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Cuentos de caminos, por Lázaro Fariñas

La verdad es que no es nada elegante citarse a uno mismo y para mí, mucho menos defenderse. En realidad, nada me importa lo que algunos, ignorantes de mi actuación en esta vida, digan o escriban de mí. Unos me acusan de comunista, otros de ególatra, también de traidor al «exilio», de espía de la Seguridad del Estado, de mal agradecido con Estados Unidos, de desinformador y para qué seguir, si de verdad, aparte de que como dije me importa tres bledos, lo que me dan esos comentarios es risa, me divierto con ellos cuando algún amigo me los cuenta, ya que como no los oigo ni los leo, no sé si tan siquiera se acuerden de mí fuera de Facebook.
Muchos de los que me han acusado de comunista en esta ciudad, eran perros de presa en los primeros años de la revolución cuando yo la combatía. Allá me acusaban de gente de la CIA, de ser un lame bota de los norteamericanos, etc., acá ahora me acusan de agente del G2, compañero de viaje. de que me han lavado el cerebro y así de otras cosas.
Cuando el Herald me publicaba con cierta frecuencia los artículos que le enviaba, los ataque contra mi persona en los programas de radio en español y las amenazas de muerte por teléfono se triplicaban. Hasta hubo un conocido dirigente de una organización contra revolucionaria de aquella época que me amenazó de muerte en un programa de televisión en el cual debatíamos, mi reacción fue reírme a carcajadas de él frente a las cámaras, otro me invitó a darnos golpes en pleno programa televisivo.
Cuando el Herald me dejó de publicar lo que le mandaba, Juventud Rebelde me abrió sus páginas y allí estuve publicando por años sin ninguna censura. Los come candela de Miami de Radio Mambí me acusaban de agente de los comunistas, yo me reía de ellos. Recuerdo que una vez atravesando un parquecito del centro de la ciudad vi a un grupito de cubanos discutiendo sentados en un banco, cuando ya los había pasado, uno de ellos me gritó medio amenazantemente, «Lázaro Fariñas, sigue, sigue escribiendo para Granma». Lo que hice fue que me viré sonriente y le dije «No chico, para Granma no, para Juventud Rebelde» y seguí caminando para donde iba.
Cuando Fidel se enfermó, Cubadebate me publicó una nota en la que le deseaba una pronta recuperación. Me invitaron a un programa de debate en la televisión y de pronto la directora me interrumpió para leerme la nota que yo había escrito. Era como para decirme, mira te agarré. Cuando acabó de leerla le dije, «Qué lástima, si hubiera sabido que ibas a leer esa nota te hubiera traído el artículo que publiqué en JR sobre el tema».
De lo único que no me arrepiento en mi vida es de haber sido consecuente con mi pensamiento, siempre he dicho y defendido lo que en el momento he creído y pensado y ahora, para no extender más esta nota, voy a terminar con una frase de Oscar Wilde que me gusta mucho: «Que hablen mal de uno es espantoso, pero hay algo peor y es que no hablen»…
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