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No es raro que historiadores y memorialistas evoquen la estancia de Winston Churchill en La Habana, en febrero de 1946. El ya entonces ex primer ministro británico recibió aquí honores de jefe de gobierno, y el Hotel Nacional, donde se alojó, le reservó, por supuesto, el Apartamento de la República.  Acudió al almuerzo que en su honor programó el presidente Grau San Martín en el gran comedor del Palacio Presidencial, recorrió La Habana, como fue su deseo, en un auto descapotable; devoto como era de los puros cubanos, hizo una visita a la fábrica de tabacos Partagás y, oculto y escapando de los rigores del protocolo, pasó una tarde en el célebre prostíbulo de Marina.Churchill-en-los-años-de-la-II-Guerra-Mundial

Asevera la prensa de la época que el famoso político ocasionó no pocos dolores de cabeza al ceremonial cubano y a la legación británica. No respetaba horarios ni formalismos y se regía solo por lo que le deparaba el día. Se levantaba a las cinco de la mañana y ponía en jaque a todo el hotel. Un día de lluvia, molesto porque no podía disfrutar del acostumbrado chapuzón en la piscina, ordenó de improviso que hicieran sus maletas para marcharse y pidió que las deshicieran en cuanto salió el sol. Su tiempo libre lo pasaba jugando a las cartas con el que quisiera hacerle compañía. «Come, bebe y fuma sin restricciones de ninguna clase. Y en cantidad», escribía Enrique de la Osa en el reportaje que, sobre la estancia habanera de Churchill dio a conocer en la revista Bohemia.

Pero aquella visita de febrero de 1946 no fue la única ni siquiera la primera. Muchos años antes, el 30 de noviembre de 1895, Churchill celebró en Cuba, en específico en el poblado  espirituano de Arroyo Blanco,  su 21 cumpleaños. Era entonces un joven oficial del Cuarto Regimiento de Húsares y vino a título personal a ver la guerra que por su independencia sostenían los cubanos contra España, y aquí el futuro Lord del Almirantazgo británico recibió su bautismo de fuego. Entonces se aficionó también al ron cubano. Así lo dice explícitamente en sus memorias. Las dio a conocer con el título de Mi primera juventud y hay en ellas un capítulo dedicado a Cuba.¿Qué buscaba Churchill en estas tierras? Lo dice claramente en su libro: la aventura por la aventura misma. Ansiaba saber cómo era una guerra, oportunidad de la que se veía privado en su país a causa de la paz que signaron los años finales de la era victoriana. Trae también la encomienda de un periódico británico de reportar las incidencias de la guerra.

En compañía del también joven oficial Reginald Barnes, el futuro político británico llegó a La Habana un día no precisado del mes de noviembre de 1895. Se aloja en el hotel Inglaterra y no demora en salir en un tren militar con destino a Santa Clara. Desde Cienfuegos, por mar, viaja a Tunas de Zaza y de ahí a Sancti Spíritus, donde permanecerá dos noches. Ya como parte de la columna móvil que encabeza el general español Álvaro Suárez Valdés, pasa una noche en Iguará y llegará a Arroyo Blanco el 27 de noviembre. El 30, día del cumpleaños de Churchill, la columna de Suárez Valdés se mueve hacia las cercanías de Jatibonico, bajo el hostigamiento intenso de fuerzas mambisas. Es la mayor reunión de armas cubanas hasta esa fecha: cinco mil hombres listos a defender el despegue de la Invasión hacia Occidente.

En la noche del día primero, la tropa española, que se ha movido hacia La Reforma, recibe el severo castigo de los insurrectos, y el 2 de diciembre tiene lugar el combate de La Reforma, en la que los españoles se enfrentan a los mambises que forman parte de la retaguardia de la columna invasora y el general Antonio Maceo responde personalmente al ataque del español Suárez Valdés. A partir de ahí, Churchill y su compañero se retiran de las operaciones y emprenden el regreso a La Habana.

Un interesante libro sobre la estancia cubana de Churchill  de  acaba de aparecer con el sello de la editorial Luminaria,  de Sancti Spíritus. Se titula Arroyo Blanco: la ruta cubana de Churchill.  Un episodio de la guerra del 95. Su autora,  Lourdes María Méndez Vargas,  hace un abordaje crítico al tema, un abordaje que es, al mismo tiempo, riguroso y apasionado,  con el que quiere reivindicar la contribución de Sancti Spíritus a la independencia y, en particular, de Arroyo Blanco, que ella considera olvidada. Un estudio que sitúa a Churchill en el corazón de la guerra, con lo que devela su condición de testigo excepcional de momentos cruciales de la contienda cubana: la victoriosa apertura de la campaña de la invasión hacia el Occidente de la Isla. Un libro apasionante cuyo mayor interés no radica en los tópicos que examina, sino en la manera de abordarlos.

Habló para Radio Miami, desde La Habana, Ciro Bianchi Ross.