Funcionaron los contrapesos…afortunadamente

Las elecciones recién efectuadas en los Estados Unidos reflejan aquello que sus fundadores, entonces una vanguardia revolucionaria ponente del pensamiento político más avanzado de la época, querían que fuera su país.

En el siglo XVIII el colonialismo europeo estaba sólidamente establecido en el Nuevo Mundo, a donde las coronas reinantes y la nobleza trasladaron sus prácticas despóticas que, a partir de cierto momento afectaron no solo a los pueblos originarios y a los esclavos, sino también a los europeos radicados en las colonias y sus descendientes. Entonces aquel orden social era ya fuertemente cuestionado por las mentes más lúcidas del Viejo Continente, cuyo pensamiento todavía está vigente.

Entre los rasgos característicos de la vanguardia que inició la revolución anticolonialista, la mayoría de los cuales eran personas ilustradas y acomodadas, algunos dueños de dotaciones de esclavos heredadas de sus mayores, estuvo el rechazo al despotismo, la idea de la autodeterminación, el apego a la libertad individual, y la apuesta por la igualdad.

Partiendo de cero, aquellos hombres redactaron la Declaración de Independencia, uno de los manifiestos políticos más importantes de todos los tiempos, concibieron la primera constitución, cuyos preceptos debatieron durante más de diez años antes de aprobarla, crearon la primera república moderna y el primer estado de derecho regido por preceptos democráticos que antes de ellos solo existían en algunos libros, todavía hoy son escasos.

La esencia del credo fundacional estuvo inspirado, entre otras, en las ideas de Montesquieu, y tuvo por base la idea de la separación de los poderes del estado, incorporado a la constitución por James Madison, Alexander Hamilton, y John Jay, quienes concibieron el funcionamiento del Congreso, la presidencia, y la Corte Suprema como un sistema de contrapesos que impiden que alguna rama exceda su autoridad, o invada campos que corresponden a otras.

Con la elección de Donald Trump, ponente de un desafiante estilo de gobernar, y cuyo partido disfrutaba del control de la Cámara de Representantes y el Senado, existió preocupación acerca de que las inclinaciones autoritarias y semejante monopolio le permitieran crear situaciones inéditas. No ocurrió así porque funcionaron los contrapesos. Esta vez, mientras el Partido Republicano controló la Cámara de Representantes y el Senado, el poder judicial, por intermedio de varios jueces federales, contuvieron lo que consideraron excesos, probablemente abusos de poder o arbitrariedades.

En asuntos como el Programa DACA, Obamacare, emigración, suspensión de visados a personas de varios países musulmanes, castigos a las “ciudades santuarios”, vetos al ingreso de homosexuales a las fuerzas armadas, y otros, los jueces frenaron la actuación del ejecutivo. En dos años el presidente Trump ha sido confrontado por unas 25 disposiciones y medidas cautelares, que llevaron al ahora ex secretario de justicia Jeff Sessions a declarar que: “…Los jueces federales impiden gobernar a Trump”.

Aunque no pudieron evitar todo lo que indebidamente hizo o quiso hacer el presidente, entre otras cosas las justas y atinadas medidas adoptadas por el ex presidente Barack Obama encaminadas a la normalización de las relaciones con Cuba, el poder judicial actuó como freno a los desatinos del ejecutivo.

Consideraciones críticas aparte, en el orden interno el mecanismo de contrapesos funcionó, y dio tiempo a que llegaran las elecciones, en las cuales, a pesar del dinero y la propaganda, los ciudadanos mediante el voto pusieron fin al control unipartidista del Congreso, otorgando la mayoría de la Cámara de Representantes al Partido Demócrata, con lo cual el sistema alcanza un mejor equilibrio.

Es una pena que este mecanismo de contrapesos no funcione en las cuestiones externas y en la política exterior, en lo cual la participación del pueblo es irrelevante. Ello explica algunas realidades que trataré en próximas entregas. Allá nos vemos.

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