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Coincidencias casuales en circunstancias diferentes

                                                  

Analizando el panorama político de la era del New Deal (El Nuevo Acuerdo), impulsado bajo el gobierno de Franklin D. Roosevelt y el actual podemos concluir algo: el Partido Republicano se desintegró. Salvo el interregno de los ocho años de Dwight Eisenhower, de 1952 a 1960, no volvió al gobierno hasta 1968. El Partido Demócrata mientras tanto había estado gobernando veinte años, desde 1932 hasta 1952, regresando de nuevo en las elecciones de 1960 hasta 1968.

 
Aun cuando Eisenhower se proclamaba un nuevo republicano y de hecho apoyó las grandes reformas impulsadas por Roosevelt, tildando incluso de “estúpidos” a quienes se opusieran, no sólo no representaba el espíritu republicano de la época sino distaba mucho de una nueva tendencia generacional de su partido que comenzaban a asomar la cabeza en el panorama político. Eran gente más temeraria y conocedoras de las realidades. No tenían que ver con la representación republicana de entonces, personificada por William Buckley quien, defendiendo el segregacionismo del Sur, tildaba a la “mayoría” de “atávica” y decía: “a veces las minorías no pueden prevalecer sino por la violencia”, y llegado ese momento, “tiene que determinar si la prevalencia de su voluntad es merecedora del terrible precio de la violencia”. La nueva generación que venía conformándose y que llegó con Donald Reagan, era menos directa y prefería el lenguaje codificado a la expresión cruda de sus pensamientos. Esa nueva base encontró su fundador en Reagan, quien disfrazaba su racismo con chistes sobre “personas en ayuda de bienestar que manejan un Cadillac” y distorsionaba con cifras no argumentadas “el tamaño del gobierno que emplea 2,5 millones de personas”. En realidad, las dos terceras partes de ese gobierno lo componía el Departamento de Defensa y el Correo, mientras que a niveles locales y estatales la mayoría eran maestros, bomberos y policías.
 
El Nuevo Contrato (New Deal) había transformado la manera de pensar. Salvo el accidente de Eisenhower, quien ganó las elecciones de 1952, avalado como Jefe del Estado Mayor Conjunto en una Guerra que los aliados ganaron y por el cansancio de un electorado harto de dos guerras casi ininterrumpidas (la Segunda y la de Corea), protagonizadas durante la Administración Demócrata, no contaban con una plataforma que, al tiempo de diferenciarse del Partido Demócrata, se ajustara a los nuevos aires de reformas sociales que estaban teniendo lugar.
 
La nueva base, más atemperada, con apoyo mayoritario de capital, estaba aún muy dispersa para llevar un aspirante representativo de esa nueva ola republicana y en las primarias de 1964, Nelson Rockefeller, un moderado dentro del Partido, careció de las habilidades para seducir al electorado republicano y, a contrapelo de las nuevas aspiraciones del Partido, resultó electo como candidato Barry Goldwater, un conservador radical, racista, que aún utilizaba un lenguaje al estilo de William Buckley.
 
En 1968 fue electo Richard Nixon. Una mezcla de nuevo republicano con una dosis de moderado. En su táctica utilizaba las trampas de esa nueva generación surgida por los años de Eisenhower, engañando con falacias y exageraciones. Mediante la manipulación de la prensa explotó la división racial, levantó temores sobre lo temible de los cambios sociales y creó una especie de paranoia sobre el peligro del ataque exterior, atrayéndose así a los blancos trabajadores. De hecho, Nixon ganó las elecciones creando temor de perder la guerra de Vietnam debido a las “debilidades” de Johnson, quien ya había manifestado su desagrado con el tema. Para hacer más efectiva su tendencia a manipular los medios se apoyó en la consultoría permanente de Roger Ailes, presidente de Fox News. Tampoco le tembló el pulso para intimidarlos, logrando contener la prensa que disintiera, del mismo modo que en el siglo XXI lo repetiría la Administración Bush y Donald Trump asumiera un estilo amenazador y acusatorio en contra de los medios en la campaña presidencial del 2016.
 
Las consideraciones sobre las guerras son un tema altamente manipulable en Estados Unidos. El mismo hace indeciso el voto ciudadano, llevándolo a actuar pendularmente. Primero dudando del político que le hable de retirar las tropas y luego hastiándose del conflicto cuando se hace interminable. Es un tema difícil de conducir, porque no es fácil explicarles a los ciudadanos del “país más poderoso del mundo” que su poder tiene límites. De aquí que la retirada de Vietnam no era parte del imaginario grandioso de una sociedad que había vivido a cañonazos y desembarcos desde fines del siglo XIX. Ese imaginario fue precisamente el factor más importante que llevó a Nixon al poder en 1968.
 
Pero Nixon no era la expresión exacta del republicano de nueva creación. En la política nacional era un moderado, llegando incluso a gestos tan liberales como el mejor de los moderados. Desde su criterios de política impositiva, pasando por un aumento de las regulaciones ambientales hasta su intención de introducir un seguro nacional de salud, tenía un carácter más liberal que conservador.
 
O sea, esa etapa del republicanismo que se desintegra al influjo de los triunfos de la política del New Deal, no vuelve a recuperar nuevos sucesores hasta la llegada de Ronald Reagan, quien sabía palmar las espaldas de los blancos, al tiempo que hacía realidad los mejores sueños del conservadurismo, cuyos orígenes se remontaban al economista Milton Friedman y el sociólogo Irving Kristol. Reagan, con dichos y falacias resucitó el partido, vistiéndolo con la nueva ideología propuesta por intelectuales de la talla Friedman y Kristol.
 
Este avance republicano comenzó a detenerse con las inconsistencias de George W. Bush, sus fracasos tanto en lo interior, como en su política exterior. Luego, para rematar esa carrera de retrocesos, triunfa en las elecciones Barack Obama, el primer negro Presidente de Estados Unidos, impulsando ideas de renovación que, sin quedar materialmente expresadas, al menos palió la crisis heredada de Bush y puso en boga una política exterior basada en el compromiso. Esta mezcla de factores creó un nuevo caos para el Partido Republicano, y fue tal su magnitud, que no pudieron evitar el surgimiento de una figura como Donald Trump.
 
En la acogida inesperadamente masiva que Trump ha recibido, asoma un nuevo republicanismo cuya tendencia indica un retroceso en la administración de la política exterior. De asumir el poder esa tendencia, suspenderá las “ayudas” y los pequeños beneficios que algunos países reciben a cambio de la penetración sutil que las acompañan, se condicionarán totalmente a las normas mercantiles al uso en las esferas puramente económicas, lo cual conducirá a un estilo de penetración más rampante y sin tapujos, creando tensiones de impredecibles resultados. La nueva filosofía priorizará el cierre de fronteras y un regreso a las políticas migratorias de las décadas comprendidas entre los veintes y los cincuenta. El lenguaje de William Buckley y Barry Golwater, cuyo avance ha sido presentado en toda su crudeza por Trump, será el nuevo idioma político. Dentro de este paisaje se moverán los nuevos republicanos.
 
A partir de Obama y salvando las distancias, todo indica que comenzará un ciclo semejante a la época posterior al New Deal. El Partido Republicano se renovará, convirtiéndose en un nuevo partido y otro tanto le sucederá al Demócrata, con grandes probabilidades que los marginales de ambos bandos en esta contienda electoral, integren eventualmente un nuevo partido de corte progresista.
 
Quizás no sea aventurado afirmar que a Estados Unidos de América le espera una época convulsa al estilo de la década de los sesenta y setenta, marcada por el racismo, protestas sociales y la paranoia de defenderse de “los países extranjeros que toman ventaja de nosotros”, como diría Trump.
 
Así lo veo y así lo digo.
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humberto gonzalo
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