Cuando el aparente enfrentamiento de civilizaciones, de los que hablara Huntington, parecía en vías de superación, aparece Trump reviviéndolas.
Durante años la religión y las ideologías constituyeron las fuentes de enfrentamiento entre regiones y países. Con anterioridad, hace miles de años, esos choques eran provocados por las necesidades de poseer tierras fértiles, convirtiéndose en el principal motor de los desplazamientos.
La llegada de George W Bush avivó décadas de tensiones y agresiones contra Medio Oriente, las cuales, en gran medida comenzaron con las reparticiones territoriales emprendidas por las superpotencias al terminar la Primera Guerra Mundial. Luego se agravaron con la creación del Estado de Israel y más tarde con el debut de China como potencia mundial. Es cierto que, en su comienzo, el crecimiento chino fue bien recibido porque las apuestas europeas y las estadounidenses, vaticinaban “el fin de la historia” y apostaban que los chinos abrazarían los “modelos políticos occidentales”. Incluso las pasajeras tensiones producidas tras el lamentable incidente de la plaza Tianamen, fueron olvidadas ante el diluvio de inversiones provenientes de los ciudadanos chinos que vivían fuera del territorio continental. Dichas inversiones en 1992 sobrepasaban el 80% del total y representaban un peligro para los capitales internacionales ávidos de hacer negocios. Con su crecimiento económico los colmillos de tigre, han mostrado que el animal no es de papel.
Durante el período de gobierno de Obama, ese choque de civilizaciones, como lo llamó Huntington, pareció que iba en camino de extinción y de hecho así hubiera ocurrido, de no haber sucedido los hechos de Libia, provocados aparentemente por la ceguera de la Secretaria Hillary Clinton.
Desde hace dos siglos, las diferencias han tenido una base ideológica donde la cultura, por supuesto, ejerce un papel importante, pero las actitudes políticas deciden la partida.
Con Donald Trump se corre el riesgo de que contradicciones no antagónicas como las diferencias de cultura y religión, sean tratadas como irreconciliables, especialmente dentro del ideario popular estadounidense, imbuido de concepciones racistas y discriminatorias.
La tabla de medir que al parecer aplica Trump, con su mentalidad errática, de negociante pícaro y racista, es que en determinadas “áreas del planeta” no hay cabida para el sistema político capitalista estadounidense y su respuesta de persona inculta, con olor a cemento y cabillas oxidadas, es excluirlas del territorio y condenarlas a sus territorios.
El “choque de civilizaciones” de Huntington no es una realidad, pero su manipulación desde un Poder como el que tendrá Trump en breve, puede convertirla en una verdad virtual de incalculables consecuencias para la paz mundial, incluso para la seguridad ciudadana estadounidense.
Rusia parece atraerle, porque aun cuando comparte culturas ortodoxas, musulmanas y de otras creencias, parece mostrar “capacidad” de negociar al estilo Trump. Además, posee petróleo. Por consiguiente, no son las diferencias de cultura, como el mesiánico Presidente estadounidense lo presenta sino el dinero y las perspectivas de ampliar su fortuna. No son los musulmanes y culturas diferentes las razones para el rechazo y la persecución. Tampoco lo es la superioridad “blanca”, defendida por el general Michael Flynn en su libro, sino la incapacidad de Washington para aceptar las reglas del juego del mundo que vivimos, donde cada cual debe organizar sus sociedades de acuerdo a los factores múltiples que determinan las estructuras políticas de un país.
Veremos si Trump logra que Rusia le siga la rima, pero dudamos que el Oso Estepario caiga en una docilidad no mostrada a lo largo de centurias. Lo más probable es que al descubrir la falta de similitudes, excepto el color de la piel de sus gobernantes, el pensamiento mágico del magnate inmobiliario de repente anule la existencia rusa, de igual modo que lo hizo con mexicanos y musulmanes, porque lo que subyace debajo de todos sus discursos es puro racismo y gran dosis de demagogia para atraer la clase pobre de blancos que confiaron en sus promesas y votaron por él.
Ojo que los cuervos acechan y los maleficios no demorarán en provocar sus víctimas, especialmente en las zonas musulmanas y dentro del propio Estados Unidos de Norteamérica.
Así lo veo y así lo digo.










