El llamado Grupo de Lima fue creado por decisiones expresas de Estados Unidos y de la Organización de Estados Americanos (OEA) con el fin manifiesto de tratar de derrocar por cualquier medio al legítimo gobierno venezolano de Nicolás Maduro.
Establecido en 2017 lo integraron en un principio Argentina, Brasil, Canadá, Chile, Colombia, Costa Rica, Guatemala, Honduras, México, Panamá, Paraguay, Perú, Guyana y Santa Lucia. En otros momentos se unieron el de Ecuador de Lenin Moreno y el de la golpista Jeanine Añez de Bolivia.
Con la llegada a las primeras magistraturas de Andrés López Obrador en México y de Alberto Fernández en Argentina, la desacreditada agrupación ha sufrido un fuerte declive que se había ya agudizado por las represiones masivas y asesinatos contra numerosos civiles en varios de sus países miembros como Chile, Colombia, Ecuador, Brasil, Honduras.
Con el apoyo de los abundantes y poderosos medios hegemónicos de comunicación de la derecha internacional, el Grupo ha aplicado numerosas extorsiones políticas y económicas a la República Bolivariana, exigió la salida de Maduro de la presidencia, rechazó y difamó sobre las elecciones de 2018 y de la nueva Asamblea Nacional elegida en 2020 en Venezuela y apoyó como presidente interino del país caribeño al fantasmagórico Juan Guaidó.
Resulta que a lo largo de varios años, Venezuela ha tenido que enfrentar un nefasto bloqueo político, económico y financiero impuesto por Estados Unidos y sus aliados europeos y latinoamericanos y resistir las constantes campañas difamatorias de los medios hegemónicos occidentales, pero pese a toda esa agresividad, la estabilidad y la paz en esa nación bolivariana se ha mantenido.
Como expliqué, el grupo de Lima fue ideado e impulsado por Estados Unidos y la OEA con el apoyo irrestricto de regímenes de derecha, súbditos de Washington: el de los expresidentes, Mauricio Macri de Argentina; de Sebastián Piñera, Chile; Miguel Temer, Brasil; Juan Manuel Santos, Colombia y Pablo Kuczynski, Perú.
En marzo de 2021, Argentina se retiró del Grupo al expresar en un comunicado que “buscar aislar al gobierno de Venezuela y a sus representantes no ha conducido a nada y que se adoptaron posiciones que nuestro gobierno no ha podido ni pueda acompañar”.
Por su parte, México, mediante su canciller Marcelo Ebrard enfatizó que como él declaró el 4 de enero de 2019 en la única y última reunión en la que ese país participó en el Grupo de Lima, “solo mediante el diálogo podrá resolverse una situación como la de Venezuela. El papel de la comunidad internacional debe ser el de propiciar una conversación leal y efectiva entre las partes, no promover bloqueos diplomáticos, sanciones económicas y ser parcial en un conflicto apoyando a un “gobierno” (el del fantasma Guaidó) que a todas luces no tiene control efectivo del país”.
La posición mexicana queda más clara que el agua: no acompañará la carrera de agresiones e intervenciones contra Venezuela impulsada por Washington y la OEA con el respaldo de Brasil, Chile y Colombia cuyos regímenes han reprimido y asesinado en los últimos dos años, a numerosas personas en esos países.
A esa ola de dignidad latinoamericana se suma ahora el triunfo de Pedro Castillo en Perú quien asume este 28 de julio la presidencia del país, día en que se conmemoran los 200 años de su independencia.
Las primeras declaraciones de Castillo indican que en política internacional su gobierno mantendrá una línea mucho más cercana a las posiciones de México y Argentina con respecto a Venezuela.
Los regímenes neoliberales y antidemocráticos están cada vez más en declive y al Grupo de Lima, engendro de Estados Unidos y de la OEA, le queda pocos días para fenecer.
