Ana Belén Montes acaba de salir de prisión luegos de 20 años encarcelada en EEUU acusada de ayudar a la Revolución cubana. analista superior de la Agencia de Inteligencia de Defensa (DIA,) y máxima experta en asuntos militares cubanos, es hija de padres puertorriqueños. Al llegar a Puerto Rico dijo: «Estoy más que contenta de tocar suelo borincano de nuevo. Tras dos décadas bastante agotadoras y ante la necesidad de volver a ganarme la vida, quisiera dedicarme a una existencia tranquila y privada», dijo en un comunicado. de presa que publicado por el el periodico DIARIO LIBRE de Estados Unidos 

Adelantó, además que no participará «en actividades mediáticas».

«Animo a los que desean enfocarse en mí a que, en cambio, se enfoquen en temas importantes, como los serios problemas que enfrenta el pueblo puertorriqueño o el embargo económico de Estados Unidos hacia Cuba», subrayó.

«¿Quién en los últimos 60 años ha preguntado al pueblo cubano si ellos quieren que Estados Unidos les imponga un embargo asfixiante que los hace sufrir?», preguntó.

Montes, de 65 años, consideró asimismo que merece atención «la apremiante necesidad de cooperación global que detenga y dé marcha atrás a nuestra destrucción de nuestro medioambiente».

«Yo como persona soy irrelevante. No tengo importancia, mientras que existen problemas graves en nuestro terruño mundial que reclaman atención y una demostración de amor fraternal», concluyó.

Su abogada, Linda Backiel, indicó que este comunicado emitido a solicitud de Montes será «la única expresión pública autorizada por, o de parte de, ella en relación a su excarcelación».

 

No olvidemos HOY que el 16 de octubre del 2022  la gran heroina hizo la siguiente Declaración de Ana Belén Montes ante el juez de sentencia:

 16 de octubre de 2002.

Un proverbio italiano tal vez describe la verdad fundamental en la que yo creo: “Todo el mundo es un solo país”. En tal “mundo-país”, el principio de amar a nuestro vecino como a nosotros mismos parece, para mí, ser una guía esencial para las relaciones armoniosas entre todos los “vecindarios-naciones”. Este principio reclama tolerancia y entendimiento por las maneras diferentes de los demás. Precisa que tratemos a otras naciones de la misma forma que deseamos ser tratados –con respeto y compasión. Es un principio que, trágicamente, yo creo que nunca hemos aplicado a Cuba.

Su señoría, yo me envolví en la actividad que me trajo ante usted porque obedecí a mi conciencia en lugar de la ley. Yo creo que la política de nuestro gobierno hacia Cuba es cruel e injusta, profundamente inamistosa, y me sentí moralmente obligada a ayudar a la isla a defenderse de nuestros esfuerzos de imponerle nuestros valores y nuestro sistema político. Hemos mostrado intolerancia y desprecio hacia Cuba por la mayor parte de las últimas cuatro décadas. Nunca hemos respetado el derecho de Cuba de transitar su propio camino hacia sus propios ideales de igualdad y justicia. Yo no entiendo porqué nosotros continuamos dictando como los cubanos deberían seleccionar sus líderes, quienes estos no pueden ser, y que leyes son apropiadas en su tierra. ¿Por qué no podemos dejar a Cuba seguir su propia vía  interna, tal y como los Estados Unidos ha hecho por más de dos siglos?

Mi modo de responder a nuestra política hacia Cuba puede haber sido moralmente equivocada. Tal vez el derecho de Cuba a existir libre de coerción política y económica no justifica dar a la isla información clasificada para ayudarla a defenderse. Yo solo puedo decir que hice lo que pensé justo para contrarrestar una grave injusticia.

Mi mayor deseo es el de ver relaciones amigables emerger entre los Estados Unidos y Cuba. Yo espero que mi caso de alguna manera impulsará a nuestro gobierno a abandonar su hostilidad hacia Cuba y a trabajar conLa Habanaen un espíritu de tolerancia, respeto mutuo, y entendimiento. Hoy vemos más claramente que nunca que la intolerancia y el odio –por individuos o gobiernos- solo difunde dolor y sufrimiento. Tengo esperanzas en una política norteamericana que se base en el amor entre vecinos, una política que reconozca que Cuba, como cualquier otra nación, quiere ser tratada con dignidad y no con desprecio. Tal política pondría de vuelta a nuestro gobierno en armonía con la compasión y generosidad del pueblo americano.  Permitiría a cubanos y americanos aprender de y compartir los unos con los otros. Permitiría a Cuba deponer sus medidas defensivas y experimentar más fácilmente con los cambios. Y permitiría a los dos vecinos trabajar juntos y con otras naciones para promover la tolerancia y la cooperación en nuestro “mundo-país”, en nuestro único “mundo-patria”.