos, un reino musulmán, su primera guerra en ultramar fue contra los piratas bereberes, también de esa fe que asolaban el Mediterráneo y uno de los primeros tratados internacionales del joven estado fue pactado por la administración de George Washington conocido como «Tratado de Paz y Amistad, suscrito en Trípoli el 4 de noviembre de 1796.

Cuando el país se implicó en la guerra contra la piratería berebere que durante siglos asolaron los mares Mediterráneo y Atlántico, asaltando buques mercantes, incluidas naves estadounidenses, Estados Unidos se sumó a varias potencias europeas y libro las Guerras Berberiscas, nombradas así porque los piratas eran de bereberes, una etnia nativa del Magreb que tenía sus bases en Libia, Túnez, Argelia, Marruecos

En su extensa zona de operaciones, como hacen todos los piratas, los bereberes atacaban, abordan y saqueaban mercantes, secuestraban pasajeros y tripulantes, cobraban peaje, incluso incendiaban ciudades costeras. Entre otros cientos de ellos, los famosos hermanos Aruch y Jeireddin Barbarroja eran piratas bereberes. Curiosamente, entonces atacar y abordar naves de países cristianos era asumido como parte de la guerra del islam contra occidente. De las acciones de aquellos piratas proviene la frase española; “moros en la costa”

Al someter a los países de la región al poderío combinado de las  armadas de guerra occidentales, a lo cual contribuyeron entre otros, Marruecos y el Imperio otomano. Para dejar explícita su posición y sus motivaciones, en 1796 Estados Unidos suscribió el Tratado de Trípoli que, en uno de los artículos hace constar que: “Puesto que el gobierno de los Estados Unidos de América no está fundado en ningún sentido sobre la Religión Cristiana, carece de rasgo alguno de enemistad hacia las leyes, religión o prosperidad de los musulmanes…”  En junio de 1797, el Tratado fue ratificado por el Senado y el presidente John Adams lo convirtió en ley*.

De alguna manera lo que pudiera parecer una confrontación del mundo islámico con occidente no es tal cosa porque, excepto algún país cuyos líderes por sus propias razones repudian y combaten a Estados Unidos, en general, la hostilidad fundada en razones confesionales, proviene de entidades no estatales.

Las actuales organizaciones de matriz islámica o que dicen serlo para utilizar la fe como justificación para practicar el terrorismo y la piratería al estilo de Al-Qaeda, el Estados Islámico, Boko Harán y otras que no deben ser confundidas con entidades consagradas a la resistencia legítima frente a la agresividad sionista, no merecen apoyo, solidaridad ni comprensión.

La historia pasada, plagada de injusticias, no debe ser olvidada, pero tampoco utilizada para constantemente avivar rencores y promover confrontaciones, actuar con “sentido del momento histórico” supone también capacidad para pasar páginas y auspiciar nuevas eras de convivencia. Allá nos vemos.

……………………………………………………………………………………

* Aunque académicos orientalistas han puesto en duda la exactitud traducción del Tratado citado, originalmente redactado en árabe, el gobierno norteamericano nunca lo ha denunciado.