La leyenda del periódico
Nicolás Pérez Delgado
No recuerdo dónde hace años lo leí. Y se hizo leyenda porque en ella hubo verdad. Fue un periódico, un periódico al que el Miami Herald jamás podrá igualar, ni siquiera parecérsele por el nombre. Lo echaban al fuego y no ardía. Las bayonetas se mellaban cuando intentaban rasgarlo. Desesperados por destruirlo, los nazis lo hicieron una compacta bola, lo metieron en la vaina de un cañón y lo dispararon. Fue un proyectil que se hizo añicos en el aire, pero en lugar de desaparecer hecho humo o en diminutos partícula, se convirtió en miles de ejemplares completos.
Su nombre no gustará a muchos. Al Miami Herald, menos. Su nombre: Pravda, palabra rusa que significa Verdad. Era la II Guerra Mundial y un Pravda, apareció entre la nieve en los alrededores de una aldea soviética tomada por los alemanes. Cerca, en los bosques de Smolenk, operaba un destacamento guerrillero en la retaguardia alemana, cuyas divisiones andaban en las puertas de Moscú. Alegría en Berlín y entre algunos que se decían Aliados.
Los guerrilleros habían ocupado un radio alemán. Desolados, muchos hasta lloraron al escuchar que el Ejército Rojo acababa de abandonar Moscú y Leningrado, que la ciudad de Gorki estaba a punto de caer. Los alemanes pegaban postes en aldeas y caminos llamando a los guerrilleros a salir de los bosques, a que entregaran las armas, que nada les pasaría. Ya estaban vencidos. Peleaban en vano. Los restos del Ejército Rojo retrocedían hacia los Urales.
Esto ocurría cuando Berlín se embriagaba de alegría por sus victorias. Tocaban marchas y cada hora daban partes acerca de las aldeas y ciudades ocupadas. Los pilotos fascistas ametrallaban y cañoneaban ríos de indefensos seres humanos que por los caminos afluían hacia el este.
Entonces apareció un Pravda. Una campesina lo encontró de casualidad, casi cubierto de nieve. Lo escondió bajo una piedra que marcó en un huerto. Alguien lo llevó a la aldea. Informaba que en Moscú había habido un gran desfile militar y mostraba fotos. Un titular decía: “A los invasores les queda poco tiempo de vida.”
Pasó de mano en mano. De una aldea a otra hasta llegar al destacamento guerrillero. Alrededor de una hoguera fue leído página a página. Luego pasó a otro cercano destacamento guerrillero y a otro, y a otro. ¡Hurraaaa!, gritaban aquellos hombres.
Luego se descubrió que las transmisiones radiales anunciando la caída de Moscú eran falsas, preparadas por los alemanes, con locutores con voces similares a los de la capital.
Pero en todo sitio existe la mente floja de un cobarde que el miedo los hace traidores y ese traidor hizo la denuncia a los SS. La campesina que en la nieve encontró el periódico fue torturada por largo tiempo. ¿Qué a quienes se los había dado para que lo leyeran? Pero ella negaba. Decía no saber nada de aquel periódico. Los alemanes la fusilaron y dieron candela a la casa de la mujer.
De ahí surgió la leyenda alrededor de un diario que no se podía destruir y que a los soldados rojos y a los guerrilleros les encantaba narrar.
Cuando pase un poco de tiempo, de la guerra mediática que el Nuevo Herald desde hace década desata contra Cuba, no quedará ni el más mínimo recuerdo. Burlas, sí, y muchas, seguramente, pues de terroristas y vividores de baja laya han querido hacer héroes. Carecen de héroes como los guerrilleros de los bosques de Smolenk.
Tristemente pertenece a la misma escuela periodística de Radio Swan y de ciertas agencias estadounidenses que cuando la invasión por Bahía de Cochinos daba por tomadas ciudades enteras, batallones de milicianos que se pasaban a los mercenarios invasores, el Hotel Habana Libre dañado por los bombardeos, incluso el puerto de Bayamo fue tomado, cuando sabemos que la ciudad de Bayamo queda bien tierra a adentro en el oriente cubano.
Debían aprender. Está bien, no de Pravda, diario soviético, comunista, y ahora ruso, aunque Rusia no sea comunista. Pero la traducción de Pravda es Verdad. Y con la verdad parece que el Herald no puede.
Les habló, para Radio Miami, ahora solo por Internet, Nicolás Pérez Delgado.
