In this photo released by the Saudi Royal Palace, Saudi Crown Prince Mohammed bin Salman, right, welcomes President Joe Biden upon his arrival at Al-Salam palace in Jeddah, Saudi Arabia, Friday, July 15, 2022. (Bandar Aljaloud/Saudi Royal Palace via AP)

La visita del presidente de Estados Unidos a Arabia Saudita ha movido las tintas y sacudido el tablero estratégico, porque relanza una relación con capacidad para influir en el mercado petrolero mundial y puede significar un ajuste en la cuestión israelí y radicalizar algunos posicionamientos respecto a Irán.

Quienes sin percatarse de que el tiempo pasó, consideran el modelo político internacional, como un núcleo formado por los países desarrollados constituidos en metrópolis y una periferia integrada por las naciones subdesarrolladas, las cuales se asumen no solo como dependientes, sino también políticamente subordinados, no comprenden ciertos matices de las relaciones internacionales, entre ellos el surgimiento de los países emergentes, algunos de los cuales son económica y politicamente autónomos.

Ese fenómeno interviene en el carácter y la estabilidad de las relaciones entre Estados Unidos y esos países, entre ellos Arabia Saudita, en lo cual intervienen antecedentes y factores específicos, principalmente el hecho de que se trata del mayor productor y exportador de petróleo y un elemento clave en la estabilidad del mercado mundial de la energía. Lo cual explica la reciente visita del presidente Biden a Mohamed bin Salmán.

Tan decisivos son los vínculos y los compromisos entre Estados Unidos y Arabia Saudita que resistieron la Guerra Fría, el conflicto y las guerras árabe-israelíes, el involucramiento de ciudadanos sauditas, incluido Ben Laden en el 11/S, y el asesinato del periodista Jamal Khashoggi.

En ese aspecto, tal vez influya la singularidad de que Estados Unidos, un país del Nuevo Mundo y la única potencia que fue colonia, mientras que, Arabia Saudita es de los pocos países tercermundistas que no fue colonia ni se sometió al dictak de ninguna potencia europea. En lugar de Arabia Saudita aproximarse al imperio americano, ocurrió al revés, Estados Unidos acudió a ella porque la necesitaba, generando una peculiar relación. La historia se repite

El capítulo decisivo de esos vínculos comenzó en 1945 cuando, con la II Guerra Mundial ganada por los Aliados, un Roosevelt exultante regresaba a Washington después de haber participado con Stalin y Churchill en la Conferencia de Yalta donde se concretó un nuevo reparto del mundo, esta vez no en forma de colonias sino de áreas de influencia y se completó el diseño del orden político que regiría en la postguerra.

El crucero Quincy, que transportaba al presidente echó anclas a la entrada del canal de Suez, invitando a subir a bordo al rey Ibn Saud de Arabia Saudita que para encontrarse con su anfitrión navegó desde su país hasta Port Said a bordo del USS Murphy. Ninguno podía suponer que aquel sería el último viaje de Roosevelt y que moriría dos meses después, lo cual convirtió lo acordado allí en parte del legado del único presidente de Estados Unidos reelecto en tres ocasiones.

Como suele ocurrir, cuando los encuentros al más alto nivel tienen motivos perentorios y concretos, en unas pocas horas, los interlocutores, resolvieron asuntos vitales para sus países, el Oriente Medio y parte del mundo.

En momentos en que se planificaba la reconstrucción de Europa y Japón y se calculaba una reanimación de la economía mundial bajo el liderazgo y patrocinio de Estados Unidos, el objetivo de Roosevelt era garantizar el suministro de crudo saudí para su país y en parte para occidente, mediante el pago en dólares, mientras que para el monarca árabe se trataba de asegurar definitivamente y frente a cualquier contingencia, la seguridad del reino, cosa que entonces solo Estados Unidos podía garantizar.

De paso tanto a saudíes como a norteamericanos preocupaba la emergencia de la Unión Soviética que acentuaba su presencia en la región lo cual se evidenció con su discurso a favor del nacionalismo árabe y los tratados de amistad con varios países de la región, incluida Turquía que amenazó con aproximarse a los soviets.

Es preciso dimitir que, avatares aparte, ambos estados han sido consecuentes con aquel pacto histórico, aunque no escrito. Después de Roosevelt, otros ocho presidentes de los Estados Unidos han visitado Arabia Saudita, ratificando lo acordado, el más reciente ha sido Joe Biden quien ha ajustado a rangos aceptables la colaboración de su aliado a la tarea de occidente en la presente coyuntura.

A propósito, se reafirmó el compromiso de proseguir la colaboración estratégica. Arabia Saudita se comprometió a apoyar el equilibrio del mercado mundial del petróleo, mientras Biden reafirmó la determinación de Estados Unidos de apoyar la seguridad y la defensa de Arabia Saudita, contra las amenazas externas, subrayando la confrontación con Irán. Entre otras cosas el Reino seguirá siendo el principal cliente de armas de los Estados Unidos.

En lo que se refiere a Arabia Saudita, en los límites de otros compromisos y de imponderables tecnológicos, Biden pudo anunciar: “Habemus petróleo”, lo cual es una buena noticia para Europa y no tanto para Rusia. Otras especulaciones quedan para las gradas. Allá nos vemos.