Los estados nacionales con gobiernos centralizados, comenzaron a consolidarse en Europa desde fines del siglo XV y, alrededor del siglo XVIII, en esos espacios territoriales se perfiló un modelo político que, en el siglo XIX, Karl Marx bautizó como capitalismo.

En aquella fase del proceso civilizatorio que prosperó en Europa se congeniaron la cultura acumulada, el liberalismo en todas sus manifestaciones (económicas, políticas, jurídicas, culturales, religiosas etc.), la Revolución Industrial, la democracia con sus atributos, especialmente los derechos humanos y civiles, sí como una notable expansión de los conocimientos filosóficos y humanistas que alumbraron grandes doctrinas.

Con luces y sombras y diferentes velocidades, ateniéndose a peculiaridades nacionales, el capitalismo se estableció en Europa y luego en el Nuevo Mundo, comenzando por los Estados Unidos y empujados por ellos, debutaron en el Oriente, primero en Japón con la Revolución Meiji, luego en China con la república de Sun Yat-Sen constituyéndose en el modo de producción y la ideología dominante. El mundo es capitalista y liberal no porque lo quiera algún líder o superpotencia, sino porque lo es la formación económica y social.

En 1945 tuvo lugar el tercer reparto del mundo, no en forma de apropiaciones territoriales, sino de zonas de influencia, creándose lo que en propiedad puede llamarse un orden internacional basado no en la fuerza ejercida, sino en equilibrios de poder y en instituciones. El entendimiento reconoció la convivencia de dos sistemas mundiales y se afirmó en instituciones como la ONU y las establecidas por los acuerdos de Bretton-Woods, La Habana y otros.

Debido a la presencia del capitalismo y del socialismo, el modelo mundial fue bautizado como bipolar, y por la presencia protagónica del Tercer Mundo como “multipolar”. En ningún caso las denominaciones se referían a la capacidad de dictar el curso de la civilización planetaria que, al margen de las construcciones ideológicas, avanzaba debido a la convergencia de las economías las tecnologías y la cultura humanística. La globalización no es intrínsecamente capitalista ni socialista, tampoco neoliberal, sino civilizatoria.

El colapso de los regímenes de inspiración socialista en Europa Oriental y la Unión Soviético, dieron lugar al espejismo de que Estados Unidos podía liderar un mundo unipolar. De ese modo se confundió la existencia de un poder militar y económico predominante con la idea de un centro de poder, lo cual fue desmentido por la constitución de la Unión Europea, el auge de China, la recuperación de Rusia y el dinámico desempeño de una veintena de países emergentes.

El comercio mundial regulado por la Organización Mundial de Comercio, la existencia de la ONU el G7, el G20 y otras asociaciones como BRICS, los acuerdos Asia-Pacifico y cientos de tratados regionales y bilaterales de libre comercio matizaron los liderazgos de las grandes potencias.

Incluso en el aspecto monetario, divisas altamente solventes como euro, yuan chino, yen japonés, libra esterlina, franco suizo, rublo ruso y otras de gran peso en los circuitos comerciales y en los mercados de divisas, expresan una tendencia al equilibrio del dólar estadounidense que es un activo mundial útil y cada vez más compatible con el pluralismo monetario que tiende a imponerse.

El orden económico, comercial, financiero, monetario, tecnológico y cultural mundial es de hecho y de derecho multipolar, lo que no es mundial es el poder y la hegemonía y cualquier intento de alcanzarla por la fuerza parece condenado al fracaso. La fuerza y la violencia no crean riquezas ni sustentan el poder. Las bayonetas no sirven para gobernar sentados sobre ellas. Allá nos vemos.