- Categoría: Historia

Cerca del East River, en la casa del irlandés O’Brien, nacía un nuevo vástago. Era el 20 de abril de 1837. Las manos recias del inmigrante, natural del Condado de Longford, en Irlanda, levantaron al pequeño en vilo. Sonriente, la madre observaba al esposo, antiguo agricultor convertido por necesidad en maquinista.
El niño gateó en la cubierta de los barcos. En ella dio sus primeros pasos y sintió, desde el principio, que su vida estaría atada al mar. Próximos al hogar también estaban los astilleros de Webb, Brown, Collier, Mackey, Joyce y Roosevelt. Las calderas de los barcos se fabricaban en los talleres de fundición de Morgan y Novelty, ubicados la periferia de los astilleros.
Poco atractiva resultó la escuela para el pequeño O’Brien. Los maestros fracasaban en sus intentos de motivarlo, pues los pensamientos de él siempre estaban rondando los barcos. Apenas concluía la sesión de clases, iba a los astilleros a trabajar hasta al anochecer sin cobrar un centavo.
La pasión se desbordó cuando su hermano Pedro, propietario de un bote de remos, lo llevó hasta Greenpoint. El adolescente aprendía rápido. Dominaba el manejo de la pequeña embarcación que poseía una sola vela. Logró navegar con acierto por el escabroso canal que une a Long Island Sound con el East River. A los 13 años, bajo la camisa marinera, le afloraban los músculos. Tenía la mirada firme, soñadora; la nariz gruesa, el pelo abundante, el mentón sobresaliente. El rostro parecía fiero. Ya despuntaba su recia personalidad. Su mejor escuela era el mar y los barcos sus mejores medios de enseñanza.
Nada tuvo de extraño que abandonara los estudios, y, sin la autorización paterna, le ofreciera a Luke Russel, capitán del pesquero Albion, sus servicios como cocinero. En sus memorias Jonh escribió:
«Yo no podía preparar ni siquiera un caldero de agua sin quemarla, pero podía atrapar un bacalao donde nadie lo conseguía. Esta habilidad encantó a Luke más que el descubrimiento que hizo de mi inhabilidad para la cocina y permanecí a su lado todo un invierno hasta que Pedro me encontró y me hizo volver a casa.»[1]
Los padres, preocupados, veían la tristeza perenne de John. Taciturno, pasaba largas horas contemplando el movimiento de los barcos. Su corazón se oprimía. Quería volver a sus andanzas marineras y tuvieron que complacerlo. Era terco, como buen irlandés, y no daba el brazo a torcer. Su destino era correr aventuras, realizar largos y peligrosos viajes, y nadie, absolutamente nadie, podía impedírselo. Además, qué empleo le esperaba a un pobre hijo de emigrantes.
El aprendizaje se extendió unos años; alternó los estudios para obtener el título de capitán en Thom School de Cherry St., con las prácticas en el bote Jane. Mas estalló la Guerra Civil y O’Brien se presentó ante el abogado Edward N. Dickinson de Far Rockway con el deseo de incorporarse a la tripulación de su barca. Pero fue rechazado por su extrema juventud.
Insistió el muchacho, y en el verano de 1862, a bordo del Illianois, participa en la contienda. Al regresar a Nueva York fue licenciado.
FILIBUSTERO
La goleta Deer llevaría un cargamento de mercancías a Matamoros, en México. John fue contratado como oficial. En el trayecto el mal tiempo los acosa y se refugian en la isla Nassau a reparar la embarcación. Allí el capitán es destituido por inepto; uno de los dueños de la nave designa a John para el puesto vacante y se franquea con él. Antes de seguir el viaje le confiesa que transportan armas para los confederados.
El alijo tiene como destino Bonwnsville, en Texas. Desde Matamoros el cargamento sería traslado a través del Río Grande. O’Brien no puso reparos ante la nueva aventura. Pero el cónsul norteamericano en la isla conoció los planes de la Deer y ordenó revisar sus bodegas al día siguiente, sin embargo los contrabandistas escaparon, pues bien temprano el barco levantó anclas. A la salida del puerto un crucero de los federales les pasó por el lado. Aceleraron la navegación, porque sabían que si eran capturados les esperaba el patíbulo.
La Deer «era una embarcación más que ligera: volaba. Vigilábamos con atención a proa y a popa, día y noche —narra O Brien—, pero no notábamos cosa alguna que se pareciese al enemigo, como nos excitaba las posibilidades de la persecución mientras atravesábamos el Golfo; entonces quedé inoculado con el germen de la fiebre filibustera (…)»
John estaba feliz con el resultado del viaje. Le habían pagado una fuerte suma y el dueño de la Deer, después de vender la goleta y despachar el cargamento, le regaló 100 dólares para el pasaje a Nueva York. En la goleta Pride Of the Wares hizo el viaje de regreso.
BAJO LAS ÓRDENES DE MARCO AURELIO
Fue en 1887 cuando el City of México cuya tripulación dirigía O’Brien pasó a ser propiedad de Marco Aurelio Soto, expresidente de Honduras. Los amigos del antiguo mandatario conspiraban para que este recuperara el cargo y organizaron una expedición que fracasó al ser capturado el City Of México en aguas de Jamaica por las autoridades inglesas.
Perseveraron en sus planes los seguidores de Marco Aurelio y contrataron a O’Brien al frente del vapor noruego Fram. Navegó el irlandés hacia Tursk Island, al norte de Santo Domingo. Allí se encontraba un contingente de expedicionarios, listo para invadir Honduras. Cumplió O’Brien con sus contratistas y regresó a Nueva York.[2]
John Dinamita: De filibustero a libertador (II)

Se corrió en las tabernas que los explosivos serían utilizados en un plan insurreccional en Cuba. Ya el cubano tenía una goleta, la Rambler, que había comprado al comodoro Thomas y era la embarcación más grande de cuantas se hallaban en el New York Yach. Mas pasaban los días y no encontraba al osado capitán quien condujera al puerto de Colón la peligrosa carga. Apenas conocían el contenido que trasladarían en las bodegas todos se negaban.
«No pierda tiempo, amigo, vea al irlandés O’Brien. Ese es el hombre que usted busca», le dijeron cuando ya pensaba en regresar al Istmo con las manos vacías.
A primera vista creyó que le habían tomado el pelo. El irlandés no le pareció gran cosa. De pequeña estatura, delgado. Pensó que no podía ser el protagonista de las extraordinarias hazañas que le contaron. Sin embargo no tenía otro candidato.
O’Brien aceptó enseguida, atraído más por la aventura que por la elevada suma que le ofrecían. La dinamita fue empacada en paquetes cilíndricos de una pulgada de diámetro y de un pie de largo, protegidos por aserrín, y colocada en cajas de 50 libras.
En tanto la goleta esperaba bajo la mirada protectora de la Estatua de la Libertad, O’Brien mentía para contratar a la tripulación. Le dijo a los marinos que iban a Panamá para recoger allí al dueño del barco, quien poseía un negocio de carbón. También les comunicó que luego realizarían un largo viaje, por eso llevaba abundantes provisiones en la bodega.
Corrían los primeros días del verano de 1888. En el Golfo de México las olas batían a la goleta suavemente. El cielo se mostraba despejado. La tarde se desparramó temprano y los marineros que no estaban de guardia se entregaron al sueño para despertar en medio de relámpagos, estruendos y una lluvia gruesa.
Las rachas de viento amenazaban con llevarse las velas. Entonces O’Brien ordenó bajarlas de inmediato. La Rambler galopaba cual jinete en caballo salvaje. Algunos marineros rezaban. Mientras, el capitán solo tenía en su mente el peligro de que una descarga eléctrica cayera sobre las cajas de dinamita y paff.
Todavía a media noche la tormenta no cedía en intensidad. Los bruscos movimientos de la goleta podían provocar el estallido de los explosivos. O’Brien se deslizó hasta la bodega para cerciorarse de que las cajas se encontraba en su lugar. Su temor no era infundado. Utilizando unos maderos y correas de lona logró depositarlas en su sitio. El barco continuaba chirriando como si fuera, de un momento a otro, a fragmentarse. Fue una noche demasiado larga.
El sol sepultó los últimos vestigios de la tormenta. A toda vela navegó la goleta hacia Jamaica, donde cargaron hielo. Luego siguieron a Boca del Toro. Allí entregaron la embarcación y cada uno tomó su rumbo.
O’Brien esperaba el barco que lo trasladaría a Nueva York. Todos los días caminaba por las estrechas calles del viejo puerto, donde poco había que admirar. Para colmo de males, el cólera invadió el organismo del capitán. Apenas pudo salir de la cama se marchó a los Estados Unidos. Allí sus colegas de Hell Gate entre chanzas y largos tragos de wiskey le llamaron Dynamite John. El sobrenombre quedó acuñado, con él fue conocido durante la Guerra del ’95, en la cual sirvió a la causa independentista de los cubanos contra España.
En esta contienda dejó una estela de proezas, labró leyendas de valor. En su vapor Bermudas y en otras embarcaciones llevó valiosos pertrechos bélicos y tropas rebeldes a la Isla. Entre sus ilustres pasajeros trasladó a Calixto García, lugarteniente general del Ejército Libertador de Cuba. Sus aventuras en el mar para burlar a las cañoneras hispanas y en los Estados Unidos para despistar a los espías españoles y yanquis pudieran servir de argumento para una novela.
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