
Creo en la vida y cuando las esperanzas mueren, creo en el deber de vivir por ella por encima de todos y de todo. Y porque creo en esa energía vital, aspiro desde mi juventud a que el proyecto de revolución iniciado tras el derrocamiento de la dictadura de Fulgencio Batista y Zaldívar, pudiese hallar derroteros mejores para la vida del cubano. Para mi frustración y la de muchos, su consolidación nunca ha sido posible por múltiples factores internos y externos y en estos últimos meses, su futuro es cada vez más incierto por las mismas razones. Sin embargo, ante la remota posibilidad de perderse el proyecto social que cobija, reitero mi convicción de preferirlo herido pero con vida.
El proceso de revolución en Cuba, como llamo a ese período comprendido entre el 1ro de enero de 1959 y la actualidad, ha sido trágico debido al quejoso drama montado por Washington desde su mero comienzo optando por sabotear las políticas iniciales emprendidas por el gobierno revolucionario, muy distantes del sistema soviético. Además, ya anteriormente había expresado algunos reparos durante el proceso de la insurrección revolucionaria armada que la precedió.
Los Estados Unidos de América nunca se mostraron interesados en el triunfo contra una dictadura cuyo golpe de estado apoyó a pesar de haber violado flagrantemente la constitución democrática existente.
El gran error de Washington en el primer momento que las fuerzas revolucionarias cubanas derrotaron a la dictadura de Fulgencio Batista y asumen el poder, fue dramatizar la existencia de la Revolución Cubana con el pretexto de que se había aliado con la URSS. De acuerdo con ese criterio ideológico que además les resultaba estratégicamente peligroso, manifestaron que “no se podía admitir un gobierno comunista a 90 millas de las costas estadounidenses”. Era un drama basado en una perreta, un berrinche por haber ocurrido algo que los procedimientos al uso hasta entonces no pudieron evitar, salvo con una intervención militar que ya en aquel momento, por la correlación de fuerzas era algo extremadamente delicado.
Manifestaron de inmediato que no querían “un gobierno comunista en el hemisferio”. De haber sido pacientes, habrían esperado 30 años en cuyo lapso de tiempo la URSS terminó en un completo fracaso que, desde muchos años antes, las mentes preclaras de la época, analista y economistas de todos los bandos, progresistas y socialistas incluidos y la derecha racional, sabían que, económicamente no era viable. Aquel sistema podría compararse al dedo gangrenado que no hay necesidad de amputar porque al primer movimiento brusco de la mano se cae al suelo. Los chinos primero y los vietnamitas después lo entendieron con magistral claridad y se apartaron de las interpretaciones que Lenin y otros que, con la mejor buena fe, extrapolaron la teoría económica de Marx, incorporándola a una visión política y económica que desde sus comienzos, era obvia su inviabilidad. Rosa de Luxemburgo, Trotsky y otras luminarias en teoría social y económica, alertaron a Lenin de no privar a las clases trabajadoras de la democracia y ciertas libertades que el liberalismo les había conquistado. Lenin murió a muy pocos años de instituirse el sistema soviético creado por él, al que nunca tuvo oportunidad de ver cómo se comportaba en la práctica.
Por ese recorrido mencionado ha transcurrido Cuba directa e indirectamente, para llegar al laberinto, sin salida aparente, que enfrenta actualmente en estos primeros meses del año actual, 2026.
La salida de ese laberinto es de difícil predicción porque Cuba no acepta ninguna idea que signifique ajuste a su actual programa político de gobierno, ni siquiera a cambio de llegar a acuerdos con Washington para comenzar a desmontar las tensiones entre ambos y salvar al menos una parte del todo. El gobierno estadounidense por su parte no acepta eliminar las sanciones y el bloqueo a la Isla si La Habana no llega a acuerdos en asuntos de puertos, energía y acceso a la gestión económica de los naturales del país en condiciones de igualdad con el estado. Esto, que sería el inicio de un diálogo donde la dirección cubana, por su capacidad de resistencia y sus mecanismos unitarios del poder, podría mantener su relevancia y continuar con una parte al menos de su proyecto social, dentro de normas que no afecten la eficiencia y desarrollo de los sectores económicos, no parece en lo absoluto factible a estas alturas.
La única salida para Cuba es que Washington le conceda continuar con su diseño de gobierno y su programa político. Que eso suceda se vislumbra muy difícil, a la luz de los acontecimientos actuales donde la tensión entre ambos aumenta por días. Las declaraciones casi a diario de la administración Trump y una historia conformada por sesenta y siete años y trece presidencias estadounidenses, en las que todas han hecho esfuerzos por derrocar la dirección política cubana, indica que no hay modo posible para llegar a acuerdos.
El tiempo que ha mediado desde que Trump planteó conversar con el gobierno cubano ya se extiende por unos cuatro meses, desde febrero de este año 2026 a fines de mayo. Transcurrido ese tiempo en que la dirección cubana no acepta conversar en base a una agenda que demanda algunos cambios en su sistema, el presidente Trump asesorado por su secretario de estado el Sr, Marco Rubio ha permitido que otros obstáculos se añadan a la complicada situación de Cuba.
Se trata de asuntos que no estaban en el guión estadounidense: el líder de la revolución Raúl Castro, es encausado por el derribo de las avionetas de la organización Hermanos al Rescate en el año 1996. Esta confrontación judicial, junto a otras, oscurece más las posibilidades de un acuerdo que evite un desastre mayor a la grave situación que vive la Isla.
Aunque la causa data del 2003 y como si ya no fuese suficiente lo que está ocurriendo, han incluido el nombre de Raúl en el encauzamiento, aumentando aún más las tensiones.
El caso no progresó desde su inicio porque no había forma práctica de arrestar a los acusados del momento: Rubén Martínez Puentes, general de división y Jefe de la Defensa Antiaérea y Fuerza Aérea Revolucionaria (DAAFAR) en los años noventa y los pilotos Lorenzo Alberto Pérez-Pérez y Francisco Pérez-Pérez.
Las nuevas evidencias implicando a Raúl Castro, según la fiscalía, surgen entre el año 2020 y el 2025. Éstas se basan en testimonios de desertores. Documentos militares filtrados, análisis de inteligencia desclasificado y nuevas declaraciones de ex-oficiales cubanos, evidencias que no estaban disponibles en el año 2003 como por ejemplo, un audio donde se escucha a Raúl dando instrucciones específicas a los pilotos en 1996 donde una voz dice “yo decía que traten de tumbarlos arriba del territorio.. Bueno, túmbenlos en el mar cuando aparezcan”. Esta grabación está puesta en tela de juicio y sujeta a aclaraciones que seguramente los abogados defensores sacarán a relucir a la hora de la defensa.
Se menciona además en la instrucción de cargos que, en 2014 Raúl le habría dicho a un congresista estadounidense: “yo di la orden. Yo soy el responsable”. Este congresista supone ser uno de los testigos que testifiquen en el juicio.
El cuadro en general que se presenta en esta propuesta de diálogo iniciada por Washington y sujeta a la aceptación de discutir la agenda que a priori elaboró el gobierno estadounidense, no presenta ángulo alguno que pueda conducir a acuerdos entre las partes.
Los protagonistas deberán darle la solución final, la cual puede ser desastrosa para nuestro país de origen, esa Cuba que todos queremos o al menos los que aspiramos a un mundo de justicia social, respeto colectivo y reconocimiento de la dignidad plena de cada ciudadano. También puede terminar (o comenzar en este caso), con un arreglo a medias, si los aspectos planteados por Los Estados Unidos de América y Cuba, resultan atemperados de una y otra parte. Pero tal y como están las cosas en estos instantes no veo que puedan darse esas posibilidades.
La amenaza del gobierno cubano de luchar hasta el último hombre no tiene relevancia diplomáticamente hablando, aunque implica un significado escalofriante frente al delirio hegemónico que enfrenta. De acuerdo a planes militares trascendidos por bocas anónimas y algunas menos discretas, los planes que se conciben, analizando diversas opciones con el uso de maquetas del suelo cubano, de sus instalaciones y centros sensibles clandestinos y por otra parte la aparente voluntad de Washington de proceder, si las circunstancias se interponen, a cometer la barbarie genocida de un ataque militar, ocasionando la muerte de un par de miles de personas y creando una inestabilidad interna que pudiera luego extenderse por varios años, nos llenan de pavor por las víctimas inocentes que resultarán de esas acciones. Ante lo expuesto podemos llegar a la conclusión que el choque frontal no es una solución. Se perdería todo. Se iría por tierra lo más importante que es el proyecto social que nunca ha podido lograr definir con claridad sus contornos.
Las conclusiones que han sacado distintos analistas de esos planes malignos, trascendidas de fuentes anónimas, coinciden en que nunca la fuerza militar estadounidenses permanecerá más de 48 horas en tierra. Al cabo de ese tiempo o antes, se retirarán y volverán a arreciar las sanciones y el bloqueo. Después vendrán las semanas de espera y pequeñas operaciones quirúrgicas sobre el terreno. Todo el plan es de una malignidad extrema y todos coinciden en matar desde lejos y diezmar la población y la resistencia a fuerza de limitar la llegada de recursos. De ser cierto que esos son los planes y de resultar que no exista apoyo militar por parte de China o Rusia que serían los únicos posibles factores con capacidad de proceder con una respuesta militar, sólo quedará de aquel hermoso proyecto, el retórico pero tenebroso paisaje, de un suelo anegado en sangre y después la nada.
Confío en la capacidad de discernir que puedan tener cada una de las partes involucradas y lamento no participar de quienes puedan tomas decisiones a partir de una evaluación objetiva de la realidad que nos ha tocado vivir. Pero más allá de los criterios expresados por mi en diversos trabajos anteriores y en el presente, lo que jamás aceptaré, es la idea del suicidio colectivo y confieso además que sospecho siempre de los actos heroicos. Puedo entender Masada, donde un poblado judío del siglo I sitiado por Roma, decidió no entregarse ante el temor inminente de que serían masacrados y optaron por el suicidio; comprendo Numancia, los celtíberos del siglo II antes de nuestra era, que por iguales razones prefirieron morir asediados por la sed y el hambre antes que los romanos violaran sus mujeres y asesinaran a sus hombres; pero no podré jamás comprender al poblado de Jonestown, una comunidad fundada por un fanático religioso llamado Jim Jones, quien manipuló un grupo de 900 personas para que comiesen una comida envenenada cuando su poder disminuyó, prefiriendo ese proceder al abandono de sus planes.
De nuevo, confío en la racionalidad de los menos fanáticos arrastrados por esta turbulencia que ya sobrepasa los 67 años de existencia.










