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¡Esta vez no voy a esconderme debajo de la cama! por Carlos Lazo

TOMADO DEL MURO DE CARLOS LAZO EN FACEBOOK 
Mi vida a estado marcada por las rupturas. Aun antes de yo nacer, ya mi padre y mi madre andaban peleándose. Joaquina, mi vecina de Jaimanitas, hoy anciana, se debe acordar de aquello. Mima y pipo armaban unas broncas de ampanga.
Yo tendría cuatro o cinco años. “Caballero no se fajen, no griten…” balbuceaba yo. Pero sus voces exaltadas ahogaban mis súplicas infantiles. Los padres casi nunca escuchan las razones de los hijos, menos aún si los hijos son pequeños.
Muchas veces, cuando se formaba el salpafuera, yo corría a refugiarme a casa de Joaquina. ¡Pobre niño asustado! Iba a esconderme debajo de una cama en casa de mis vecinos. Allí se respiraba paz. Joaquina me decía “Hijo, sal de allá abajo, anda. Sal pa’ que juegues con Panchito”. ¡Joaquina y sus hijos! ¡Familia negra de mi alma! ¡Remanso de amor!
Un día, las desavenencias de mis progenitores por fin llegaron a un punto de no retorno; a raíz de una de aquellas peleas, un juez le prohibió a mi papá visitar Jaimanitas. Mi viejo podría verme solamente los fines de semana. A partir de ahí, mi hermano, que ya era un jovencito, sería el encargado de llevarme, cada sábado, a visitar a mi padre, en Buena Vista.
Allí me esperaba pipo. “¡Nené!” me decía, amoroso, y me abrazaba con cariño. El domingo, cuando yo regresaba a mi casa, mima me recibía, cariñosa también, “¡Hijo!”, musitaba. Yo me sentía muy mal con todo aquello. ¿Cómo era que mis padres, tan buenos, se llevaran tan mal?
No soy quien para juzgar a mis viejos. Los hombres y las mujeres son productos de su tiempo. Los padres son, a su vez, hijos de otros padres que les legaron amores y odios, orgullos y prejuicios. Con todo y las peleas del divorcio, mi papá y mi mamá me sembraron semillas de amor y me legaron lecciones de vida que aún perduran. Creo que dieron lo mejor de sí. En cuanto a sus errores; ¿quién soy yo para censurarlos? Hicieron lo que pudieron con lo que tenían. No hay universidades de padres.
Años después, mi madre se fue a los Estados Unidos. Mi padre se quedó en Cuba. Con el tiempo, ya ancianos, mis viejos volvieron a ser amigos. Cuando pipo visitaba Miami, mi mamá lo llevaba de compras a los chinchales de Hialeah. El viejo regresaba a la Isla cargado de baratijas que les alegraban la vida a todos.
Cuando mima visitaba Cuba, pipo y su esposa recibían con cariño a mi madre. Se saludaban con esos abrazos entrañables que se dan los cubanos en los aeropuertos. Había cenas y jolgorios familiares. Creo que nunca hablaron de los años duros. Era como si aquello nunca hubiera ocurrido. Era como si no quisieran recordar.
Las naciones son como los padres. Cuba y los Estados Unidos son como mi mamá y mi papá. ¡Andan enredados en disputas desde hace tantos años! Sueño que un día mis dos países, se sienten juntos a la mesa; por el bien de sus hijos. Vislumbro la hora, ¡sé que va a llegar! en que el pasado será una historia de la que nadie se acuerde, un capítulo triste que nadie querrá rememorar. ¡Hay tanto que sanar y construir! ¡Hacen falta más abrazos en los aeropuertos!
Estoy harto de bloqueos y sanciones que asfixian y castigan a gente inocente. Estoy hastiado de que machuquen a la familia. Al final, en este divorcio, y en todos, los hijos son quienes pagan los platos rotos.
Pero, ya yo crecí. Ahora estos padres van a tener que oírme. ¡Esta vez no voy a esconderme debajo de la cama!
Carlos Lazo
5 de septiembre de 2021
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