Acordes eternos al maestro de las cuerdas

por LISANDRA GÓMEZ GUERRA

El distinguido guitarrista espirituano Roberto Jiménez Tormes falleció pasadas las ocho décadas de vida

Ajeno a toda estridencia, Roberto Jiménez Tormes, uno de los músicos más humildes del pentagrama espirituano, marcó siempre la diferencia.

Sancti Spíritus deja escapar tristes arpegios. De las cuerdas de sus guitarras resulta imposible que broten otros sonidos. El padre de ese instrumento en esta tierra de herencia trovadoresca ha dejado un profundo silencio entre familiares, amigos, músicos y públicos amantes de las más autóctonas melodías.

Acorde tras acorde, Roberto Jiménez Tormes hizo suya la guitarra. Sin ella, como le confesó a un colega, era un hombre por la mitad. Conoció cada centímetro de su curva, la fuerza de sus cuerdas, de donde supo arrancar sonidos estremecedores.

“No soy compositor. Aunque tengo varias melodías, sobre todo música instrumental, que es la que verdaderamente me gusta”, confesó en su última entrevista a un medio de prensa cuando ya la salud cimbraba a semejanza del instrumento recostado en su pecho en plena improvisación.

Y es que de casta le venía el amor por la música. Su hermano Jorge enamoraba con su voz en el otrora trío Los Hermanos Morgado. Fue frente a esa agrupación que tomó quizá la más acertada decisión de su vida: la guitarra sería su más fiel compañera.

Para ello se nutrió de los mejores: Rafael Rodríguez y Armando Zamora. La casa familiar, ubicada en Pancho Jiménez, se hizo escuela y jamás debió pagar un céntimo por aquellas lecciones, más que de música, de la vida toda.

De ahí nació otro compromiso: enseñar. Hasta a su hogar, donde encontrar una guitarra resulta tan fácil como un chasquido de dedos, llegaron varias generaciones de espirituanos ávidos de hacer hablar al instrumento.

Justo en el medio de un grupo de entusiastas alumnos apostó por su más complejo empeño cuando de fundar grupos se habla: constituyó la Orquesta de Cuerdas.

“Alguien dijo que era un trío grande y no se equivocó. Incluso, Jesús Ortega, quien dirige la guitarra en Cuba, me confesó que le había superado su orquesta”.

Ajeno a toda estridencia, Roberto Jiménez Tormes, uno de los músicos más humildes del pentagrama espirituano, marcó siempre la diferencia. Todavía se escuchan los ecos del día que llevó para su casa a Efraín Amador para que ofreciera un concierto por no contar con otro espacio en la urbe del Yayabo.

Jamás se le vio batuta en mano y los ensayos los dejaba a la libre improvisación. Codo a codo con sus alumnos las horas del día se hacían eternas entre notas, acordes y arpegios.

Y como si no hubiera pasado el tiempo, salía guitarra en mano a conquistar a los públicos espirituanos a quienes jamás abandonó, a pesar de que La Habana muchas veces intentó deslumbrarlo.

“Todo lo que he hecho ha sido siempre pensando en Sancti Spíritus”, fue su despedida de aquella última entrevista, donde en cada segundo Roberto Jiménez Tormes reverenció la guitarra.