Es de todos conocidos que Estados Unido aún amenaza que continuará con su política de cambio de régimen en Cuba. Sin embargo, dadas las nuevas circunstancias internacionales la estrategia no podrá ser la misma de hace unos años atrás, donde la subversión de carácter insurreccional fue el camino escogido. Los métodos de subversión actual son diferentes y consisten en ofrecer ayudas a personas que no desean integrarse al proceso de reformas que, también por fuerza, pero en este caso por fuerza de la razón, Cuba ha decidido. Estas pocas personas, insignificantes en número comparado con los nutridos grupos de intelectuales, trabajadores manuales y profesionales que apuestan por la factibilidad de perfeccionar los mecanismos del proyecto socialista cubano, quieren recrear la Cuba de sesenta años atrás, algo tan descabellado como imaginar que puede repetirse el fenómeno de una revolución al estilo soviético de 1917 o la insurrección revolucionaria cubana de 1958.
Ajustes y cambios, otro silencioso proceso cubano
Para que el discurso de Washington pueda convertirse en realidad, tendrían que recurrir a las armas y el terrorismo, como en el pasado. Mientras eso no suceda sus probabilidades de hacer daño son menores que la caída de la luna sobre la tierra, permitiéndole al Estado cubano avanzar sin vacilaciones. Para lograrlo debe recurrir a la práctica de legislar. El obscuro estilo, consistente en autorizar actividades económicas personales en algunas áreas, sin legislaciones que amparen a sus actores en casos de litigio, de manera diáfana, no es buen consejo. La legislación es el primer paso, o debiera serlo, cada vez que se introducen nuevas prácticas económicas. Incluso en las circunstancias actuales, las resoluciones ministeriales debieran ser legisladas o al menos algunos aspectos de ellas, para dar confianza a los nacionales y especialmente a los inversionistas extranjeros. Aunque el Estado cubano sigue sin concebir la utilidad del balance de poderes, donde incluso la prensa podría convertirse en uno de ellos con carácter práctico, integrándola a las instituciones de gobierno como otro Poder de balance para evitar desafueros personales y quizás agregando incluso otras instituciones que, en el caso cubano pudieran ser idóneas para asegurar esas funciones, la legislación fue concebida desde que se instituyó la Asamblea Nacional en 1976. Por consiguiente, a estas alturas no existen razones de ningún tipo para continuar pasándola por alto.
Junto a las nuevas tentativas de recuperar muchas de las prácticas inherentes a la economía nacida en el siglo xix, es imprescindible instrumentarlas de modo que ayuden a restarle vigencia a los paradigmas surgidos durante su despegue en el siglo XIX, entre ellos la ganancia, la cual se erigió en categoría personal, obviando el esfuerzo social que la hizo posible. Es uno de los tantos aspectos difíciles de las reformas, pero es esencial para lograr una justa distribución de la riqueza. Aceptar diferencias de ingresos, muchas veces sustanciales, no es moralmente malo ni legalmente condenable.
El problema surge cuando la acumulación de esa riqueza conduce a lo que conocemos como extravagancias, lo cual lleva a inversiones en áreas que pueden ser dedicadas a la elevación del nivel de vida del porcentaje mayoritario, quienes una vez frenada las apropiaciones indebidas de las ganancias, dispondrán de fondos y demandarán productos y servicios, fundamentales para elevar sus estándares de vida.
Las excesivas apropiaciones que se arrogan caprichosamente el conjunto social etiquetado como 1%, están siendo cuestionadas por el público de los países desarrollados y cada día es parte sensible de los programas políticos que pretenden adecuarse a las realidades de un mundo que clama por la paz y detesta confrontaciones, susceptibles de solución, por vías del debate y el voto.
Reinstaurar la economía al uso, con un propósito socialista definido, también supone ser políticamente creativos. Entre los muchos aspectos a considerar, con pinzas de cirujano estético, habremos de encarar la existencia de una propiedad estatal, lo cual para muchos es una mala palabra. Sin embargo, las críticas que la consideran como inviable y fuente de corrupción, no aplican ese mismo criterio a las corporaciones capitalistas. La diferencia estriba en considerar y remunerar las funciones de la corporación estatal con la misma vara utilizada en éstas, administrándolas con ejecutivos que se beneficien adecuadamente del resultado de sus gestiones y que las comunidades donde radiquen, tengan la prioridad para disponer de un porcentaje justo de las ganancias.
No existe capitalismo de Estado. Existe el Estado capitalista, donde las funciones corporativas y financieras son administradas por personas individuales y el Estado socialista, donde esas mismas funciones son ejecutadas por las comunidades y el Estado Nacional y donde las pequeñas y medianas empresas, administradas individual o cooperativamente, son convenientemente reguladas en aras del bien común o como quieran llamarle los aferrados a términos más ideológicos que prácticos.
No existen dudas que la economía que conocemos es capitalista, dedicarnos a la tarea de inventar otra es como dedicarse a escribir ciencia ficción. Lo único que diferencia un Estado capitalista de otro socialista, siendo además esencial y trascendente, es la entidad jurídica que realiza esas funciones. El Estado, en su estadio más desarrollado, siendo un resultado del crecimiento económico, es un instrumento social, un producto de la evolución de las sociedades.
Durante los primeros 80 años del siglo XX las actividades económicas fueron relativamente estables a la luz de las nuevas tecnologías. Las industrias y negocios requirieron más y más, de grandes ejércitos de oficinistas que durante décadas permaneció invariable, salvo pequeñas variantes introducidas por Xerox con la invención del papel carbón y un poco tardíamente, a mediados de siglo, la IBM con su sistema de máquinas perforadoras. Pero la vida económica fluía más o menos tranquila e igual y el avance de la producción tecnológica, estaba dado por el innovador solitario, quien desde el garaje de su casa revolucionaba el mundo.
A partir de los ochenta las cosas cambiaron drásticamente y las grandes corporaciones sustituyeron rápidamente las reales leyendas de aquellos míticos personajes. Por esa banal tendencia de los seres humanos de buscar dioses por todos los rincones, fueron encumbrados otros personajes que, a diferencia de los anteriores, se distinguían por sus riquezas. Fueron el nuevo 1%, excepto que no fueron reverenciados por las originalidades de su sapiencia, sino por la fortuna en aumento que han amasado desde entonces. Se había registrado un gran cambio casi de la noche a la mañana.
La gran revolución ocasionada con el surgimiento de las nuevas tecnologías, entre el primer microprocesador puesto en uso en 1971, hasta la proliferación del internet en la década del noventa, cambiaron en esencia las formas de producir. Tal y como anticipara John Galbraith in 1968: “con el surgimiento de la moderna corporación, la organización emergente requerida por la moderna tecnología y la necesidad de planeación, divorció al dueño del capital, del control de la empresa e hizo que los empresarios dejaran de existir como personas individuales”. Diríamos que las nuevas corporaciones colectivizan los procesos productivos, algo que Marx señaló. En este punto no existe nada más cercano al socialismo que las corporaciones, diferenciadas únicamente por el sentido de justicia que el primero predica y que los capitalistas desprecian o colocan en un plano inferior.
La propiedad estatal es importante porque estructurada adecuadamente, con sentido verdaderamente social, viabiliza mejor el usufructo colectivo de sus producciones.
Pero para que así pueda resultar, el capital deberá ser de un Estado que no lo administre verticalmente, sino mediante mecanismos donde la mayor autoridad esté en manos de las comunidades y en la cual los directores administrativos y demás trabajadores tengan las mismas consideraciones y mejores beneficios que los otorgados a sus empleados por los grandes dueños de las corporaciones capitalistas.
Creo que aquí estriba el punto más polémico. Cuba y las nuevas concepciones socialistas deberán estudiar las diferentes variantes, estableciendo planes pilotos legislados y minuciosamente presupuestados, para fortalecer los valores humanos que constituyen el nódulo de las prédicas socialistas que, sin la aspiración de igualitarismos irreales, procuran un mundo de mayor equidad.
El Estado cubano tiene la gran oportunidad de adecuar esas tendencias del proceso productivo para transformar el concepto de dominación inherente a la actividad económica, por otro concebido como administración social. Es un largo camino que acelerará su paso en la medida que se reforme convenientemente el estilo de mando vertical practicado hasta hoy.
Silenciosamente, así como se han normalizado los asuntos migratorios, Cuba normalizará su economía y junto con ella sus estructuras políticas socialistas.
Así lo veo y así lo digo.
Otras publicaciones

Más ayuda solidaria a Cuba desde México
febrero 15, 2026

Qué busca realmente EE.UU en Cuba
febrero 15, 2026

XCUBA cartas a Trump para detener la barbarie
febrero 12, 2026








