En su larga marcha, de unos 300.000 años, la especie humana creó la democracia, la más fecunda de las estructuras sociales. De aquellos 300.000 años, apenas 300 corresponden a la Era moderna, momento en el cual ese fenómeno, partiendo de Europa y Norteamérica, adquirió la configuración que tiene hoy y que, a pesar de no ser perfecta, a escala global parece consolidada y es irreversible.

Ninguno de los avatares experimentados en ninguna parte del mundo ha suprimido para siempre la democracia y ninguna escuela, doctrina o líder tiene una oferta mejor. Los pueblos que viven con ella la disfrutan y los que no la tienen la anhelan y esperan que sus vanguardias los conduzcan para alcanzarla. Todas las revoluciones se han hecho en nombre de la democracia y ninguna forma de autoritarismos ha sobrevivido.

Al dotarlo de inteligencia y concederle el libre albedrío, la evolución y la fe dieron a los humanos libertad para fundar y escoger. Ellos eligieron la democracia por la cual han luchado durante siglos y que se asocia sobre todo al progreso económico, a los niveles educacionales y a la institucionalidad, especialmente al desarrollo del estado y del derecho.

Desde Europa y Norteamérica donde las revoluciones de 1776 y 1789, derrotaron una la autocracia de las monarquías feudales y en otra al  colonialismo, el ideal y el modelo republicano de democracia y estado de derecho, se propagaron por el mundo, primero por Iberoamérica cuyas metas y solvencia política inspiraron los modelos entronizados por las luchas independentistas, cosa que lamentablemente no ocurrió en el resto del mundo, permitiendo que el colonialismo se enseñoreara hasta mediados del siglo XX.

Mientras en América del Norte la lucha por la independencia condujo a la formación de la primera democracia y al primer estado de derecho y a la proclamación la única constitución que ha resistido la prueba del tiempo y amparado la formación de instituciones sólidas y estables, en América Latina, por razones más o menos conocidas, las oligarquías nativas asumieron las repúblicas como botín.

Se formó así un modelo político sostenido por las oligarquías nativas formadas por los terratenientes, el clero y los militares, todos aliados y sometidos al capital extranjero que se apoderaron de las riquezas naturales, conculcaron las libertades ciudadanas, especialmente las de los pueblos originarios y los esclavos importados de África, sostuvieron los esquemas económicos agroexportadores y generaron la subordinación política a los imperialismos.

En aquellos períodos se introdujeron deformaciones estructurales económicas y políticas algunas de las cuales están vigentes todavía y aún obstaculizan el desarrollo de las instituciones civiles cuya debilidad explica la escasa solvencia de la democracia y el extraño errático desempeño de los pueblos que, convocados a votar y a elegir asumen posiciones con frecuencia desconcertantes.

De lo que se trata es de que los mismos factores que han impedido el fomento de las instituciones civiles, la separación y la independencia de los poderes del estado y del derecho, han obstaculizado el desarrollo de la cultura política y de la educación para la democracia, no solo de las masas, sino de las élites que, al decir de Ortega y Gasset, son las “minorías excelentes” encargadas de conducir a los pueblos y administrar los países.

La democracia asegura la legitimidad del poder, pero no su eficiencia ni su probidad. Los reiterados afanes de aferrarse al poder, convertir a los gobernantes en caudillos, las inveteradas prácticas de traficar influencias y hacer del servicio público en carreras lucrativas, desmanes practicadas casi en la misma proporción por la izquierda y la derecha, evidencian debilidades en la educación para la democracia que no es una esperanza, sino la única esperanza.

Javier Milei pasará como pasó Bolsonaro, y otros tantos de los cuales les hablaré luego. La buena noticia es que Argentina, Brasil y todas las naciones de América y el mundo prevalecerán para vivir las bienhechuras de la democracia por donde comienza y termina todo. Allá nos vemos.