Los procesos latinoamericanos enseñan que las mayorías electorales
obtenidas por la izquierda no amparan revoluciones, al menos no del
tipo tradicional que implica a todas las estructuras, clases, y
estamentos sociales, y que generan intensas luchas. Una mayoría de
simpatizantes electorales no es suficiente para entronizar cambios
económicos y políticos trascendentales.
Lo ocurrido en Bolivia sucedió antes en la Guatemala de Jacobo Arbenz,
en Paraguay con Fernando Lugo, y en Brasil, donde con poco trámite,
Dilma Rousseff fue echada del poder. Ello muestra la fragilidad de la
izquierda, que al asumir el gobierno por vía electoral, la izquierda
pudiera avanzar en materia económica y social, aunque carece de
solvencia para retar a las élites políticas que han ejercido el por
durante siglos, ni especular con la idea de modificar el sistema ni
confrontar al imperialismo.
Mientras la izquierda moderada europea impulsa programas avanzados y
logra constituir estados de bienestar, en América Latina no se logra
la estabilidad que permita consolidar lo alcanzado.
La democracia liberal es un esquema de poder y una arquitectura
formada por estructuras e instituciones jurídicamente respaldadas,
difíciles de modificar o desconocer. Además de la separación de los
poderes, el esquema incluye el alejamiento del estamento militar de la
política, y la total e incondicional subordinación de las
instituciones y mandos castrenses al poder civil.
Por su función, los militares poseen las armas, lo cual les confiere
un poder físico inmenso, y que ninguna otra estructura estatal o
social puede confrontar. De ahí la prohibición a mezclarse en asuntos
políticos. Al asignar al jefe del estado el comando de las fuerzas
armadas no se trata de aumentar el poder de los civiles, sino que se
limita el de los militares. Quien tiene las armas, no tiene autoridad
para sumarse a ninguna facción política.
En Bolivia, ante la insubordinación de la policía y el
pronunciamiento del alto mando de las fuerzas armadas por intermedio
del Comandante General del Ejército, Williams Kalimán, lo que
correspondía era destituirlo, cosa que el presidente Evo Morales ni
siquiera aludió, porque no contaba con fuerzas para aplicarlo, y como
él ha explicado, prefirió evitar la violencia, decisión que lo
enaltece, aunque liquida el proceso.
Al respecto conozco dos precedentes. En 1951, durante la Guerra de
Corea, el general Douglas MacArthur, comandante de las tropas aliadas
en el Pacifico, solicitó al presidente Harry Truman autorización para
utilizar bombas atómicas contra China. La petición fue denegada, ante
lo cual el general criticó al presidente, que sin vacilar lo
destituyó. En fecha reciente Barack Obama aplicó la misma medicina al
engreído general Stanley McChrystal, comandante de las tropas en
Afganistán, quien se permitió cuestionar sus políticas en la
conducción de la guerra.
Lo ocurrido en Bolivia es una especie de corolario derivado de
complicadas situaciones políticas, que configuraron una intensa
confrontación en la cual el presidente Evo Morales ejerció un
liderazgo legítimo, sin poder construir un consenso nacional. Las
tensiones entre los pueblos indígenas, el abstencionismo de la clase
obrera, y el racismo de amplios sectores, impidieron que los éxitos
económicos y sociales derivaran en cohesión política. Algunas
imprecisiones complicaron el desempeño.
Las tareas por delante son inmensas y tomarán tiempo. Lo primero es
salvar a Evo, preservar a los cuadros fundamentales, tratar de
reconstruir el movimiento, trazar metas, y adoptar tácticas apropiadas
y realistas. Allá nos vemos.











