En estos días —el 24— Benny Moré hubiera cumplido 97 años de edad. La
ocasión es propicia para que críticos, comentaristas y estudiosos
expongan el fruto de sus acercamientos a la vida y la obra del autor
de Dolor y perdón y Conocí la paz, entre otros muchos boleros,
guarachas, mambos y sones. Un tema ciertamente interesante, desde
todos los puntos de vista en su trayectoria, es su presencia en
México.
El tema podrá tratarse con mayor o menor rigor, con más o menos
extensión, pero es ciertamente ineludible cuando se trata de la figura
del llamado Bárbaro del Ritmo. Porque es en ese país donde el cantante
cubano más popular de todos los tiempos inició su carrera discográfica
como solista, se presentó con el respaldo de muy importantes
orquestas, que cimentaron su fama, y apareció en por lo menos siete
filmes de la llamada época de oro del cine mexicano. Allí nacería su
hija Virginia, fruto de su matrimonio con la mexicana Margarita Juana
Bocanegra, una enfermera que se desempeñaba como secretaria del médico
cantante Alfonso Ortiz Tirado.
Más importante resulta decir que es en México donde Moré incorpora
gestos y estereotipos propios del personaje del Pachuco chicano,
utilizados por notables actores como Resorte y Tin Tan, y a los que el
cubano, una vez en la Isla, agrega el bastón y el sombrero que lo
caracterizara. Algo más. Es en México donde Bartolomé Maximiliano Moré
Gutiérrez adopta el nombre artístico con que se haría famoso: Benny.
Benny Moré.
Un estilo único
Benny Moré fue el ídolo de los bailadores y de los amantes de lo
genuinamente autóctono de la música cubana. Fue la alegría de la
fiesta y la compañía en los atardeceres melancólicos. En su
repertorio, que abarcaba todos los ritmos de la música popular —«Elige
tú, que canto yo», dijo en una de sus composiciones—, palpitaba
nuestra alegría festiva y una cubanía auténtica, y en su voz —alegre,
violenta, sensual, triste— una síntesis del ser nacional.
Benny halló un estilo único para sus interpretaciones y estuvo dotado
de una voz providencial. Se dice que fue el cantante cubano más
polifacético, que era capaz de florear, alargar, repetir frases de una
canción sin alterar su ritmo, y que pese a que se desenvolvió en una
época sumamente permeada de elementos foráneos en la música —que en lo
tocante a armonización asimiló inteligentemente— supo mantenerse fiel
a sus orígenes.
Pero eso no es todo. Benny era en sí mismo, actuara o no, un
espectáculo. Risueño, expresivo, espontáneo, ocurrente, cordial,
agresivo cuando la ocasión lo requería, como aquella vez que, en
Caracas, le rompió la cabeza a cabillazos a un empresario que se negó
a pagarle su dinero. Vestía casi siempre con unas chaquetas que se
alargaban hasta más abajo de la mitad del muslo y unos pantalones de
los conocidos como bataholas, sujetos por tirantes, que comenzaban
algo más arriba de la cintura. Un hombre penetrado por el ritmo
melódico que interpretaba su orquesta, a la que dirigía con una serie
de movimientos únicos que iban desde la suave contracción del brazo
hasta una violenta patada contra el piso.
Yo tenía fe en mi voz
Bartolomé Maximiliano Moré Gutiérrez nació en Santa Isabel de las
Lajas, actual provincia de Cienfuegos, en el sur de la región central
del país. Fue el mayor de 18 hermanos. Su tatarabuelo había sido
esclavo de los condes de Casa Moré. De ahí su apellido. Como su padre,
Bartolo trabajó como carretillero. Tenía un oído y una voz
extraordinarios y desde muy temprano aprendió a acompañarse con una
guitarra. No estudió nunca música.
El adolescente quería cantar y la popularidad ganada con su voz entre
sus compañeros de trabajo lo empujó a unirse a José Luis Bolívar. El
dúo Bartolomé-Bolívar era imprescindible en todas las serenatas. Luego
rodó de conjunto en conjunto hasta que en 1940 decidió conquistar La
Habana. Llegaría a la capital en un camión cargado de coles.
La capital resultaba arisca y Bartolo no era el único cantante que
pujaba por hacerse de un lugar ni el único que se iba a la cama con
más hambre que sueño. Se integró al cuarteto Cordero y al conjunto
Cauto, sin sacar provecho material, y se presentó en radioemisoras a
cambio del pago del pasaje del ómnibus. En CMQ, en La corte suprema
del arte, espacio para aficionados que dio tantos valores perdurables,
no gustó y le tocaron la campana a mitad de la presentación. Vendió
hortalizas; fue yerbero. Estar en La Habana era su más grande ambición
y la ciudad apenas le daba para vivir. Su ánimo, sin embargo, no
menguó. Diría años después: «Había venido a conquistarla y no me daba
por vencido. Había que oírme. Yo tenía fe en mi voz, en mis
canciones».
Y con su voz y sus canciones y una guitarra bajo el brazo se lanzó a
la calle. Cantó a los turistas y peregrinó por bares y restaurantes
durante tres años, hasta que Siro Rodríguez consiguió que Miguel
Matamoros lo escuchara. Al autor de Lágrimas negras y Son de la loma
le gustó su voz, comprendió que la manejaba a las mil maravillas, que
hacía con ella lo que le daba la gana y lo contrató para su conjunto
como suplente suyo en la parte vocal, pero bien pronto lo dejaría
actuar por su cuenta porque aquel muchacho era en sí mismo, decía
Miguel Matamoros, el son entero. Ese fue su debut profesional en la
música. Con el Conjunto Matamoros graba boleros, guarachas y sones sin
que su nombre aparezca en la
En méxico
El 21 de junio de 1945 hace, como parte del Conjunto, su primer viaje
a México. No demora Bartolo en ganarse al público. Los admiradores lo
asedian y lo siguen por salones de baile y cabarés. En algún momento
de este periplo Bartolomé Maximiliano, conocido por Bartolo, adopta el
nombre más llevadero de Benny, porque el suyo es imposible y Bartolo
no funciona. Así se les llama a los burros en México.
Matamoros regresa a Cuba, pero Benny se queda. Canta con el respaldo
de la orquesta de Arturo Núñez. También con la del mexicano Ángel
Flores —«El chino Flores»—. Los clubes Anáhuac, Fénix e Ixtacalco son
los escenarios de sus éxitos. En 1947 lo ficha la RCA-Víctor de México
y ahí comienza su carrera discográfica como solista. Con el conjunto
del tresero y contrabajista cubano Humberto Cané, hijo del fundador de
la Sonora Matancera, populariza números como Yiriyiribón y Mambeando.
De ese año son también sus grabaciones de Puntillita, Hasta cuándo y
¡Cómo gozo!, entre otras. En estas Benny muestra ya, dice el
musicógrafo Raúl Martínez, «su estilo único de sonear, improvisando y
montándose casi encima del coro, como solo él sabía hacerlo». Integra
el dúo Fantasma con el mexicano Lalo Montané y el acompañamiento del
saxofonista cubano Mariano Mercerón, y graba para la Víctor las
guarachas Parece que va a llover y Me voy pal’ pueblo. Precisa Raúl
Martínez: «Esto le sirvió para abrir brecha en el ambiente frívolo de
los espectáculos musicales nocturnos, tan al gusto bohemio de nuestro
Benny, y ser acompañado posteriormente por otras agrupaciones
prestigiosas como las de los mexicanos Rafael de Paz y Chucho
Rodríguez. Con esas daría a conocer sus primeras composiciones:
Desdichado (bolero), Rumberos de ayer (guaguancó), Bonito y sabroso
(mambo) y Dolor carabalí (afro)».
Tiene Benny Moré 25 años de edad y está en plena madurez artística. La
crítica lo ubica al lado de Kike Mendive, Lalo Montané, Tony Camargo,
Toño Jiménez y Bernardo Montesino. Entre ellos y Benny existieron
algunas influencias recíprocas, y es cierto que el cubano adquirió
elementos del canto y el baile de salón urbano del México de aquellos
tiempos, escribe el ya mencionado Martínez.
Su carrera se consolida en 1948, cuando Dámaso Pérez Prado lo invita a
grabar con su orquesta. Hace unas 30 grabaciones. Lo convoca el cine.
Con Ninón Sevilla, rumbera cubana avecindada en México, trabaja en
Carita de cielo (1946) y junto a Meche Barba aparece en Fuego en la
carne (1949). Novia a la medida (1949) y Quinto patio (1951) son otros
de los filmes en los que participa.
Hombre abierto a la risa, ocurrente, con la mano extendida siempre
hacia amigos y enemigos, frecuenta y goza del cariño de grandes
figuras del país que lo acoge. Miguel Aceves Mejía, que fue testigo de
su boda mexicana, Toña la Negra, Tongolele, Emilio Tuero, Pedro
Vargas… son sus amigos. También María Antonieta Pons, Rosa Carmina,
Amalia Aguiar, la ya mencionada Ninón Sevilla. A las Dolly Sisters,
pareja de baile, dedica una de sus obras, Locas por el mambo, que
llegaría a gozar de una popularidad enorme. Comparte escena con
orquestas tan destacadas como las de los maestros Luis Arcaraz, Juan
García Esquivel, Juan S. Garrido, Mario Ruiz Armengol y José Sabre
Marroquín. De su quehacer fueron testigos los teatros Margo,
Blanquita, Iris, Prado y Lírico y los más renombrados centros
nocturnos. Su presencia era habitual en la programación de poderosas
radioemisoras, y sus discos, con el sello de la Víctor, se vendían por
montones no solo en México, sino además en Venezuela, Panamá,
Colombia, Brasil, Puerto Rico y, desde luego, Cuba.
Escribe Raúl Martínez: «El ambiente cosmopolita de la vida nocturna
mexicana y sus artistas y músicos influyó profundamente en la
personalidad del Benny; su faena diaria con cantantes, bailarines,
actores de variedades y de cabarés, de manera directa o indirecta, y,
en especial, el contacto con los novedosos conceptos musicales de su
paisano Dámaso Pérez Prado, habían tocado sensiblemente al sonero,
quien, muy pronto, asimiló esos modernos criterios de la armonía y de
la orquestación que procedían de las agrupaciones de tipo jazz band
norteamericanas; aunque por supuesto todo ello filtrado y recreado con
un lenguaje melódico y rítmico a lo cubano, respaldado por la
brillante sonoridad de una verdadera banda en la que sobresalían los
saxofones, las trompetas y una excelente batería de instrumentos de
percusión cubana».
De vuelta
En 1950 regresa a Cuba Benny Moré. La nostalgia por familiares y
amigos, el deseo de estar de nuevo en lo suyo y de trabajar para su
pueblo, lo traen de vuelta. Firma contrato con la Cadena Oriental de
Radio, y hace una gira artística por el este de la Isla y el público
no quiere creer que aquel hombre flaco, desgarbado, sin dientes es
Benny Moré. Y es que Pérez Prado ha recorrido los mismos escenarios
con un cantante a quien hizo pasar por el Benny y ya el público no
sabe quién es el verdadero.
Ya en La Habana, entra por la puerta ancha de las radioemisoras. En la
RHC Cadena Azul consigue un éxito fenomenal y Radio Progreso lo
contrata para que cubra la hora estelar en su programación diaria.
En 1953 —después de haber cantado con las mejores orquestas cubanas
del momento— decide fundar la suya, la Banda Gigante, «La tribu», como
él la llamaba, conformada por 21 músicos, que conjugó e instrumentó
con paciencia y trabajo. Y con esta, en 1954, dio comienzo a una
carrera vertiginosa que junto a las malas noches y el alcohol
terminaron por pasarle la cuenta a los 44 años de edad.
Triunfa la Revolución. Muchos artistas abandonan el país. Tratan de
arrastrar a Benny; lo tientan con jugosos contratos. Los rehúsa. Dice,
categórico: «Ahora es cuando yo me siento un hombre con todos los
derechos en mi país. De aquí no me saca nadie. No me interesan los
dólares».
La identificación del público con el artista y de este con su pueblo
crecía por día. Con una expresión gráfica dijo a la prensa lo que
sería una de sus últimas presentaciones: «Que Obras Públicas prepare
los hierros para que arregle los huecos que los bailadores van a dejar
en la calle». Treinta y tres de sus composiciones llegaron a estar en
el hit parade.











