Apuntes: Un escritor de alta  talla

   Cuba ha dado múltiples figuras en todas las artes, las ciencias y  las letras, y en política ni hablar. Hasta en el campo científico técnico la isla se ha destacado en el mundo entero, llevando a muchos rincones de la tierra los logros en medicina desde un remoto paraje en África, hasta las mismas entrañas del monstruo, cuando y donde ya se adquieren medicinas  cubanas para los consumo de estadounidenses. Si nos vamos a la pintura, cuadros cubanos se cotizan muy alto en el mundo entero  Pero en el caso de hoy nos inclinamos a destacar a los buenos escritores que nos han marcado, unos desde la infancia y otros ya después de peinar canas.

   Leonardo Padura (Historia de mi vida, El hombre que amaba los perros, El detective Mario Conde, etc.) es hoy por hoy uno de esos que dejan un estela brillante llena de libros. Cuba como nunca antes cuanta hoy con ese estilo fresco de su obra literaria, fuera del alcance de dogmatismos y limitaciones de la censura.

   Aquí les traslado unos apuntes que se expresan y entienden por sí mismos.

   A Leonardo Padura le gusta conversar. Tiene una voz grave y agradable, cantarina como la de todos los cubanos. Habla como quien se ríe. Es generoso en la respuesta incluso en una entrevista telefónica, como en este caso. Padura vive en La Habana y la comunicación debe hacerse como en los viejos tiempos, ya que en Cuba el acceso a internet es accidentado.

   “A través de Conde expreso preocupaciones personales”, dice Padura, “pero él tiene una vida y yo tengo otra. Afortunadamente, la mía como escritor ha sido diferente, pero la de él, como un cubano común y corriente de mi generación, enfrenta los conflictos y decepciones que se dan desde 1989, cuando comienzan a desarrollarse las primeras novelas de la serie”.

    Las novelas de Mario Conde no son livianas. La trama policial rápidamente se fragmenta y avanza, laberíntica, a través del retrato de los conflictos sociales que convulsionan a la Cuba actual. Hay una mirada irónica y un humor cáustico, pero nunca cinismo ni menosprecio: Conde, como Padura, es un fervoroso cubano que ama a su país.

   En La transparencia del tiempo (Tusquets), Conde recibe el encargo de un antiguo compañero de estudios, ahora un exitoso galerista y anticuario que, después de una vida desdichada, pudo, por fin, salir del clóset. Bobby, así se llama, le pide ayuda para recuperar la estatua de una virgen negra que un amante le ha robado. La búsqueda lo lleva a Conde por las zonas más lúmpenes de La Habana, donde miseria y violencia se funden en un mismo horizonte sin futuro.

   En Cuba había un humorismo muy blanco y, a partir de los 90, se hizo mucho más social. De hecho, el programa de televisión de más rating —incluso está la leyenda urbana que era el programa que le gustaba a Fidel— se llama “Vivir del cuento” y tiene un humor con una intención social muy fuerte. Ese tipo de humor se representa también en obras de teatro, en shows, en cabarets; hay una práctica bastante extendida. En el caso de mis novelas, el humor es el escudo de Mario Conde: su defensa contra el absurdo, la agresión, la incomprensión de lo que le rodea. Conde trata de encontrar en l a ironía una manera no trágica de referirse a determinados sucesos, aunque hay otros casos en los que es incapaz de asumir la ironía porque el conflicto resulta muy dramático. Ocurre, por ejemplo, cuando visita los asentamientos de los inmigrantes del oriente de la isla en La Habana.

   Aquí termino ya que si continuo no habrá donde acabar. Padura, al menos para mí,  es todo un nuevo mundo en la literatura cubana.

   Les habló, “Desde Miami”, Roberto Solís Ávila.

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