Con frecuencia he insistido en los costos no económicos del bloqueo norteamericano que, al generar aislamiento, ha incidido negativamente en la cultura y la psicología política de los cubanos, en la actitud ante las ideas y teorías sociales distintas, originando temores, prejuicios y rechazos que se expresan, entre otras cosas, en la alerta que, con razón y sin ella se emiten por presuntos o reales riesgos de penetración ideológica y cultural.
El bloqueo que sumó a la política norteamericana a Iberoamérica y Europa Occidental, durante alrededor de medio siglo impidió los intercambios culturales, artísticos y académicos, la edición de libros y ensayos, la exhibición de filmes así como la circulación de periódicos, revistas y publicaciones científicas de esos países. A la condición de plaza sitiada se añadieron los efectos de la falta de contactos humanos y de la entronización en calidad de pensamiento oficial de doctrinas filosóficas, políticas y económicas vigentes en la Unión Soviética.
Debido a lo prolongado y absoluto del bloqueo norteamericano a Cuba, a la instalación en la isla de la mentalidad de plaza sitiada y al estilo centralizado con que se conducen los asuntos sociales y gubernamentales, algunas personas refieren la existencia de una especie de auto bloqueo que obstaculiza los contactos con el exterior y se hace visible ante la apertura que inevitablemente se deriva de los avances en la normalización de las relaciones con los con los Estados Unidos. Todo ello puede haber dado lugar a una especie de agorafobia política, social y cultural que afecta a instancias oficiales e institucionales.
La agorafobia política, cultural y social hace sentir sensación de angustia ante los espacios despejados, genera temores y magnifica los riesgos de los contactos y cree en la abducción ideológica, cultural y política. Se trata de un fenómeno que opera en las instancias oficiales y en los círculos dirigentes los cuales se muestran extremadamente cautelosos ante relaciones y eventos, facilidades e incluso objetos que implican contactos o tratativas con extranjeros, especialmente con personas o instituciones estadounidenses.
De esa actitud emanan precauciones de tipo tecnológicas que temen que el acceso a INTERNET, al correo electrónico y las comunicaciones abiertas, la circulación de prensa extranjera, la presencia de periodistas y de órganos de prensa, incluso la colaboración de periodistas cubanos con publicaciones foráneas. Aunque el fenómeno no es contagioso puede trasladarse por la vasta red de vasos comunicantes del ejercicio del poder y la dirección de la sociedad.
Afortunadamente los individuos parecen haber desarrollados un sistema inmunológico que los dota de defensas y anticuerpos y explica porque los cubanos no temen a viajar e instalarse en cualquier lugar, trabajar en ambientes diversos, incluso hostiles, adoptar otras ciudadanías y hablar otras lenguas y disfrutar de las ventajas de la globalizaron aunque para ello tenga que afrontar riesgos inenarrables.
No es verdad que los cubanos huyan de su país que si bien no los maltrata ni discrimina, los apoya para que se educan y vivan sanos, por razones conocidas y no necesariamente vinculadas al sistema político no logra, como tampoco lo hace ningún país pobre, colmar todas sus aspiraciones.
Los cubanos que no son tontos aprovechan todas las oportunidades. En primer lugar las que les ofrece su país que los prepara y los hace competitivos y las que otros más ricos y desarrollados le ofrecen, entre ellas el paquete contenido en la Ley de Ajuste Cubano que les regala la residencia y les facilita la ciudadanía de Estados Unidos, privilegios por los que suspiran cientos de millones de personas de todas las categorías en todo el mundo.
Los cubanos no huyen de su país al cual casi siempre regresan como visitante e hijos pródigos, y con el que no rompen, porque pese a eventos circunstanciales y efectos colaterales, no se rompe con la madre, el padre y los hermanos. Bienaventurado el papa que demandó: “¡Que Cuba se abra al mundo y el mundo a Cuba!” Allá nos vemos.










