El hombre de La Casa Prado

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¿Recuerdan al hombre de La Casa Prado? Fue un personaje que se hizo popular en La Habana de los años 50 gracias a un programa radial de los domingos al mediodía y que era patrocinado por esa sastrería y camisería de la calzada de Belascoaín, La Casa Prado.

Durante años, mientras vivió la abuela de este cronista, su casa, que era también la de sus padres,  fue el centro de reunión de la familia y allí se daban cita invariable, para el almuerzo dominical, los  parientes allegados.  Llegaban  mi tío y su hijo y dos tíos viejos, hermanos de mi abuela, lo que hacía que,  junto con nosotros,  fuéramos diez a la mesa.

Preparaba la abuela toda la comida; era la dueña indiscutida de los fogones. Fogones de carbón ya que no permitió nunca que en aquellos predios donde ejercía un dominio absoluto se instalara una cocina de gas, por el peligro de una explosión, decía, ni una de hornillas  eléctricas,  por lo que gastaba.
Había pocas variaciones en el almuerzo: arroz blanco, frijoles negros y alguna  vianda frita, como platos acompañantes, y como plato principal una carne asada y  mechada con jamón o una buena carne con papas, cuando no una cubanísima ropa vieja.

Mostrábamos un entusiasmo  patriótico, casi constitucional por la carne de res, y éramos  poco allegados a las verduras y a los pescados. Nunca se ponían bebidas alcohólicas en la mesa, ni siquiera una triste cerveza que se suponía que a esa hora  los hombres de la casa ya habían consumido su cuota en la barra de La Princesa, en 16 y Concepción, en Lawton, con aquellas deliciosas galleticas preparadas —cerdo asado, jamón de pierna,     queso y pepinillo encurtido, montados sobre una galleta—  tapa  que a veces, en persona, servía Ramiro, el propietario del establecimiento,  o en la bodega del gallego Daniel, en Diez y Acosta, en la propia barriada, con el inevitable cubilete y un ejército de aceitunas que estimulaba el consumo alcohólico.
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¿Qué tiene que ver todo eso con el hombre de la Casa Prado? Sucede que mientras se esperaba por la hora del almuerzo, mi padre y su hermano escuchaban en un modesto y antiquísimo radio de los llamados «de capilla» un programa musical que  salía al aire por Radio Progreso y patrocinaba La Casa Prado, sastrería y camisería sita en Belascoaín, 267, en Centro Habana.
Desde que comenzaba el programa, casi al filo del mediodía, el conductor del espacio, a la voz de «A cogerlo, que no tiene espinas»,  daba noticias acerca de la ubicación del  Hombre de la Casa Prado.

Anunciaba, digamos, que en esa jornada estaría moviéndose  en el Vedado, lo que ponía sobre aviso a los radio escuchas de la barriada. Aludía  vagamente al lugar donde podría estar el  personaje  hasta que su ubicación se iba precisando a medida que transcurría el programa. Está en los alrededores de la CMQ, en 23 y M, decía el locutor, y más adelante: en las inmediaciones del parque Mariana Grajales, en 23 y C, y ahora, cerca de Paseo o en los contornos del edifico Atlantic —actual ICAIC— para asegurar, ya en los finales del espacio, que el sujeto se hallaba en los portales de La Pelota, que no estoy seguro que se llamara así entonces, en 23 y 12.

El asunto estribaba en identificarlo en cualquiera de sus ubicaciones posibles. Había que preguntarle si era el hombre de la Casa Prado. Si lo era, el agraciado recibía un bono contra el cual ese establecimiento comercial le obsequiaba una guayabera, esa camisa elegante y fresca, que tan bien se adapta a nuestra manera de sudar, según decía el poeta Nicolás Guillén, y qu era y sigue siendo una prenda de vestir cara.

Ni mi padre ni mi tío ganaron nunca el concurso. Eran participantes pasivos. Seguían con la imaginación su periplo, pero jamás salieron de la casa a localizar e identificar al personaje, aunque más de una vez lo tuvieron relativamente cerca.
La frase llegó a ser tan popular que en esos años se aludía como al hombre de La Casa Prado a aquel sujeto con quien era difícil encontrarse, aunque se procurara, o a quien aparecía sin que se le esperara, mientras que la otra frase —A cogerlo que no tiene espinas— se inscribía asimismo en el imaginario popular.

Habló para Radio Miami, desde La Habana, Ciro Bianchi Ross.