EL TRUMPISMO, ENFERMEDAD INFANTIL…
Unos comentaristas creen que, amparado por los 70 millones de votos
obtenidos en las recientes elecciones, el “trumpismo” se instalará en
la sociedad estadounidenses como una nueva ideología o corriente
política de ultraderecha; otros estiman que será un fenómeno efímero.
Se afirma que Donald Trump no es un accidente, sino un resultado de la
degradación de la política en la sociedad estadounidense, afectada por
problemas sociales genéticos que, como el racismo, la discriminación
racial y la pobreza dan lugar a tensiones que se expresan en una
permanente confrontación y dan lugar a una violencia latente, de la
cual la rudeza policial es una manifestación letal.
No se puede decir que el establishment norteamericano no se haya
esforzado en resolver esta problemática para lo cual se han aprobado
tres enmiendas constitucionales (13º, 14º y 15º), varias leyes,
órdenes ejecutivas y dictámenes de la Corte Suprema y políticas como
fue la promoción de “Acciones afirmativas”, sin embargo, el problema
persiste.
El trumpismo cuenta con una versión no estadounidense que se expresa
en la preferencia de ciertos sectores sociales, gobernantes, figuras
políticas y elementos de los medios hacia ese estilo de hacer
política. De esa leva forman parte la ultra derecha europea y
latinoamericana y algunos gobernantes de perfil más o menos
autoritario.
Aunque no por ello pudieran ser calificados de “trumpistas” algunos
elementos de izquierda han dicho que prefieren la desfachatada
hostilidad del reaccionario espécimen, a la sutileza de los Demócratas
liberales que suelen asumir actitudes imperiales menos explicitas.
Según esa lógica, dado la esencia imperial del sistema, da lo mismo
quien gobierne en Washington.
Esta versión, no distingue al presidente James Buchanan, quien declaró
que “La esclavitud era constitucional, por lo cual había que
respetarla… y su sucesor Abraham Lincoln que fue a la guerra y
consiguió abolirla. Es como igualar a Theodore Roosevelt que se
apoderó del Canal de Panamá con James Carter que le devolvió la
soberanía a ese país e ignorar que un presidente impuso a Cuba la
Enmienda Platt y otro la abolió, por cierto, el mismo que reconoció a
la Unión Soviética y luego se alió con ella para combatir al fascismo
en la Segunda Guerra Mundial.
De Eisenhower a George W. Bush diez presidentes apretaron el dogal del
bloqueo procurando asfixiar a Cuba hasta que Barack Obama dio por
fracasada esa política, reconoció la legitimidad de las autoridades
revolucionarias, negoció con el presidente Raúl Castro, restableció
las relaciones diplomáticas y avanzó hasta donde pudo en la
normalización.
Las diferencias y los matices políticos no dependen solo de la
integridad de los mandatarios, sino también de circunstancias
políticas que marcan rumbos y condicionan las actuaciones, pero no
caben dudas de que las personalidades y la calidad moral de los
estadistas cuenta. Ninguno es de una sola pieza y existen áreas en las
cuales actúan de modo progresista y en otras hacen lo contrario.
De cumplirse la proyección que emana de su perfil, de su desempeño
político y de sus pronunciamientos, tanto en los ámbitos internos como
externos, la administración Biden-Harris debe parecerse a la de Trump
como un huevo a una castaña.
Donald Trump no ha sido solo un mal gobernante, sino un teratógeno
capaz de inducir malformaciones en el organismo social y torcer la
historia llevando al pueblo de los Estados Unidos a comportamientos
extremistas que pueden dar lugar a un paulatino deterioro. Allá nos
vemos.