Como una noria interminable, siempre que un nuevo gobernante se instala en la Casa Blanca de Washington, aparece la preocupación acerca de cuál será su política para América Latina. Ante la elección de Donald Trump se relanzan las mismas preguntas y aparecen los mismos temores. ¿Serán idénticas las respuestas?
Estados Unidos, situados detrás de las barreras constituidas por los océanos Atlántico y Pacífico, es uno de los países geográficamente más aislados del planeta y el más autárquico, tanto que, debido a sus inmensos recursos naturales y a su temprano y espectacular desarrollo agrícola e industrial, apenas ha necesitado de sus vecinos, que por el contrario, están sujetos a un status de dependencia.
Por extrañas razones Estados Unidos, especialmente sus élites, que han tenido un comportamiento tolerante e incluso generoso con Europa y con los emigrantes europeos, nunca se ha identificado con los países de su entorno geográfico. América Latina y los hispanos le son extraños, y frente a ellos es indiferente y a veces hostil. ¿Por qué?
Por Europa y no contra ella Estados Unidos libró dos guerras mundiales, y por ella, principalmente por Alemania, que debió ser su archienemigo, se involucró en la Guerra Fría. El europeísmo estadounidense incluso le permitió a Franklin D. Roosevelt aliarse con la Unión Soviética y pactar con Stalin.
Estados Unidos perdonó a Alemania las deudas de la Primera Guerra Mundial, y luego de librar contra ella la segunda realizó allí una “ocupación blanda”, y en lugar de exigirle reparaciones, colaboró en su reconstrucción y sin temor la rearmó. Aplicó el Plan Marshall, que mediante un cuidadoso programa de desnazificacion y de restablecimiento de la democracia y la institucionalidad, le devolvió la soberanía, y en 1952 se marchó.
Los ejemplos de la paradoja que hacen a Estados Unidos asertivos y afectivos respecto a Europa, no logra machihembrarse con sus vecinos latinoamericanos, que son muchos y antológicos, aunque como estudio de caso bastaría México.
Exceptuando a España y Alemania, México es el único país occidental contra el cual Estados Unidos ha librado una guerra, y al único en todo el mundo al que le ha arrebatado territorios. Con México, uno de sus dos vecinos con fronteras terrestres y necesitado de su comprensión y apoyo, Norteamérica ha sido especialmente refractaria, tanto que hoy, su nuevo presidente ha propuesto revisar el tratado comercial vigente, y levantar un muro que los aísle.
El problema de fondo es que, históricamente, Estados Unidos aspiró con México a una especie de ecuación perfecta: tener la mitad de México sin los mexicanos, lo cual no es racional, posible, ni justo.
Si bien es cierto que la anexión, ocurrida a mediados del siglo XIX, se cubrió con acuerdos y con dinero, también lo es que en aquel proceso hubo presiones e imposiciones de la parte norteamericana, y actitudes anti nacionales de la mexicana, que hacen de aquellos hechos un capítulo lamentable de la historia hemisférica.
En cualquier caso, al margen de las declaraciones y las que pueda hacer el nuevo presidente respecto a México y América Latina, en esas relaciones bilaterales la razón y la justicia son asignaturas pendientes. Allá nos vemos.
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*Este artículo fue escrito para el diario mexicano ¡Por Esto! Al reproducirlo o citarlo, indicar esa fuente










