Un cubano pasea por la Alameda Central en el sueño de una tarde dominical
Por: Yuri Fernández Viciedo. Joven profesor cubano, Dr en Ciencias Jurídicas
En 1947 el pintor y muralista mexicano Diego Rivera dibujó la historia de México en un solo mural de poco más de 65 metros cuadrados. La obra fue pintada para decorar el comedor Versalles del Hotel del Prado, proyecto del arquitecto mexicano Carlos Obregón Santacilia y llevó por nombre Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central. El título contextualizaba la obra, pues el Hotel del Prado se hallaba situado en la Avenida Juárez, justo frente al parque de la Alameda Central usado por Rivera como motivo de la pintura. Pero también este mismo título suponía el pretexto para el contenido de la obra: un devenir de la historia mexicana contado desde la imagen.
El Sueño de una tarde dominical reúne en el parque de la Alameda Central a casi 150 personajes diferentes -reales y ficticios- de la historia mexicana que coinciden en un imaginario paseo vespertino. Diego Rivera dividió el cuadro en tres segmentos, delimitados en su parte superior por tres grandes figuras de la política mexicana: Benito Juárez, Porfirio Díaz y Francisco I. Madero. Según el propio Rivera, estas representaciones simbolizan tres momentos decisivos en el desarrollo político, social, ideológico y cultural de México[1]. Al palio de esos tres momentos, el pintor organizó el “paseo” de los personajes plasmados en el cuadro.
La pintura mural absorbió casi la mitad de la vida de Diego Rivera. Durante 35 años, de los 71 que vivió, Rivera pintó murales. Desde 1922 a 1956 realizó 28 obras de esta clase que pueden extenderse por un área total de más de 6000 metros cuadrados. En esta vasta extensión pictórica, Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central es uno de los murales más visitados por mexicanos y extranjeros, según Gerardo Estrada, quien dirigiera el Instituto Nacional de Bellas Artes en 1997[2]. Actualmente, Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central, es la principal obra de exhibición permanente en el Museo Mural Diego Rivera de la Ciudad de México.
Al describir la complejidad del cuadro, el propio Rivera explicó:
“La composición [del mural] son recuerdos de mi vida y de mi niñez y de mi juventud y cubre de 1895 a 1910. Los personajes del paseo sueñan todos, unos durmiendo en los bancos y otros andando y conversando.
(…)
Al hacer una síntesis de la historia de la Alameda y como este lugar está conectado, no sólo con la historia de la ciudad, sino con la de todo el país, la composición, en realidad, sintetiza la historia de México, o una de sus más interesantes partes. Allí aparecen muchos personajes conocidos, todos los personajes que yo conocí, desde que tenía siete años, hasta que tuve veinticuatro”[3].
Pero no sólo aparecen personajes conocidos directamente por Rivera, sino de la propia historia mexicana como Hernán Cortés, sor Juana Inés de la Cruz, Agustín de Iturbide y el Emperador Maximiliano de Austria. Los personajes reales interactúan con personajes ficticios que representan figuras populares de la vida cotidiana de México: un ratillero flaco, una anciana viuda, un pelado borracho, vendedores de caramelos, soldados y campesinos. Incluso aparece el propio Rivera.
En el conjunto central del mural aparece la Catrina, personaje de caricatura que representa la muerte, de la mano de su creador, el grabador José Guadalupe Posada. Sosteniendo la mano derecha de la Muerte está el propio Diego Rivera, autorretratado como niño de nueve años. Justo detrás de Diego, y abrazándolo de manera maternal, aparece su tercera esposa la pintora Frida Khalo. A la derecha de Frida Khalo un hombre de bigote levanta su sombrero saludando al poeta mexicano Manuel Gutiérrez Nájera (1859 – 1895): es el cubano José Martí.
José Martí en la Alameda Central
La relación de Sueño de una tarde dominical con Cuba parece partir únicamente de la irrupción de José Martí en la parte central del mural, sin embargo el origen de la pintura posee sus propios misterios. La obra fue encargada a Rivera por Carlos Obregón Santacilia, arquitecto mexicano a cargo del proyecto del Hotel del Prado, para cuyo principal comedor fue encargado el mural.
El segundo apellido del arquitecto es, cuando menos, sospechoso de cierta traza de cubanidad. Según el sitio geneanet.org, Carlos Obregón Santacilia nació en 1896, hijo de Lauro Obregón Zárate (1860 – 1907) y María Santacilia Juárez (1864 – 1916), quien tuvo por madre a una de las hijas del propio Benito Juárez: Manuela Juárez Maza, casada con el intelectual cubano nacido en Santiago de Cuba y exiliado en México, Pedro Santacilia Palacios (1826 – 1910).
El patriota santiaguero Pedro Santacilia fue maestro, escritor y poeta. Perseguido tras enrolarse en los movimientos conspirativos por la independencia de Cuba escapó al extranjero. En los Estados Unidos publicó en 1856 El Arpa del Proscripto, obra que reúne lo mejor de su poesía revolucionaria. También publicó, en 1859, una historia de Cuba impresa en Nueva Orleáns bajo el título de Lecciones Orales sobre la Historia de Cuba, pronunciadas en el Ateneo Democrático Cubano de Nueva York. De los Estados Unidos marchó a México, donde vivió la mayor parte de su vida y llegó a ser secretario personal e hijo político del Presidente Juárez. Durante los años posteriores laboró como un ferviente partidario de la independencia de Cuba[4]. Un imprevisto azar hizo que un nieto mexicano de Pedro Santacilia encargara a Diego Rivera la confección del mural que llevaría por título Sueño de una tarde dominical, en cuya parte central aparecería dibujado el cubano José Martí.
Martí es uno de los pocos extranjeros dibujados en Sueño de una tarde dominical. Su presencia resulta evidente para cualquiera que observe el mural y ha sido señalada con frecuencia, incluso por el propio autor. Sin embargo, señalar no equivale a explicar. ¿Por qué Rivera colocaría entre la saga de figuras ligadas a la historia mexicana a un exiliado cubano que tan solo residió dos años en el país? La pregunta es inquietante.
En la descripción del cuadro hecha por Rivera, el pintor afirma: “(…) don Manuel Gutiérrez Nájera, (…), saluda a José Martí, que pasea dentro de la procesión elegante de los domingos de la Alameda de aquel tiempo”[5]. En 1948, el crítico de arte mexicano Carlos Pellicer escribió en el número 1 de la revista México en el Arte:
“Sí, él es. Véalo usted bien. Es José Martí. En esta parte del mundo, y también en la otra, solo Bolívar es superior a él”[6].
Esta afirmación de la crítica mexicana que recibió el nacimiento de Sueño de una tarde dominical revela un hecho percibido: José Martí constituye la figura más prominente de todos los representados en el mural. De paso por México entre 1875 y 1877 y de paseo por la Alameda, su inclusión en el cuadro distó de ser un hecho decorativo.
En términos literarios, José Martí devino en precursor de la corriente del modernismo en la poesía hispanoamericana y su coincidencia con prominentes representantes mexicanos de este género resultó fecunda para el desarrollo del modernismo en el país. Eso podría explicar que en el mural José Martí aparezca saludando a Manuel Gutiérrez Nájera. Gutiérrez Nájera colaboró en la Revista Universal y en El Federalista, medios para los cuales también escribió Martí y ambos compartían la misma admiración por la cultura francesa. Por otra parte, Gutiérrez Nájera constituye uno de los precursores del modernismo literario en América, condición que lo acercaba a Martí. El gesto del sombrero, por tanto, podría ser el saludo entre aquellos que comparten trabajos y afectos.
La acción de Martí en el cuadro es simple: saluda a un amigo durante un paseo. Su inclusión en el mural no lo es. Diego Rivera sentía por José Martí una profunda admiración, conocía su obra y sentía un declarado orgullo porque el joven Martí hubiese escogido a México como estancia durante su exilio fecundo. De ahí que la presencia de Martí en el Sueño de una tarde constituya un homenaje deliberado por parte del muralista y una confesión a favor de la unidad latinoamericana. Una carta escrita al intelectual cubano Juan Marinello arroja luz sobre los motivos que llevaron a Rivera a colocar a Martí en la Alameda Central en la soñada tarde dominical.
El 27 de marzo de 1957, Diego Rivera escribió a Juan Marinello para hacer pública su solidaridad con el pueblo de Cuba que luchaba contra la tiranía de Fulgencio Batista. Al respecto le expuso:
“Con la mayor vehemencia expreso mi protesta contra la tiranía de Batista que pisotea las libertades democráticas, el orden constitucional y todos los derechos del hombre y la dignidad humana por la represión asesina y sádica, (…)
Y respecto a Martí, expresó:
“(…) cuando pude ver con mis ojos a su líder preclaro, el verdadero Maestro de América, héroe del continente, José Martí. Le ruego que por todos los medios posibles haga presente a su pueblo, al que amo como al mío propio, (…), como aseguró Martí, del Bravo a la Patagonia todos somos un mismo pueblo, encaramos los mismos problemas, tenemos las mismas aspiraciones y luchamos contra las mismas fuerzas contrarias del interior y del exterior,…”[7]
[1] Guadalupe Rivera Marín, Un rio, dos riveras, Alianza Editorial Mexicana, México, 1989, pp. 170 – 171
[2] Américo Sánchez (coord.), Mural 50 años 1947 – 1997, Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. Instituto Nacional de Bellas Artes. Museo Mural Diego Rivera, México D. F., 1997, p. 2
[3] Ídem., p. 16 y 19
[4] César García del Pino, Mil criollos del siglo XIX. Breve Diccionario Biográfico, Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2013, pp. 244 – 245.
[5] Américo Sánchez (coord.), Op. Cit., p. 26
[6] Ídem., p. 12.
[7] Raquel Tibol, Arte y Política. Diego Rivera, Grijalbo S. A., México D. F., 1978, pp. 457 – 458.

