A un millón de grados centígrados

 

   obama_71_anos_cayo_muerte Encontré entre papeles viejos Entre Cachacos II, un libro no muy difundido de Gabriel García Márquez que recoge crónicas que el autor de Cien años de soledad escribiera en 1955 en el periódico El Espectador de Bogotá.

    El pasado 12 de agosto Fidel Castro dio a conocer un interesante artículo que entre otros temas de interés recoge recuerdos de su niñez y consideró la falta de altura del discurso del Presidente de Estados Unidos, Barack Obama cuando visitó Japón  y no tuvo palabras para excusarse por la matanza de cientos de miles de personas en Hiroshima y Nagasaki.

    Muchos en Miami expresaron que el presidente Obama no tenía por qué pedir excusas a los japoneses. Lo decían hasta reaccionarios que odian al presidente por ser negro, y no es que defendieran a Obama, sino que quieren defender el atroz crimen del entonces presidente Harry S. Truman y de paso a todo lo diabólico que pueda hacer la política imperial de los Estados Unidos.

    García Márquez conversó con un testigo español de la primera explosión atómica ocurrida sobre una ciudad, la de Hiroshima. Días después el horror en cadena se desataría  sobre Nagasaki. España era país neutral y el sacerdote Pedro Arrupe era el rector del noviciado jesuita de Hiroshima, ubicado a seis kilómetros de esa ciudad, a la cual, en seis años de guerra, solo le habían arrojado una bomba, al parecer por equivocación. Tokio, la capital, en gran parte había sido devastada por los bombardeos. Hiroshima estaba intacta y en esos días el emperador Hirohito intentaba un acuerdo de rendición con los Estados Unidos.

    La ciudad tenía 400 mil habitantes, de ellos 50 mil niños. En Japón la educación era obligatoria en los primeros ocho años y es de esperarse, cuenta el escritor colombiano, que decenas de miles de niños se encontraban en las aulas pues las clases comenzaban a las siete de la mañana mientras sus padres se dirigían a los trabajos. La bomba estalló a las 8 y diez y bajo los escombros de las escuelas en un instante yacieron miles y miles de escolares. Niños muertos, desfigurados, confundidos, heridos o agonizantes.

    El padre Arrupe, luego de la misa y desayunar se encontraba en su habitación cuando de repente vio un resplandor, como el de la bombilla de un fotógrafo, pero no recordó haber escuchó la explosión. La vibración fue tremenda. Los objetos saltaron de su escritorio y la alcoba fue invadida por una violenta tempestad. Un sacerdote que iba por el corredor fue arrastrado por un terrible huracán. De repente se hizo un silencio impenetrable. A la ciudad, en la distancia, un gigantesco incendio la devoraba.

      Entonces nadie había oído hablar de ese tipo de bomba, la atómica, y los funcionarios del noviciado en bicicleta se dirigieron rumbo a las llamas de la ciudad para prestar auxilio. Cuenta el sacerdote que donde antes había calles no había sino escombros; donde había casas solo se encontraban ruinas y en la terrible crepitación del incendio y el humo y el polvo, era imposible ver o escuchar algo que recordara la presencia humana. Enorme llamaradas de más de cien metros de altura lo consumían todo. Y no se trataba de una explosión y un incendio corriente: el padre Arrupe constató con horror como a niños que socorría el cabello se les desprendía con absoluta facilidad.

    La explosión desarrolló fantásticos fenómenos atmosféricos. Primero fue la lluvia. Un violento aguacero (por supuesto que radioactivo) en menos de una hora extinguió las llamas. Un tremendo huracán condujo por el aire enormes troncos de árboles calcinados, ruedas de vehículos, animales muertos y toda clase de escombros que volaron sobre las cabezas de los que aún vivían. La lluvia fue provocada por la condensación del vapor debido a una inconcebible elevación de la temperatura, de un  millón de grados centígrados. El huracán apocalíptico lo originó el vacío que produjo la descomunal explosión.

    Se puede decir que en segundos Hiroshima fue destruida. Sus habitantes eran una confusa multitud de cadáveres y moribundos ambulantes. A las cinco de la tarde el padre Arrupe logró llegar al centro de la ciudad. Vio cuerpos destrozados, los rostros desfigurados de los agonizantes y a la multitud que desesperada se introducía en los ríos en busca de un lugar no tan caliente y que los protegiera de las llamas.

    Hiroshima contaba con 260 médicos. Doscientos de ellos perecieron al instante. La mayoría de los restantes quedaron heridos. En una pared del edificio del banco de Osaka quedó estampada la silueta de un hombre volatizado que en el momento de la explosión ascendía por la escalera.

    Fue el 6 de agosto de 1945, nefasto y primer día de la era atómica, del horror en cadena cuando a 600 metros de altura estalló el artefacto nuclear, uno de los hechos más horribles y tristes de la historia mundial. Pero al presidente Truman no le bastó con una. Tres días después lanzarían otra monstruosa bomba sobre la ciudad de Nagasaki. Dos ciudades convertidas en sucursales del infierno. Más de 200 mil personas, la inmensa mayoría civiles, murieron en instantes en las dos explosiones atómicas.

    Incluso Dwight Eisenhower, en aquel momento jefe de las fuerzas aliadas en Europa y quien sucedería Truman en la Casa Blanca, expresó: “No hacía falta golpearlos con esa cosa horrible.”

    Pero el presidente estadounidense no se excusó. Obama muy poéticamente dijo que ese día  “la muerte cayó de cielo.” Así que las bombas no las lanzaron B-29 de la USAF. Vinieron del cielo, donde se dice que habita Dios. Seguro que el padre Arrupe no sabía eso. De saberlo, ese mismo día cuelga los hábitos y clama, entonces, mejor por la misericordia de Lucifer.

    Les habló, para Radio Miami, ahora solo por Internet, Nicolás Pérez Delgado.

 

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