Obsesión latinoamericana, por Jorge Gómez Barata


No existe ningún país latinoamericano cuya soberanía no haya sido
quebrantada por alguna de las potencias imperialistas o por algún
vecino. México perdió inmensos territorios, Bolivia la salida al mar,
Puerto Rico la identidad, Cuba fue convertida en factoría, República
Dominicana y Panamá resultaron humilladas y a Guatemala se le privó de
su mejor oportunidad histórica. La relatoría sería extensa y dolorosa.

Ello explica porque la defensa de la soberanía que, en América Latina,
dio lugar a manifestaciones ideológicas avanzadas, incluso
revolucionarias, se ha convertido en una evidencia del atraso político
de la región que, prisionera de estructuras y conceptos arcaicos, no
logra la concertación política necesaria para avanzar hacia la
integración económica y política continental en lo cual influye
decisivamente la miopía política de los Estados Unidos.

Soberanía nacional, monetaria, alimentaria, nutricional, energética, y
otras, son manifestaciones, de una parte, de la confrontación con el
imperialismo estadounidense que obliga a países con visiones
alternativas a subrayar el derecho al ejercicio de tales
prerrogativas, a lo cual se suma el localismo y la mentalidad aldeana,
refractaria a la globalización que prevalece en la región.

La Unión Europa, integrada por 27 países es el más avanzado, exitoso y
consolidado esquema de integración económica y política,
suficientemente madura y con la plasticidad como para constituir una
unión estatal, capaz de obviar lamentables antecedentes históricos
como los gestados alrededor de Alemania y de su papel en las dos
guerras mundiales, desencuentros circunstanciales emanados de las
posiciones de los respectivos gobiernos y eventos como el Brexit.

Bajo la bandera de la Unión Europea cohabitan países ricos y otros que
no lo son, administraciones de izquierda, centro y derecha, así como
líderes con tan poca empatía como Angela Merkel y Silvio Berlusconi.
Al interior de la entidad se reproducen las contradicciones y las
pugnas derivadas de la pluralidad de partidos y otras tensiones
propias de cada país.

El bloque, sus estructuras económicas y comerciales, la unidad
monetaria, las políticas comunes y la libre circulación de las
personas, los bienes y los capitales y las instituciones legislativas
y jurídicas supranacionales que comienzan a configurar la nacionalidad
y la ciudadanía europea, no solo resisten todos, sino que, al
integrarse al mundo global, contribuyen a la toma de conciencia,
atraen a otros países y ayudan a consolidar su experiencia como
solución.

En la medida en que, como en algunos momentos, estuvo a punto de
ocurrir, Rusia, Turquía y Ucrania se sumen al bloque e ingresen
Islandia, Noruega, Suiza y Liechtenstein la cohesión del continente no
solo será ejemplar sino sumamente eficaz.
No obstante, aunque atenuada por los avances intraeuropeos, la idea de
la soberanía se reivindica en las relaciones con Estados Unidos cuya
ambigüedad política, que en ocasiones celebra y en otras impugna el
europeísmo, probablemente las tensiones nunca alcancen un rango que
indique peligro de colisión. Europa ha asimilado y neutralizado el
“desafío americano”.

América Latina está muy lejos de la cohesión que explica los avances
europeos. La OEA, nacida del panamericanismo que pudo ser un
catalizador, es un triste referente de las incapacidades americanas,
mientras esfuerzos como el MERCOSUR, que 30 años después de fundado
está más atrás que el primer día y avances recientes como UNASUR,
CELAC, ALBA, PETROCARIBE, alcanzados por una izquierda que, en materia
de integración y otros asuntos, intentó correr antes que caminar, se
han debilitado, existen de modo precario o están en trance de
desaparecer.

En cualquier caso, la reflexión vale para apuntar que la integración
latinoamericana, rehén de querellas, desencuentros ideológicos y
actitudes imperiales es el “Santo Grial” del desarrollo
latinoamericano. Ningún país lo conseguirá solo y ni ninguno es más
fuerte que todos juntos. La idea de avanzar mediante exclusiones
desmiente el carácter necesariamente global de los esfuerzos. Tal vez
en un futuro no lejano haya nuevas oportunidades. Trump no es América.
Allá nos vemos.

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