
En los años sesenta del pasado siglo, aliarse con la Unión Soviética y copiar su modelo económico y político, no fue un error de la dirección cubana ni una elección ideológicamente motivada, sino un acto de supervivencia frente a la intolerancia y la agresividad de los Estados Unidos.
El error puede haber sido sostener durante 40 años el modelo económico y político entonces asumido que se encontraba agotado, lo cual se expresó en la crisis del socialismo real y en el colapso de la Unión Soviética. Disueltos los compromisos ideológicos que la ataron a la Revolución Cubana que siguió siendo socialista cuando ella no lo era, la Rusia postsoviética se ha guiado por otras premisas e intereses.
En la presente coyuntura cuando otra vez se adoptan medidas asociadas al modelo económico y político, no por convicción ni por razones ideológicas, sino como parte de otra estrategia de supervivencia, se presenta el dilema de cómo sumar a entidades que, como los inversionistas extranjeros, la banca internacional y los cubanos de ultramar, no sólo no comparten las premisas ideológicas y políticas cubanas, sino que las rechazan y a veces las combaten.
Cómo hacer que las transnacionales, los inversionistas poseedores de grandes capitales, los barones de la banca y del petróleo, el FMI y el BM, los emigrados y los banqueros acompañen a los cubanos y al Partido Comunista de Cuba en el proyecto de construir el socialismo; convenciéndolos además para que se expongan a las sanciones de los Estados Unidos, cosa que ni siquiera pueden hacer amigos tan leales como México ni superpotencias como China y Rusia.
La pregunta que habría que responder es si las medidas ahora entronizadas para relanzar la economía cubana, son rectificaciones adoptadas para subsanar decisiones anteriores que se consideran erróneas, o son iniciativas o innovaciones de carácter desarrollista.
La respuesta es importante porque, tratándose de lo primero, es decir de rectificaciones, en la mayoría de los casos existe una contraparte con la cual pudiera o es obligado negociar.
En cierta ocasión, por razones de mi antiguo trabajo, en los años noventa, acompañé a Nicolás Ríos periodista y empresario cubano americano a un encuentro con Fidel Castro en su despacho del Palacio de la Revolución. Hechas las presentaciones que sobraban porque ambos se conocían, traté de retirarme y en gesto de amabilidad el Comandante me dijo: “Quédate…”.
Así, entre deliciosas anécdotas, recuerdos e ideas, presencie el momento en que Nicolás Ríos que estuvo entre los fundadores de Liberación Radical, primer partido cubano de inspiración cristiana, combatió contra Batista y como Fidel fue un conocedor del ambiente de la época en que ambos estudiaron en la universidad de La Habana, hizo dos reflexiones y sendas propuestas.
Para la primera contó cómo su padre, un español, cántabro para más señas, fue despedido del central azucarero en que trabajaba cuando se aprobó una ley llamada del 50% según la cual, la mitad de la plantilla de todos los negocios debía estar formada por nacionales, por lo cual fue racionalizado y con sus ahorros adquirió una panadería, pasando de “proletario a propietario”.
El caso es que Nicolás le comentó a Fidel que, en su calidad de heredero, al amparo de la Ley Helms-Burton, podía acudir a una corte de Estados Unidos y reclamar aquella propiedad que fue nacionalizada. En broma, Fidel le dijo: “Cosa que no piensas hacer…” “No, le respondió Nicolás, lo que me gustaría es poder hacerlo en una corte cubana”.
La acción, según Nicolás convendría al proceso porque, como seguramente el juez fallaría a favor del estado cubano, ello legitimaria judicialmente la expropiación, lo cual sentaría un precedente judicial, aplicable a las demás. Estos razonamientos a Fidel le parecieron “muy interesantes”.
El otro tema, fue la idea expuesta por Ríos de trabajar para convertir las remesas enviadas por los emigrados cubanos, en “capital de inversión”, cosa que comenzaba a ser posible porque en la época, se hablaba del fomento de pequeños negocios. Fidel le dijo: “Es interesante pero complicado”. Veré si alguien lo estudia”.
Aunque con otros compañeros hice algo por aquellos temas, como otros quedaron relegados hasta ahora que, emergen como oportunidades perdidas y son relanzados
Siempre que surgen estos temas y otros análogos, la mar de interesantes y complicados le recuerdo a los burócratas, tecnócratas y jurisconsultos que, en mayo de 1959, en el quinto mes del triunfo de la Revolución, se redactó la Primera Ley de Reforma Agraria, una ley técnicamente perfecta que entre otras cosas resolvió en tema de las compensaciones por la nacionalización o expropiación de propiedades.
El tema de las expropiaciones y/o devolución de las propiedades confiscadas a extranjeros y nacionales que quedó pendiente por cuestiones políticas circunstanciales y no por falta de voluntad de la Revolución de honrar sus compromisos morales y judiciales, emerge hoy como un Nudo Gordiano que no puede ser desatado como hizo Alejandro Magno a quien se le atribuye la anécdota que les recuerdo.
Cuentan que durante la conquista del Imperio Persa (hoy Irán), Alejandro Magno entonces rey de Macedonia y de Grecia, llegó al reino de Frigia, en uno de cuyos templos existía un complicadísimo nudo tejido con finísima y resistente seda. Según las creencias quien lo desatara se convertiría en Rey de Frigia y de toda Asia. Ante lo complicado del nudo, Alejandro sacó su espada y de un magnífico tajo lo deshizo: “Lo he desatado, exclamó ¡Soy el rey!”
Desatar nudos, abrir llaves y cambiar las mentes (incluso las propias) y rescatar las que ya cambiaron) son tareas del momento. Allá nos vemos.