Hace ya un montón de años que se instauro el 14 de febrero como El Dia de los Enamorados, como le llamamos los cubanos. Aunque en otras tierras se le llama de otra forma, como por ejemplo aquí adonde nos hemos mudado muchos, se dice “Dia de San Valentín” (Valentín fue un sacerdote italiano en al año 273 de NE).
De todas formas hoy les traslado un mensaje de amor y cariñoa todos los que nos oyen y leen y a sus parejas, padres, hermanos, hijos, tíos, nueras y yernos, cuñados, amigos, a todos los que nos acompañan y a los que recordaremos siempre aunque ya no están con nosotros, y hasta los conocidos recientemente, pues este sentimiento que inclina el ánimo hacia los que nos place, es demasiado grande y fuerte para poder poseerlo sin compartirlo abiertamente. Y para los que nos repuidian, odian y rechazan, tambien «ni cardos ni ortigas cultivo…cultivo una rfosa blanca»A continuación les trasladamos una reflexión publicada en Cuba por Omar Orazabal:
Hay temores que matan
“Tengo miedo de todo el mundo,
del agua fría, de la muerte.
Soy como todos los mortales,
inaplazable.”
Pablo Neruda.
El miedo no es más que un sentimiento de inquietud causado por un hecho real o imaginario.
“Pero,¿tú estás loco?. ¿Qué van a decir mis jefes?” me espetaba una colega hace unos días cuando se debatía ante una decisión que debía adoptar en su radio de responsabilidad. Y ante el consejo que me pidió y le di, abrió sus ojos y me abrumó totalmente con los temores que tenía. Me sonreí y le dije: “pues entonces pregúntales”. Casi se desmaya de solo pensar en la respuesta que le darían.
No se puede vivir con la paranoia constante de que lo que nos toca decidir por nosotros mismos pueda ser criticado o que se nos castigue por eso. Si conocemos nuestros propios límites, no hay razón para el temor ante lo que debemos hacer en cada momento.
Y comencé con una anécdota laboral, pero los temores los veo también en la vida doméstica de muchas personas. El “qué dirán” ha limitado a lo largo de la historia el desarrollo de la personalidad de millones de seres. Y es verdad que, en el afán de librarnos de tantos amarres sociales insensatos, a veces a la especie humana se le ha ido la mano en tratar de romper los esquemas habituales de comportamiento. Pero eso no quiere decir que debamos temer de manera permanente a la acusación sutil o abierta de nuestros semejantes.
He escrito anteriormente, y en muchas ocasiones, sobre el respeto que nos debemos unos a otros en la sociedad. Cuando saltamos las barreras de la conversación civilizada y honesta, comienza entonces el descenso acelerado hacia la destrucción de la convivencia. Y es que en esos momentos funcionan no solo los temores, sino muchas formas de complejos propios que no son otra cosa que mecanismos de defensa ante lo que pueda ocurrir.
Cada día estamos ante la disyuntiva de tomar decisiones. Y en muchas ocasiones nos equivocamos al hacerlo. Pero errar es de humanos. El que no entienda ese concepto tan antiguo como la propia especie debería sentarse a pensar un poco más en su manera de accionar con los semejantes.
Sobre el miedo y los temores se ha escrito y polemizado mucho a lo largo de la historia. Y es que nuestra especie ha estado envuelta en tantas guerras y conflictos que es natural que tenga incorporado como un reflejo ya incondicionado la sospecha de que algo pueda traer consecuencias negativas. Pero de ahí a que sintamos temor permanente por lo que hacemos hay un trecho que peligrosamente puede ser corto.
Creo sinceramente que cuando se siente miedo a tomar decisiones es porque se está en el lugar equivocado. Y debe buscarse siempre la manera de ser útil a la sociedad que le dio la oportunidad de sentirse pleno en su desarrollo. De una u otra manera, encontrará el camino para hacerlo.
De los cobardes no se ha escrito nada. Porque la cobardía, a fin de cuentas, llega a ser tan vil que puede acabar con los destinos de otros. Y como dijera el genial poeta cuya cita encabeza esta pequeña reflexión, el verdadero miedo es el que podemos sentir por nosotros mismos. Lo cito:
“Por eso en estos cortos días
no voy a tomarlos en cuenta,
voy a abrirme y voy a encerrarme
con mi más pérfido enemigo,
Pablo Neruda.”
Les habló, “Desde Miami”, Roberto Solís.
