Ningún imperio y ninguna guerra, han logrado alterar sustancialmente las tendencias civilizatorias de la humanidad. Paradójicamente los promotores de la II Guerra Mundial, el más grande cataclismo humano quisieron establecer un imperio autoritario en grado superlativo y resultó lo contrario.

En la lucha antifascista los dos sistemas mundiales sumaron fuerzas y la victoria sobre los nazis acentuó las tendencias a la democracia, la colaboración, el multiculturalismo y el multilateralismo, de lo cual la ONU es el mejor exponente. La zaga de aquel nefasto evento puso fin al colonialismo y favoreció el crecimiento del socialismo que se convirtió en un sistema mundial.

De lo que se trata es de que, haya sido creada por la Providencia o sea fruto de la evolución, la especie humana, social por excelencia, tiene una marcada tendencia a lo gregario. Espontáneamente, los individuos se agruparon en familias, hordas, clanes, tribus, naciones y estados. Los casi ocho mil millones de habitantes del planeta forman unos 200 países integrados en la ONU.

Dos países, China e India cuentan con más de mil millones de habitantes, cada uno, Estados Unidos posee más 320 millones, tres estados, Indonesia, Pakistán y Brasil más de 200, con más de 100 hay diez. Con cincuenta millones o más existen 14 y con más de 20 millones figuran 20. Ningún humano por ermitaño que sea vive aislado.

En esos procesos en los cuales se combinó la evolución orgánica y el progreso cultural se modeló la espiritualidad y se gestó la cultura que fue primero local, luego nacional y más tarde universal, sin que unos fenómenos anularan a otros. A pesar de invasiones y conquistas, aunque despreciadas y desestimadas, excluidas y perseguidas, son pocas las culturas ancestrales que han sido borradas.

El dato más relevante del devenir milenario y planetario es que, a pesar de evolucionar aisladas las unas de las otras todas las culturas, civilizaciones y comunidades, en diferentes momentos y bajo circunstancias específicas, llegan a los mismos resultados. Todas crearon sus lenguas y su literatura, sus leyendas y su fe, además de su arte, la ética, la moral y los más altos valores. Todas aspiran a vivir en democracia y quienes la disfrutan luchan por hacerla más perfecta.

Por difíciles caminos, venciendo la intolerancia, la exclusión y el absolutismo, progresaron las doctrinas humanistas y el pensamiento político que, en la misma andadura crearon el cristianismo, el islam, el judaísmo, el liberalismo, el socialismo y las grandes corrientes políticas contemporáneas que florecen porque el proceso civilizatorio y no ningún caudillo o partido, instalaron la democracia. Un bien que cuando se posee se critica y cuando se carece se extraña y se sufre.

En su magnífica condición de bien nunca terminado, la democracia es la principal categoría política creada por la cultura humana. Con ella comienza y termina todo y sin ella no hay progreso posible. En nombre de la democracia se han hecho todas las revoluciones.

En democracia florecen las ideas y se expande el pensamiento, se acelera el desarrollo económico y el progreso general, se amplían los horizontes de la educación y de la cultura popular y se caracterizan las personalidades. Un dato relevante es que todos los países avanzados y emergentes son democracias.

En esa lógica del desarrollo humano, florecieron los estados nacionales, el nacionalismo y el patriotismo que paulatinamente y sin rupturas dolorosas, son trascendidos por la integración. En el Viejo Continente, donde la pluralidad cultural, el liberalismo, el marxismo, el socialismo dieron lugar al nacimiento de la “ciudadanía europea”, la conquista cívica más relevante de la modernidad.

Cuando la integración madure y haya también ciudadanías americana, africana y asiática, habrá surgido la premisa para la ciudadanía global. Tal vez antes que el egoísmo y la maldad construyan un imperio global, se imponga una democracia total que llegará como llegó el momento actual cuando ya no hay colonias y los imperialismos parecen caducos.

La guerra que ahora se libra en Europa, con sus alardes de superioridad militar, las búsquedas de reivindicaciones locales y conquistas territoriales es, entre otras cosas, expresión de un primitivismo que no se impondrá porque el tiempo transita en una sola dirección del pasado al futuro. Se puede reinterpretar, falsificar, honrar o añorar el pasado, lo que no puede es reconstruirse. Allá nos vemos.