Las “revoluciones de color” es un negocio en EE.UU. Siempre que conviene se intenta invadir casa ajena, cuando en la casa propia las cosas van de mal en peor.
Opiniones divididas: unos se “revolucionan a la distancia”, lacayos del imperialismo que piden aventuras bélicas contra Cuba. Otros, con mente más clara, identifican el bloqueo estadounidense como lo que asfixia a Cuba.
En Estados Unidos, republicanos así como demócratas se sacan la careta: ignoran a la comunidad mundial y su voto contra el embargo. En casa propia, no pueden solucionar el terrorismo neonazi de insurgentes y traidores; tampoco pueden terminar la inmunidad de los actos brutales de la Policía, ni el tráfico de armas; pero desde ya, legisladores y burócratas están ocupados en “extender” la democracia hacia Cuba, aunque sea a punta de balas y misiles, como en Irak, Afganistán y otros.
Cuando la Policía de Colombia viola, tortura y masacra a manifestantes y activistas nadie exige las intervenciones militares estadounidenses; cuando en Brasil hacen desaparecer forzadamente a líderes originarios indígenas, nadie pide la intervención militar de Estados Unidos; cuando el régimen de Tel Aviv bombardea escuelas y hospitales palestinos, nadie pide botas estadounidenses en la zona.