Líder de las bajas pasiones

   
 
No es nuevo decir que las elecciones en Estados Unidos de América son un show mediático y una manera para distraer al votante, alejándolo de las problemáticas esenciales que afectan sus vidas.
Pero estas elecciones, aunque mantiene el estilo hollywoodense, reflejan dos importantes tendencias. Ninguna de ellas está representada exactamente en los dos partidos políticos que ejercen el Poder, sino coexisten separadamente en cada uno de ellos.
Una de esas tendencias lidia con la pérdida de la exclusividad que tradicionalmente ha tenido Estados Unidos como país de mayor poderío económico y militar. Sin que haya perdido el número uno en ese sentido, no es menos cierto que el desafío mostrado por una diversidad de países emergentes, exigiendo respeto a sus decisiones internas y alzando su voz en los foros internacionales amen de las reiteradas disculpas que con gran valentía ha expresado Barack Obama en foros internacionales y privados, conlleva a mostrarlo aparentemente disminuido. En realidad, lo único que ha cambiado es que otros también alcanzan altos estadios de desarrollo y crecimiento, lo cual es extremadamente beneficioso para la humanidad, pero esto exige un proceso de ajuste en la mentalidad centenaria de dominación que los estadounidenses han desarrollado a través de su historia y más que todo, de la leyenda. Esta realidad, explotada por determinadas fuerzas del Poder, logra despertar sentimientos de humillación en grandes sectores ciudadanos y aunque la irrealidad de un pensamiento semejante es obvia, hay que decir que en Estados Unidos hay un considerable número de mentalidades muy estrechas. Una inmensa mayoría de ciudadanos nunca han rebasado las fronteras del país, muchos ni siquiera la de sus propios estados y un elevado número no conoce más allá del área condal y citadina donde nació.
 
 La noción de grandeza interpretada en esos términos, es la herencia de las personas que llegaron a partir de 1609 a la región. Ninguno de ellos mayoritariamente hablando, pretendía regresar a Europa. La mayoría aspiraba a integrar una comunidad que, sin proponérselo en términos conscientes, significaba fundar una región donde vivir, o sea un nuevo país. Su crecimiento y los éxitos permitidos por la voluntad de quienes se establecieron en esas tierras, junto a las circunstancias materiales existentes y una enorme extensión territorial cuya densidad poblacional era proporcionalmente irrelevante, junto a las creencias religiosas, sembraron la leyenda de los “escogidos”. El tiempo luego se encargaría de tejer anécdotas y exacerbar el culto.
 
Esa nueva realidad ha herido el sentido nacionalista natural existente en todos los países, pero que en Estados Unidos se magnifica por la historia de conquista e imposiciones realizadas con total impunidad durante más de un siglo, sin costo político, militar o económico, acrecentándose así las visiones creadas durante los asentamientos del primer siglo de ocupación.
 
La otra tendencia es la enorme cantidad de ciudadanía que no sólo cuentan con sus calificaciones profesionales, sino con una formación humanista adquirida tanto por la información, como por la experiencia material obtenida por sus contactos con otras latitudes y con las diversas nacionalidades que abundan en el país, unas como inmigrantes y otros como transitorios, ya sea estudiando o realizando determinadas labores. Estos últimos también aspiran a un país que implemente políticas exteriores e interiores diferentes, favoreciendo mal entendidos nacionalistas que alegan también prescindir del resto “a quien siempre hemos ayudado sin nada a cambio” y construyendo una industria manufacturera fuerte, invirtiendo los recursos que se le “entregan a otros” en la creación de un mejor mundo que, socialmente, favorezca al estadounidense. La diferencia con los otros es el sentido social y la consciencia de que el Estado tiene múltiples deberes en la garantía del bienestar ciudadano.
 
La aparente humillación que supone para esos sectores considerarse disminuidos, constituye el nódulo y por ende la explicación de la Convención Republicana que tuvo lugar recientemente en Cleveland, Ohio y especialmente el reconocimiento de un personaje como Donald Trump. En gran medida, por lo que ya señalamos, también explica el fenómeno Bernie Sanders.
 
La lluvia de discursos radicales, desbordante de nacionalismo, rememoraba la mejor época de la Europa fascista y mostró con claridad a dicho sector que, aunque se mueve entre los dos partidos, es mayoritario y más consistente con las ideas del Republicano. En ambos son un representativo genuino de la mentalidad granjera y para ser consecuentes con esto, el primer día de la Convención mostraban eufóricamente el sombrero de cowboy que no es únicamente símbolo de violencia, sino también y principalmente, de los orígenes agrarios de un país que creció vertiginosamente en el siglo XIX gracias a un desarrollo agrícola jamás imaginado, a partir del cual surgió una sofisticada industria de equipos de labranza, contribuyendo al aumento de la productividad agraria, a la vez que obligó a desarrollar un gigantesco sistema de transportación y búsqueda de fuentes energéticas. Todo esto eventualmente interactuó con una pragmática industria, dedicada exclusivamente a la búsqueda del confort con la cual se aliviaban las largas horas de trabajo, permitiendo al mismo tiempo grandes aumentos de la intensidad laboral. Nunca en la historia económica de un país se concatenaron con tanta exactitud tal diversidad de actividades, tejiéndose unas con otras en lo que semeja un infinito y dinámico proceso con características inimaginables en la primera mitad del siglo XIX.
 
En la memoria histórica del país estos aspectos se entrelazan con el papel asumido a partir de la guerra injustamente declarada a España a fines del siglo XIX, culminando en una serie de eventos durante el siglo XX, donde Estados Unidos terminó estableciendo más de 700 bases militares en todo el mundo y donde el carácter campechano de la cultura granjera de sus soldados, dio la bondadosa impresión de la existencia de un mundo que velaba por la seguridad de terceros, pero que eventualmente creó desequilibrios culturales en localidades totalmente ajenas a sus modos de vida y pensamiento. Se convirtieron en la piedra en el zapato de las regiones preteridas y de aquí surgieron las tensiones que hoy vivimos.
 
Los estadounidenses se sienten con “obligación” de “llevar la democracia” a otras regiones. Algunos dicen que es así porque si no “los hacemos nosotros alguien lo hará en nuestro lugar”. Pocos países presentan un cuadro poblacional que habita por lo general en los márgenes extendidos de las grandes urbes, donde se concentran nutridos grupos de profesionales, técnicos altamente calificados, retirados con ingresos privilegiados y clase mediana y alta en general, que muestren en sus exteriores, de modo desafiante, gigantes banderas representativas de la enseña nacional. Es una vieja tendencia a marcar territorio que explica en parte la extrapolación nacionalista que profesan al analizar el mundo exterior. Ellos son el territorio. El estadounidense es el país y el país lo abarca todo, sin importar fronteras.
 
Debido a esa supuesta pérdida de ser un país “ejemplo” cuyo diccionario “no admite la palabra derrota”, para una gran mayoría es difícil comprender que los cambios que vienen sucediéndose en Estados Unidos en particular y el mundo en general, no cambian la grandeza del país, sino la fortalecen. Los cambios ocurridos en el entorno internacional con el surgimiento de China como gran país, Europa uniendo sus fronteras, inaugurando procesos de nuevas modalidades de Estado que superen la aparición de los nacionales y Rusia, buscando consolidar el tamaño territorial que le permita integrar una economía poderosa bajo la administración de los grandes recursos que posee su geografía continental, sirven en realidad de complementariedad y estímulo al crecimiento. Lo que deben cambiar con urgencia es las políticas de injerencia, con lo cual es cierto que se ahorrarían grandes cantidades de recurso e incluso contribuirá a que otros hagan un esfuerzo mayor por integrarse al proceso económico de hoy.
 
Nada de esto se entiende y mucho menos con el surgimiento de Donald Trump, a quien podríamos catalogar como el primer líder que realmente surge en suelo estadounidense, con la connotación que esta palabra tiene en español. Trump es la persona que Estados Unidos nunca tuvo ni deseó al frente de un gobierno. A George Washington quisieron hacerlo líder y se negó a aceptar la surrealista responsabilidad de ser el Maestro, único e infalible. En eso se ha convertido Trump y ha llegado en un instante en que un gran sector clama por eso, se ciega ante el discurso, se ofusca ante las verdades que señala, sin valorar la dinámica del país actual y las transformaciones que ha sufrido y que aún no han calado en la conciencia pública en general. Sin embargo, esa conciencia, aún inconsciente, es capaza de vislumbrar nuevas necesidades y de aquí surgen los clamores por reformas y cambios radicales que reclaman enormes mayorías, para adecuar el país a las nuevas relaciones surgidas a contrapelo de la voluntad humana.
 
Donald Trump rompería la cadena evolutiva que el sistema político estadounidense ha logrado hasta los días de hoy. Aunque también podría ser una solución inesperada. Las egolatrías de los líderes son de pronóstico reservado y una vez aclamados y endiosados pueden derivar como barco en medio de una tormenta. Trump siente animadversión por los títulos, los profesionales, los sabios y parece poseer una enfermiza inclinación hacia la gente sencilla. De aquí que generalmente escoja a sus trabajadores por su intuición personal, por encima de los títulos universitarios, en especial si provienen de universidades elitistas. No sabemos. Pero el tiempo nos dejará descubrirlo. Por lo pronto el tipo de liderazgo representado por Donald Trump es algo nuevo en la historia política de Estados Unidos donde la democracia, con más o menos límites, ha sido la norma. Su presencia ha despertado las pasiones más bajas. Ya sabemos que el Estado Islámico no puede desencadenar una confrontación mundial de incalculables consecuencias, pero una locura sólida, rodeada de ciegos, puede incendiar Roma.
 
Así lo veo y así lo digo.
 
 

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