
Desde que empezó la guerra frontal contra Cuba, hemos estado presagiando un holocausto. Al principio nos espantamos pensando que todo iría como el caso de Venezuela. Luego supimos que aquello fue una vil traición. Pero inicialmente nos creímos por el contrario, que había sido una “blitzkrieg” de la superpotencia invencible, quien había llevado a cabo una operación estilo Hollywood y temíamos con razón, que en cualquier momento la manada de helicópteros y la bandada de aviones (usando lenguaje irreverente y gramaticalmente inadecuado), llegarían a Cuba nublando el cielo.
Siempre nos hemos inculcado nosotros mismos, aun cuando estudiamos la historia, que Los Estados Unidos de América pertenecen a otro planeta, compuesto por los superhéroes que muestran sus películas. Pero resulta que desde la Segunda Guerra Mundial no ha ganado una sola guerra. Con Corea del Norte firmó un armisticio. Todavía técnicamente están en guerra y de Vietnam se fueron con el rabo entre las patas. Lo de Venezuela había sido demasiado simple como para creérselo y sin embargo en los primeros momentos todos tuvimos dudas.
Pasado unos días y conociendo la verdad, nos dimos cuenta que con nosotros allá en Cuba no abrigaban las mismas esperanzas. En los primeros días se filtró que el secretario de estado Marco Rubio alertó al presidente Donald Trump que el mando en Cuba era horizontal y todos remaban parejo. Por tanto, la fórmula de la traición no aplicaba al caso.
Entre amenazas de desembarco y alardes de poderío, comentarios sobre portaviones frente a las costas cubanas y cientos de horas de vigilancia sobre la región insular con los equipos más sofisticados de espionaje del Comando Sur, el tiempo ha pasado y nada sucede, excepto una multitud de sanciones aplicadas con abusivo encono. Poco a poco han drenado aspectos básicos de la vida ciudadana, con el terrible inconveniente de victimizar mujeres embarazadas y niños con enfermedades sensibles que son llevados a hospitales desprovistos de recursos, los cuales no pueden adquirir por falta de dinero o por las amenazas de Washington a las compañías proveedoras.
Para las grandes compañías internacionales y las pequeñas, venderle a Cuba es un suicidio que implica renunciar a negociar en el megamercado del Norte y a perder acceso a su tecnología en muchos casos.
El secretario de estado Marco Rubio, hombre mesurado, calculador, frío y aparentemente de un torcido temple, quizás sólo igualado al de Reinhard Tristan Eugen Heydrich, el carnicero de Praga, hace comentarios y declaraciones ocasionales, con un disfraz serio, sin las notas histriónicas de su Jefe, el presidente Trump, quien puede decir y desdecirse con la ligereza de una mariposa que salta de flor en flor. Esto último posiblemente no sea incapacidad sino una forma de desvirtuar sus planes o disfrazar con esa actitud la ausencia de una idea sólidamente concebida.
Por sus declaraciones, el secretario de enigmático rostro, en especial las últimas hechas en Manila, indican que en el caso cubano, sobre el cual parece tener todas las prerrogativas de la presidencia, de los republicanos y calladamente de muchos demócratas, el macabro plan con Cuba no va a adolecer de las fallas de la guerrita con Irán.
Wesley Clark, el famoso general que estuvo a cargo de la OTAN por varios años, señala que el asunto de Irán adolece del mismo problema que tuvo la administración del presidente Lyndon Johnson respecto a Vietnam. El general Clark es de criterios genocidas. No hay tregua. Dice que eso de hacer pautas para conversar cada cierto número de días no hace más que enviar señales equivocadas y que los iraníes las utilizan para ganar tiempo, como hicieron en su tiempo los vietnamitas. Su criterio es de arreciar los bombardeos sin piedad, aunque con ello no se logre exterminar la religión islámica, pero sí pulverizar las bases materiales donde están establecidos y desde la cual operan. Plantea el general Clark que es necesario desembarcar en ciertos lugares para asegurar en manos estadounidenses porciones de territorio, sin importar las bajas de sus compatriotas. Dilatar esas ofensivas, manifiesta Wesley Clark, crea oasis favorables al enemigo.
Meditando sobre ese criterio estratégico del general y procurando desentrañar la estrategia del Sr. Rubio respecto a Cuba, pienso que su idea es la destrucción total de las infraestructuras básicas del país y lograr en lo posible, tierra arrasada por asfixia. Creo estar convencido que eso mismo es lo que busca el secretario Rubio, interpretando al pie de la letra sus declaraciones en Manila, el 23 de Julio.
Rubio afirmó que Los Estados Unidos de América no va a poner plazos para un cambio político en Cuba; descartó que exista un plan inmediato de “cambio de régimen”; insistió en que la estrategia hacia Cuba es un proceso “largo, serio y paciente”; y reconoció que han tenido contactos ocasionales con La Habana, pero que no hay un anuncio concreto sobre próximos pasos.
Debo ser sincero. Yo reconozco al gobierno cubano porque considero su legitimidad dentro del organigrama político diseñado para gobernar y lo apoyo por su legitimidad no porque comulgo con su programa político. En ese aspecto tengo la misma razón por la cual apoyo la presidencia de Donald Trump con quien estoy en total desacuerdo con su programa y estilo de gobernar.
Dentro de ese panorama hago la salvedad que no rechazo en su totalidad el programa actual del gobierno en funciones. En definitiva no apoyo a las personas al frente de las políticas de un país. Lo hago espontáneamente, por sanidad mental y madurez y de aquí que sólo me atenga a los programas de gobierno que se aplican convenientemente y sin más reparos que las vallas impuestas por circunstancias materiales y no por las discrepancias que puedan crearse dentro de grupo político alguno. Considerando esta dinámica de reconocimiento por un lado y aprobación y desaprobación por otro, es obvio que la flexibilidad de gobernanza mostrada a lo largo de los diversos gobiernos que en Cuba han existido en los últimos 67 años es admirable, renovándose a lo largo de las últimas tres décadas y aproximándose sustancialmente a los aportes teóricos y prácticos de las ideas socialistas nacidas a partir del derrumbe de la URSS.
Esta visión y sobre todo el epílogo del párrafo anterior, debe ser a lo que se refiere el secretario Marco Rubio en esa pausa reflejada en sus palabras de la mencionada declaración: la estrategia hacia Cuba es un proceso “largo, serio y paciente”. Washington sabe que con Cuba no es fácil.
Por eso están decididos a un “proceso largo, serio y paciente”. No hay apuros, pero en tanto transcurren los años y así también lo ha manifestado en múltiples ocasiones, seguirán las sanciones, continuará el cerco y dedicará las mejores virtudes de las personas con las mentalidades más torcidas que laboran en la oficina dedicada a Cuba en el Departamento de Estado, (The Cuban Desk) a impedir pacientemente la llegada de cuánto suministro y recurso descubran que pudieran aprovechar los cubanos para circunvalar el bloqueo impuesto. Las miras están puestas en lograr el total colapso de ingresos y con ello del estado, al que hace tiempo vienen tildando de fallido. Es el bombardeo sin piedad de Wesley Clark pero esta vez a nivel político.
Si para hacer esto tienen que hacerle concesiones a Rusia, China, al que sea, al peor enemigo que en estos momentos pudieran tener, así lo van a hacer. Él sabe que cuenta con más de dos años y si los demócratas alcanzan mayoría en estas elecciones de medio tiempo, no importa. No acabarán con la ideología del gobierno cubano (Rubio confía en que el factor ideológico será la espada de Damocles del gobierno), pero pulverizarán el país como los israelíes a la Franja de Gaza. En definitiva el “establishment”, vuelvo a repetirlo, pasado año y medio, luego de la aproximación de Obama al estado cubano, que por aquel entonces fue convencido y confiaron que con ese ramo de olivo tendido a Cuba, el gobierno haría las reformas que ahora han planteado y están aún pòr materializar, se aburrió y fueron entonces precisamente los demócratas, con el gobierno de Biden, quienes comenzaron de nuevo con las políticas de inhumanas sanciones.
Por todo esto creo que la paciencia del Sr. Rubio no es más que el lado tenebroso de su macabra estrategia.Excepto y también vuelvo a repetirlo, que Cuba presente propuestas que no tienen que ser, ni las aceptaremos ninguna de las personas que queremos al país y hemos siempre velado por su independencia, la rendición o la entrega del proyecto social.
Washington sabe que es un caso complejo y piensa que posiblemente el país se gobierna ideológicamente, lo cual implica algún tipo de fanatismo como el islamismo o el cristianismo, judaísmo ortodoxo o cualquiera pensamiento unidireccional, que sólo tiene una velocidad y eso le permitirá a Washington destruir por completo las bases materiales del estado.
Confío que esté equivocado y pueda continuar el proyecto social en Cuba. Como dijo una vez Fidel Castro: “hay que preservar el proyecto social” (Camagüey 1989 anticipando la caída de la URSS), refiriéndose a que las conquistas de la Revolución pudieran salvarse, aunque fuera con menos recursos. O sea, no importaba que enfrentarámos una situación desventajosa como ahora, pero hay que salvar el “proyecto social” aunque fuese de otro modo y haya que sacrificar algunos aspectos. En esto radica la destreza que requerimos para hacer las propuestas correctas y convencer al enemigo. Creo que de la misma manera pensaron el grupo de constitucionalistas de 1901 que votaron a favor de introducir la Enmienda Platt en aquella primera castrada Constitución que tuvimos. Si no hubiese sido por ellos, actualmente seríamos el estado 51 o al menos tendríamos un estatus como el de Puerto Rico.
La estrategia del Señor Marco Rubio es una aplanadora. Quienes piensen que acostándonos sobre el terreno frente a ella la vamos a detener, les deseo buena suerte; y quienes pensamos que debemos intentar convencerlos (a Washington) para cambiarla por otros recursos más valiosos, salvando lo que sea salvable, les deseo la mejor de las gestiones.
