Trump: merecedor del premio Nobel a la Terquedad y la Maledicencia.
Sin embargo, su gobierno ha sido una larga lista de fracasos. El primero fue la negociación de paz entre Ucrania y Rusia, conflicto que debió ser ajeno al Washington que anunció abandonar la pretensión de ser el policía del mundo y por tanto no debía inmiscuirse en el asunto. Sabemos que no hacerlo significaba contradecir los intereses geopolíticos del gran aliado que constituye la llamada Europa Occidental, pero para un Trump que desde su llegada criticó la existencia de la OTAN y amenazaba con retirarse como miembros si las cosas no se hacían a su antojo, Ucrania no debió significar nada en ese sentido. Este fue su primer fracaso y una de sus primeras contradicciones puesto que si Europa nada significaba según sus declaraciones públicas, Ucrania menos, mientras que una Rusia amiga era una buena garantía para cuidar sus espaldas.Ante el fracaso de lograr un acuerdo entre las partes a través de su “capacidad mediadora”, cuyo triunfo aseguraba por ser su mejor habilidad, adquirida como vendedor de bienes raíces, optó por enfrentar a Irán. Quiero mencionar antes de terminar el párrafo que esa supuesta habilidad no fue otra cosa que un derroche inescrupuloso y falta de ética, que dejó sin cobrar a miles de trabajadores que laboraron en sus proyectos hoteleros en Atlantic City, para lo cual se escudó en el subterfugio de la bancarrota. Reguladores de Nueva Jersey documentaron que al menos 253 contratistas no recibieron sus pagos y la deuda alcanzó la cifra aproximada de $70 millones. En fin, ante el desastre, como ya mencioné, buscó la bronca con Irán.
Obama y los aliados europeos habían logrado firmar un acuerdo con ese país llamado Plan de Acción Integral Conjunto. No era un acuerdo arrolladoramente triunfante, pero funcionaba a la perfección. Trump, con su complejo de hombre perfecto, adalid de la paz, enemigo de las guerras y conflictos con terceros, no le gustaba. El señor tiene la maña de colocar el parche antes que salga el grano.
Según los criterios de los más conocedores sobre Irán , el plan encajaba perfectamente con la idiosincrasia política del país. La esencia del mismo era limitar de forma estricta y verificable el programa nuclear iraní para evitar la fabricación de una bomba atómica, a cambio del cual levantaron muchas de las sanciones económicas existentes al momento. Era un plan muy estructurado y que fue aceptado a pesar de consistir en un régimen de inspecciones muy intrusivo por parte del OIEA (Organización Internacional de Energía Atómica), incluyendo el llamado “Protocolo Adicional”, que daba acceso más amplio y más rápido a los inspectores, pero los persas lo aceptaron.
Donald Trump, contrario de lo que dice, no es un buen negociador, sino un buen estrangulador. Las negociaciones de Trump no son para llegar a acuerdos sino para que acepten los suyos. Él es la verdad y lo demás no existe.
El PAIC (Plan de Acción Integral Conjunto), funcionaba a la prefección. Los informes trimestrales entre el 2016 y 2018 confirmaban un cumplimiento cabal de los iraníes respecto a lo acordado, pero Trump discrepaba de las fechas de caducidad, con lo cual Irán podría retomar las investigaciones nucleares y los procesamientos de uranio, aunque sujeto al Tratado de No Proliferación, por el cual las inspecciones obligatorias continuaban según lo estipulado en el mismo y el cual firmaron en 1970.
Hay que entender que el Plan lo firma Irán en un momento que las sanciones lo tienen acorralado y prometían complicarse aún más con posibilidades reales de un ataque militar. Las sanciones fueron impuestas por no aceptar la petición de las potencias europeas y USA de suspender el manejo de su programa nuclear que, en aquellos momentos, ya poseía miles de centrifugadoras, instalaciones subterráneas fortificadas, uranio enriquecido al 20% y una capacidad técnica creciente que aún no le permitía fabricar una bomba pero estaba acercándose a ella a pasos agigantados.
En fin, este panorama se había detenido gracias al acuerdo que venimos mencionando pero a Trump le interesaba arrodillar al pueblo persa y no aceptaba darle el beneficio de la duda de que ante la falta de inspecciones forzadas por el PAIC, Irán haría trampas y se daría a la tarea de enriquecer el uranio por encima del 90% permitido por el TNP.
Influenciado por John Bolton, Benjamin Netanyahu y los halcones del gabinete, Trump planteó que las caducidades del acuerdo dejaba a Irán más fuerte en 2025–2031, porque no lo obligaba a renegociar; no se incluía la producción de misiles balísticos; no se contemplaba el comportamiento regional de Irán de ayuda militar y financiera a los movimientos tribales como los Hutíes, Hamas y otros; no se eliminaba la capacidad nuclear futura y obligaba a confiar en la palabra iraní de no volver a intentarlo. Trump consideraba que la caducidad del acuerdo sólo serviría para aplazar la fabricación de bombas atómicas que Irán venía intentando por años.
La solución fue una guerra cuya victoria es anunciada diariamente por la Casa Blanca y que, a estas alturas, no da indicio de acabarse.
En la secuela de fracasos, inventó imponer tarifas a otros países con el interés que los productos se fabricasen en territorio estadounidense, obviando el proceso de globalización que las propias fuerzas del mercado han ido elaborando, bajo el peso del costo de producción, la oferta y la demanda de trabajo y las nuevas características del sistema mundial de comercio.
Como resultado la Corte Suprema anuló las tarifas más amplias, el costo de las empresas estadounidenses aumentó y consecuentemente el precio para los consumidores, sumándose a todo esto el encarecimiento del precio de la energía como consecuencia de una guerra resultado de su carácter impulsivo y errático, supeditándose además a las ambiciones territoriales de Israel, un peligroso hijo de rasgos sicópatas que ha dado y seguirá dando dolores de cabeza al pueblo estadounidense.
La reducción del gasto exterior produjo resultados, pero ha sido eclipsado por el conflicto en Ucrania y la propia guerra con Irán, cuyo costo energético supera los 100,000 millones.
De manera que ninguno de sus grandes proyectos, han sido exitosos y todos continúan sin esperanzas de que puedan concluir en algún momento porque la soberbia del mandatario es merecedora del premio Nobel a la Terquedad y la Maledicencia.
Tampoco ha podido frenar el ascenso tecnológico de China con todas la tarifas y restricciones impuestas a ese sector, bloqueando sus inversiones en territorio estadounidense y las acusaciones de ser una superpotencia de espionaje. No ha logrado convertir a la India en un contrapeso estratégico frente a China, asunto que ha formado parte de su agenda mundial, porque India coopera pero mantiene su autonomía estratégica y continúa comprando petróleo ruso.
En general diríamos que el presidente Trumpo puede escribir una obra titulada “El Libro de los Fracasos”.
En el área internacional ha triunfado parcialmente porque ha sembrado la semilla del más fuerte, la filosofía de la supremacía no sólo racial sino de los grandes poderes hemisféricos, lo cual está fructificando con la aparición triunfante de gobiernos conservadores que se adhieren a su agenda a cambio de poder beneficiar a un pequeño número de grandes intereses dentro de sus respectivos territorios.
Pero como triunfador de negociaciones, ha tenido que apelar a la fuerza y el resultado no se avizora exitoso en ese aspecto.
La mejor carta de acierto dentro del hemisferio americano para ocultar sus fracasos es Cuba.
La otra es Venezuela, donde logró cambiar el orden de las relaciones entre ambos países. Pero no voy a tocar el tema porque ya sabemos que se trató de una pantomima, donde funcionarios corruptos desde un comienzo, junto a Maduro, que por algunas razones no cuadraba en el círculo, se adueñaron del poder a la muerte de Hugo Chávez, sin una real brújula social de guía, a diferencia de Cuba que siempre ha tenido una orientación social definida y en continua reestructuración.
Para compensar sus fracasos, amén del show mediático de Venezuela, tienen a Cuba. Como allí el poder no es divisible ni vende amigos y compañeros, la jugada es otra, pero las probabilidades de lograrlo están presentes y explico el por qué pienso que puede ser.
No es menos cierto que la constancia de las sanciones impuestas a Cuba actualmente ocasionan los mismos problemas de siempre, excepto que aumentados exponencialmente. Ese proceso criminal iniciado en enero de 2026, ha provocado un cansancio generalizado sobre las razones de la tragedia cubana. La política de sanciones desmedidas a cargo de Marco Rubio, ha logrado que la opinión pública contemple con aburrimiento la acusación cubana (que en parte es cierta) culpando al “bloqueo estadounidense” de sus males durante sesenta años. La política actual de Washington de desguace total, está ocasionando un estado mental generalizado de creer que todas las gestiones de la revolución han sido un fracaso, tanto así que la gente ya ni presta atención a las reformas en camino desde hace diez años a la fecha y las que apresuradamente se han hecho en los últimos meses. Para la generalidad del público, socialismo y sovietismo son la misma cosa.
La mayoría de los espectadores que no se informan y no se interesan mucho por un tema que ya les resulta aburrido, Cuba es un desastre y el socialismo es un diablo. La gente se guía por las imágenes que presenta la prensa en general incluyendo la cubana donde todo es negro y decadente. A partir de estas imágenes que, desde hace un tiempo la prensa internacional las relacionan tímidamente con la falta de petróleo ocasionada por el bloqueo, ya no convencen a los espectadores, por el contrario identifican la tragedia con la Cuba que conocen desde 1990 a la fecha. En blanco y negro. No hay modo de explicarle a una persona lo que está ocurriendo, sin que lo identifique a uno con el gobierno cubano. Porque para ellos, este presente genocida, es la continuidad de una vieja realidad que ha alcanzado sus límites y no es el bloqueo sino el sistema cubano quien está matando y haciendo sufrir a la población. Los señalamientos modestos del bloqueo petrolero, no convencen a las personas de cuáles son las causas reales de la debacle.
La agresión de Washington va triunfando sin disparar un tiro, porque ha hecho que la opinión pública le quite la razón al gobierno cubano. Eso es lo que le interesa a la administración Trump. Frente al lema gubernamental cubano de resistir dolores y penas, el poderío estadounidense vive consciente que ellos prevalecerán. El tiempo y su infinidad de recursos le permiten ese lujo. Por otra parte, es obvio que a estas altura del nuevo reparto del mundo, ninguna potencia pondrá en juego su crecimiento apostando por una confrontación nuclear.
Los diseñadores de la agresión a Cuba saben que la gente no tiene la curiosidad de informarse formalmente. Para eso tiene las “redes sociales” y lo que le cuenta el vecino sobre el incidente que tuvo en Cuba cuando allí vivía y lo que le cuenta su antiguo vecino desde allá. En fin las personas comunes de familia y trabajo, viven en medio de la desinformación. Ya no leen, sólo escuchan las consignas de esas famosas y nefastas redes sociales.
El comunismo ha destruido a Cuba, Marco Rubio y Trump la recuperarán para el progreso. Esa es la verdad-lamentablemente- que viene quedando grabada en la mente del gran público.
Trump: merecedor del premio Nobel a la Terquedad y la Maledicencia.