UCRANIA: INDECISOS Y CONFUNDIDOS

Entre las consecuencias de la guerra en Ucrania figura el desconcierto entronizado en las fuerzas políticas de todo el mundo. La izquierda socialista y antimperialista de Europa y América Latina condenan el intervencionismo de la OTAN y el protagonismo de Estados Unidos, sin que ello signifique apoyo a Rusia. Lo mismo ocurre con la derecha conservadora y ultranacionalista que tiende a simpatizar con Putin, aunque no respalda la agresión y el despojo territorial de que es objeto Ucrania.

La desorientación de las fuerzas políticas se refleja en la indecisa cobertura mediática, en la ambigüedad de algunos gobiernos, tanto progresistas como conservadores, en la inconsistencia de analistas y observadores que tratan de no comprometerse con unos ni otros, lo cual traslada el desconcierto a los medios, en especial a la prensa y a la opinión pública.

Si bien la mayoría de los gobiernos europeos se suman a las sanciones contra Rusia, los hay que no son partidarios de que tales medidas involucren al gas y el petróleo, asumiendo una condena “selectiva”, mientras administraciones y firmas chinas, indias y latinoamericanas, prosiguen o incrementan su participación en los mercados rusos, aprovechando los nichos abiertos por las sanciones europeas para hacer buenos negocios, entre ellos, adquirir enormes cantidades de gas, petróleo, carbón, fertilizantes y varios minerales ofertados por Rusia a mejores precios.

Se han detectado no pocos casos de firmas y buques que cargan mercancías en puertos rusos con destino a algunos países que no participan en las sanciones, salen a alta mar, apagan los sistemas de radiolocalización y transbordan o venden sus cargas a firmas europeas, generando así una nueva variante de contrabando en la cual, las otrora exigentes autoridades aduaneras y comerciales europeas, miran para otro lado.

Todo eso sin contar con países de la OTAN que, estando en abierta guerra con Rusia, conspiran con ella para continuar recibiendo petróleo y gas a mejores precios que los del mercado mundial. Más paradójica es la situación de países decididamente aliados de occidente como India y Turquía que tratan de conservar vínculos económicos, comerciales con Rusia y viceversa.

Existen casos como los de los países integrantes del BRICS (Rusia Brasil, India, China y Sudáfrica) que participan con Rusia de una organización económica internacional, sin por ello ser aliados políticos y casos como los de CELAC que agrupa prácticamente a todos los países latinoamericanos, la mayoría de los cuales son ideológica y políticamente  favorables a occidente pero evitan pronunciarse debido a la presencia de Venezuela, Nicaragua, Cuba y otros países, con los cuales  es imposible alcanzar un consenso para criticar o condenar a Rusia.

Un caso notable es el del Consejo de Seguridad de la ONU, paralizado debido a la facultad de veto ejercida por los cinco miembros permanentes (Estados Unidos, China, Rusia, Reino Unido y Francia). Cualquier resolución de condena o favorable a sanciones contra Rusia, será vetada por este país. Lo mismo ocurre cuando Rusia (China raras veces lo hace) promueva algún acuerdo contra Estados Unidos o Europa.

Una situación paradójica es la de países políticamente cercanos a Rusia (lo cual no significa que sean aliados políticos o militares) como es el caso de China, para la cual la alianza estratégica con Moscú no significa comprometer su política exterior con sus aventuras o tensiones. China he dicho otras veces: “Escoge sus batallas” y lo hace exclusivamente en función de sus intereses.

Un botón de muestras lo refiere el diario El País de España, al contar que el vicesecretario de organización del partido de extrema derecha Vox, tras el asesinato Daria Dugina, hija de un ideólogo del Kremlin tuiteo: “Descansa en Paz, guerrera” y ante la reacción de integrantes del partido, se vio obligado a retirar su comentario. Ellos son derechistas, aunque no tanto.

Incluso el papa Francisco que está decidido a no ser el “capellán de Occidente”, tampoco cede ante las presiones que ejerce el gobierno de Kiev para arrastrarlo a la toma de posición contra Rusia y que ayer convocó al representate de El Vaticano en Ucrania para protestar por la condena del Santo Padre al asesinato de la comunicadora rusa Daria Dúguina

        En La Habana un jubilado comentó que el gobierno cubano, el cual no oculta sus vínculos históricos y simpatías hacia Rusia, fraguó cordiales relaciones con Ucrania desde la época soviética y fue solidario ante la tragedia de Chernóbil, mantiene vínculos con Europa Occidental y es decisivamente partidario de la paz, asume ante el conflicto de marras, una “posición decente”.

Francamente, me agradó escuchar que un vocero del pueblo combina en la misma oración las palabras “política” y “decencia” que, ojalá se asociaran con más frecuencia. Allá nos vemos

CUANDO A LA GUERRA SE SUMA EL TERRORISMO

La tradición de seguridad rusa iniciada por la Ojrana, policía secreta del Imperio Ruso, aunque con otros propósitos, fue continuada por la “Cheká”, cuerpo secreto bolchevique y luego por la KGB fundada en 1954 de cuyos legados, en la era postsoviética se nutre el Servicio Federal de Seguridad de Rusia.

Dos máximos líderes de la Rusia soviética y postsoviética, Yuri Andrópov, secretario general del PCUS en 1982 y Vladimir Putin, actual presidente, han dirigido los servicios de seguridad. Por una curiosa analogía, Andrópov era embajador en Hungría cuando la sublevación e invasión soviética en 1956 y Putin estaba en Alemania Oriental cuando el colapso del socialismo.

Con ese pedigrí, no me asombró la espectacular eficiencia conque en 48 horas, el Servicio Federal de Seguridad de Rusia dio por esclarecido el acto terrorista que costó la vida a Daria Dugina, conocida periodista y comunicadora, hija del ultra derechista ideólogo Alexander Dugin y conservadora ella misma.

Aunque sin aportar pruebas, el órgano de investigación afirma que el atentado fue preparado por los servicios especiales ucranianos, y ejecutado por Natalia Vovk (1979), ciudadana de aquel país que, procedente de Letonia (estado miembro de la OTAN, en guerra con Rusia), ingresó a Rusia por la región de Pskov el 23 de julio con pasaporte emitido por la autoproclamada República Popular de Donetsk, acompañada por su hija de 12 años y unos 20 días después, cumplió la misión presuntamente asignada.

Una vez en Rusia, Natalia Vovk alquiló un apartamento en el mismo edificio donde residía su víctima, para lo cual, en su calidad de extranjera, ucraniana para más señas, debe haber mostrado documentos de identificación y suscrito un contrato. Cambió dos veces la matrícula de su coche y, una vez cometido el crimen regresó a Lituania por donde había llegado, cruzando la frontera con placas de Ucrania.

Por esta vez, la eficacia mostrada por la seguridad rusa en la investigación, no impidió el acto terrorista, cuidadosamente planeado y limpiamente ejecutado, ni evitó la espectacular huida de la presunta asesina. Tampoco llamaron suficientemente la atención los antecedentes de la ucraniana que, según versiones, habría pertenecido al batallón neonazi Azov, incluso servido en las fuerzas armadas ucranianas y cambiado de nombre por el de Natalia Shaban.

El extraño hecho de una terrorista que conduce un auto por miles de kilómetros de Ucrania a Moscú pasando por Lituania lo haga con su hija de 12 años, se explica por la monstruosa sospecha de que la niña estuvo involucrada en la ejecución del atentado lo cual, de ser cierto, revela un amateurismo criminal.

La operación consistió en colocar una bomba en el coche de la joven, presumiblemente en el parking del evento cultural “Tradición” al cual asistió con su padre. Según se cree el artefacto fue explotado a distancia desde un automóvil que seguía a la víctima. De acuerdo con la agencia de noticias Ria Novosti, Natalia Makéyeva de la Unión de la Juventud Euroasiática a la cual pertenecía la occisa, pidió a los participantes del festival que conservaran sus grabaciones de móvil.

No existe explicación sobre si la bomba en la cual, según TASS, se utilizaron 400 gramos de explosivos, fue llevada a Moscú por la presunta terrorista atravesando las fronteras de Lituania con Ucrania y con Rusia, la fabricó ella misma en Moscú o alguien se la proporcionó. Es poco creíble que una mujer y una niña lo hayan hecho todo ellas.

Un dato que introduce confusión es una foto que muestra a Andrej Sergeevich Vovk, presunto marido de la terrorista, en una competición de natación de Azov, no obstante, según otra versión atribuida al periodista ucraniano Denis Kazansky, el esposo de Natalia Vovk, es un activista pro ruso y uno de los organizadores del referéndum sobre la escisión de Ucrania en 2014. El hecho de que tantos antecedentes pasen inadvertidos para la seguridad rusa es poco frecuente.

Varios días después del atentado, la única reacción conocida del gobierno de Lituania es que la fiscalía de ese país: “No ha recibido ninguna solicitud o consulta de las autoridades rusas sobre este tema.”

Aunque no se refirió específicamente al hecho, el portavoz del Departamento de Estado, Ned Price, dijo que Estados Unidos “condenan inequívocamente los ataques contra civiles”.

No es ocioso investigar y procurar castigar jurídicamente a los autores intelectuales y materiales del bárbaro acto que costó la vida a Daria Dugina, ante lo cual cabe acudir a la fórmula: “No comparto sus ideas, pero lucharía por su derecho a defenderlas”. Quienes no merecen defensa alguna son aquellos que llevaron su nacionalismo y presunto patriotismo a desencadenar la guerra. Los polvos traen lodos. Para evitar más muertes, hay que detener la guerra. Allá nos vemos.