Avanzando en retroceso, coloqué en una línea del tiempo eventos civilizatorios relevantes descubriendo que, la mayoría de los acaecidos antes de Cristo, ocurrieron en el Oriente Medio. Consciente de que Occidente no es superior al Oriente, aunque lo aventaja, me pregunté: ¿Cuál fue el punto de inflexión? ¿En qué momento y por qué occidente tomó la delantera?
Llegado a ese punto no me resultó difícil responder a mis preguntas. El punto de inflexión fueron el advenimiento de la Era moderna que, desde Europa con el descubrimiento de las rutas atlánticas y la circunvalación del mundo, incorporó al Nuevo Mundo, África y Asia a las grandes corrientes de la civilización moderna lo cual dio lugar al mercado mundial de oro y plata, materias primas, alimentos, incluso de personas.  Aquella relación entre este y oeste, norte y sur, dieron sentido económico, social y cultural a la redondez del mundo, constituyendo una primera globalización.
De muchas maneras, estos acontecimientos influyeron en el desencadenamiento de las grandes revoluciones sociales, ninguna de las cuales fue protagonizada por los pueblos del Oriente. El quid radica en las revoluciones sociales de los siglos XVIII y XIX, especialmente las de Norteamérica (1776), Francia, México (1910) y Rusia (1917) que refundaron la institucionalidad política y el derecho, colocando la convivencia humana sobre bases enteramente nuevas.
A la línea del tiempo que había formado, añadí un inventario de lo creado o introducido por aquellos magnos eventos. El listado no es tan extenso y puede parecer no tan trascendental, pero es definitivo porque se trata de la entronización del liberalismo económico, político y cultural que influyó poderosamente en el progreso general.
Las revoluciones de los siglos XVIII, XIX y XX cambiaron las reglas de la evolución civilizatoria porque auspiciaron el ejercicio de las libertades para pensar, creer (o no creer) opinar, participar políticamente (elegir y ser electo) y otras que son magníficamente resumidas por la principal categoría política de todos los tiempos y, probablemente eterna: la democracia.
Aquellos acontecimientos colocaron en lo más alto del listado a tres elementos esenciales: el estado, el estado nacional y el estado de derecho y de preceptos magníficamente formulados en la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América, que proclamó: “…Los hombres son creados iguales; dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; entre ellos el derecho a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad…”
Más recientemente, la Carta de la ONU codificó la Igualdad soberana de los estados y la Declaración de los Derechos Humanos convirtió en ley prerrogativas esenciales.
Colocadas en un horizonte civilizatorio, las revoluciones del siglo XVIII que dieron lugar a los movimientos de liberación del siglo XIX en Hispanoamérica donde, en apenas 100 años surgieron más de veinte repúblicas, no se hicieron contra nadie sino a favor del progreso general. De hecho, hasta hoy, sobreviven la fe y las grandes religiones y, como remembranzas, anacronismos o adornos, las monarquías europeas donde los reyes reinan, aunque no gobiernan.
El atraso político de los pueblos del Oriente Medio no es un estigma ni fatalismo geográfico, tampoco una muestra de inferioridad, sino el resultado de la acción de oligarquías nativas y del colonialismo europeo que, en función de intereses ancestrales, han impedido el progreso político generando situaciones expresadas en fenómenos arcaicos como la vinculación de la religión con la fe que da lugar a teocracias, algunas tan nefastas como el llamado Estado islámico.
En ausencia de democracia, laicismo, derechos humanos, libertades ciudadanas, igualdad entre hombres y mujeres, aunque existan riquezas fabulosas, no habrá progreso pleno. El progresismo se define por las fuerzas sociales que lo auspician y por los estados sociales a cuya instauración conducen. Allá nos vemos.