El ISLAM, el poder y la democracia

   

                                               

         Ante eventos políticos inesperados o inexplicables lo más indicado es preguntarse: ¿Quién gana, qué? En Turquía ganó Erdogan, que además de conservar el poder, ha reforzado su legitimidad y obtenido excusas para reprimir, debilitar a la oposición, y depurar al ejército y a la estructura estatal.

Los golpistas provocaron que el pueblo saliera a las calles no a luchar por el presidente, sino a repudiar a los golpistas y defender la democracia. Lo mismo ocurrió con la prensa, la intelectualidad, y la oposición política. Al victimizar al mandatario se le otorgó algo que por sus propios méritos difícilmente hubiera conseguido.   

LA DEMOCRACIA Y EL ISLAM EN TURQUÍA

Entre los grandes hallazgos de la cultura política occidental figura la separación de la religión, la fe, las jerarquías religiosas, y las iglesias, del estado y del poder, cosa que pocos países país islámicos han logrado plenamente.  

Según la teología cristiana, Dios creó al hombre y la mujer, y los dotó de “libre albedrio”, a partir de lo cual el Todopoderoso se abstiene de interferir en los asuntos mundanos, entre ellos en las cuestiones políticas y en el ejercicio del poder temporal. Aunque existen organizaciones de inspiración cristiana, y la mayoría de los gobernantes son creyentes, ningún país occidental es gobernado con arreglo a la fe o la letra de la Biblia.

En cambio, la concepción islámica referida al poder de Dios conduce a los estados teocráticos, en los cuales la autoridad religiosa y política se encarna en las mismas personas. Según aquel credo, el poder delegado de Alá es extensivo a la organización social, a las leyes y las prácticas, incluidos los estilos de vida, modos de vestir, relaciones entre hombres y mujeres, alimentos, y otros asuntos que en occidente son triviales o material civil.

   

En 1998, cuando formaba parte del Partido de la Prosperidad, el propio Recep Tayyip Erdogan fue llevado ante la justicia porque, ostentando un cargo político, declamó en público un poema cuya letra, entre otras cosas expresa: “Las mezquitas son nuestros cuarteles, las cúpulas nuestros cascos, los minaretes nuestras bayonetas, y los creyentes nuestros soldados…”

 

Turquía que durante 600 años fue el núcleo del Imperio Otomano, es un país extraordinariamente peculiar. En el mismo conviven una de las sociedades y culturas islámicas más antiguas y poderosas, y una república con menos de un siglo de existencia. Allí interactúan el islamismo enraizado y cultivado por el 95 por ciento de la población, y el liberalismo imprescindible para el funcionamiento de una república laica y democrática.  

A ello se suma la situación geográfica y cultural. Ubicada en la confluencia de Europa y Asia, la dicotomía política, confesional, y cultural genera en Turquía contradicciones y enormes tensiones políticas, que han dado lugar a grandes luchas por preservar el laicismo del país, y entre otras cosas ha motivado cinco golpes de estados, todos para impedir la entronización del criterio islámico en el ejercicio gubernamental.

La dualidad en las estructuras sociales está presente en los partidos, el sistema político, las élites y sus representantes. Recep Tayyip Erdogan no es una excepción. Se trata de un islamista consecuente que, a regañadientes, acata los principios del liberalismo político y la democracia, y no oculta sus preferencias por la estructura islámica.

Es temprano para afirmar que la cruenta tentativa de golpe de estado haya sido motivada por criteritos asociados al mantenimiento del laicismo, y confrontado cierta identificación del gobierno turco con elementos del Islam radical, con el cual, incluso llegó a traficar petróleo proveniente de Siria. No obstante esas cuestiones forman parte del entorno político y pueden haber influido en los eventos recientes. Viviremos para ver. Los mantendré al tanto.  Allá nos vemos.  

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*Este artículo fue escrito para el diario mexicano ¡Por Esto! Al reproducirlo o citarlo, indicar esa fuente

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