Pensamiento Profundo, por Lazaro Fariñas

Apenas tenía 11 años cuando oí el nombre de Fidel Castro por primera vez. Fue en la época del ataque al Moncada. A pesar de que aquel acto heroico me impresionó enormemente, nunca he llegado a sentirme su seguidor. Es más, durante los años sesenta lo consideré mi adversario. Al pasar los años y madurar mi pensamiento sobre la Revolución Cubana, sobre este hombre y sus relaciones con los Estados Unidos, he llegado a la conclusión de que, sin una personalidad como la de Fidel, el sueño de nuestros independentistas del siglo IXX se hubiese quedado en solo eso, un sueño.

De Fidel Castro se puede ser enemigo, adversario, amigo o admirador, lo que no se puede es ser indiferente. En los pocos momentos que he compartido con él, me he dado cuenta que es un conversador incansable, de un extraordinario carisma y de un pensamiento muy profundo. Definitivamente, entró como un bólido en la historia de Cuba y ahí ha permanecido por años como su principal actor.

Estoy seguro de que, después de su muerte, permanecerá para siempre impregnado en ella. Algunos lo tratarán de condenar y otros de absolver, pero a Fidel nadie tendrá la potestad de arrancarle de su nombre la bandera de la soberanía y la independencia de nuestra patria, que ha mantenido en alto, contra viento y marea, en estos tiempos difíciles y duros por los cuales ha caminado nuestro pueblo a finales del siglo XX y principios del XXI.
Opinión escrita por mí en septiembre de 2001 para el libro Absuelto Por La Historia de mi entrañable amigo, Luis Báez, publicado en La Habana.

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