
De Fidel Castro se puede ser enemigo, adversario, amigo o admirador, lo que no se puede es ser indiferente. En los pocos momentos que he compartido con él, me he dado cuenta que es un conversador incansable, de un extraordinario carisma y de un pensamiento muy profundo. Definitivamente, entró como un bólido en la historia de Cuba y ahí ha permanecido por años como su principal actor.
Estoy seguro de que, después de su muerte, permanecerá para siempre impregnado en ella. Algunos lo tratarán de condenar y otros de absolver, pero a Fidel nadie tendrá la potestad de arrancarle de su nombre la bandera de la soberanía y la independencia de nuestra patria, que ha mantenido en alto, contra viento y marea, en estos tiempos difíciles y duros por los cuales ha caminado nuestro pueblo a finales del siglo XX y principios del XXI.
Opinión escrita por mí en septiembre de 2001 para el libro Absuelto Por La Historia de mi entrañable amigo, Luis Báez, publicado en La Habana.










