Guiados por un pragmatismo que sostiene principios y no hace concesiones, algunos estadistas del momento como Vladimir Putin, Raúl Castro, Kim Jong-un, Hassan Rouhani, incluso Bachar al Assad, han realizado audaces maniobras, asumiendo a Estados Unidos como son, sin tratar de cambiarlos ni esperar a que lo hagan para actuar. Ese enfoque los ha llevado a negociar y entenderse con el imperio al margen y a pesar de las sanciones.
En una movida política y diplomática de alta escuela, bajo el gobierno de Raúl Castro, en vida de Fidel, Cuba, el país que durante más tiempo y con mayor rigor y crueldad ha soportado sanciones económicas, comerciales, financieras, políticas, culturales y humanas de los Estados Unidos, sin ceder en sus principios, negoció el restablecimiento de relaciones diplomáticas e inició el camino de la normalización.
Los líderes cubanos no demandaron el fin de las sanciones económicas para iniciar las tratativas sino que, aprovechando la coyuntura creada por el enfoque de Barack Obama, avanzaron en entendimientos básicos con la correcta apreciación de que el bloqueo no resistiría la normalización simplemente porque son incompatibles. Un sector de las élites cubanas no comprendió la maniobra porque, al asociarse con momentos de reformas internas, resultó demasiado sofisticada para mentes ancladas en precedentes desactualizados.
Aunque el esfuerzo, en parte se frustró por accidentes políticos impredecibles que llevaron a Donald Trump a la Casa Blanca, las esencias del desempeño del gobernante cubano, no solo son válidas, sino que sirven de precedente para ulteriores esfuerzos diplomáticos de la misma entidad. Nadie que no sean los propios estadounidenses puede elegir al presidente de ese país y tampoco es preciso esperar que aparezca allí un estadista de la talla de Barack Obama.
Kim Jong-Un, cuyo país durante décadas ha sido colocado en situación extrema por la guerra, setenta años de agresividad y más recientemente por las sanciones de los Estados Unidos, la ONU, incluso China, con el agua al cuello, maniobró diplomáticamente y bajo el manto de una incendiaria retorica nuclear, forjó pautas negociadoras que lo llevaron a Beijing, Corea del Sur y finalmente a Singapur donde sucesivamente se encontró con Moon Jae-in, Xi Jinping, y Donald Trump con quien se entendió.

Las tremendas sanciones económicas impuestas a Rusia por Estados Unidos, Europa y la ONU debido a la anexión de Crimea, el intervencionismo en Ucrania, la alianza militar con Siria e Irán y la presunta intromisión en los procesos electorales estadunidense, no han impedido las negociaciones en todos los temas de la agenda bilateral e internacional ni evitado la Cumbre en Helsinki.
Más recientemente el presidente de Irán, Hassan Rouhani ha reaccionado con mesura, sin excesos y sin perder la compostura, maniobra ante la decisión el presidente Donald Trump de retirarse del acuerdo 5+1 y restablecer, de modo ampliado las sanciones económicas. De hecho, el proceso negociador ha comenzado y aunque los primeros compases amenazan con una confrontación, se trata más bien de fijar posiciones que paulatinamente se aproximarán.
Irán que durante años negoció el acuerdo nuclear bajo las sanciones estadounidense y europeas, volverá a hacer lo que más le convenga: irá por la bomba o negociará un nuevo acuerdo que parece ser la opción a que se inclinará.
En cualquier caso, estas anécdotas prueban que las sanciones no son un obstáculo insalvable, como tampoco lo son las diferencias políticas ni las doctrinas ideológicas. El mayor obstáculo para la avenencia que permite establecer como doctrina la coexistencia pacífica y extraer dividendos políticos, diplomáticos y económicos es la retórica.
La retórica es una guerra sin balas ni bombas, pero con bajas pues liquida oportunidades. Se trata de un palo en la rueda de la diplomacia y la política en tiempo real. En fin, allá nos vemos.
La Habana 12 de agosto de 2018