Trump contra el Mundo. América Primero

Perdonen las dimensiones del artículo, pero palidece ante la gravedad del futuro que nos espera.

El mundo conoce que el presidente Donald Trump ha estado amenazando desde su primer mandato con aplicar normas coercitivas a las naciones del hemisferio americano.

No exagero al decir esto. Sabemos que, desde un principio, mencionó la posibilidad de que Canadá se convirtiera en el 51 estado de Los Estados Unidos de Norteamérica. Habló también de incorporar Groenlandia e inició una “limpieza étnica” estilo Trump, anulando los programas para ajustar el estatus migratorio de los llegados legalmente al país;  procedió a una deportación masiva de quienes no tenían documentación e incluso de muchos que habían llegado amparados en dichos programas.

No satisfecho con sus sueños de incorporar a Canadá y Groenlandia, se auto nombró el presidente de la paz. Tanto así que aspiró al Premio Nobel, el cual le fue otorgado a la dirigente venezolana opositora María Corina Machado.

Bombardeo Irán, Yemén, se alió en Siria con un terrorista por el cual Washington ofrecía diez millones de dólares por su captura, Ahmed al-Sharaa, condonando sus criminales actos de lesa humanidad a cambio de entregarle a USA el libre acceso a los recursos de ese país.

Se alió prácticamente con Rusia en lo referente a su guerra con Ucrania, con el discurso de que llevaría la paz a esa región. Con ese propósito elaboró 28 puntos cuya aprobación por las partes demanda la capitulación de Ucrania, su rendición incondicional y una vejación para los aliados naturales de Los Estados Unidos de Norteamérica desde la Segunda Guerra Mundial, que defienden ese país frente a Rusia, enemigo natural de Europa desde hace siglos.

Esas y otras decisiones que de un modo u otro han invalidado las alianzas naturales de Washington con Europa en el siglo XX, lo llevaron finalmente a desenterrar la Doctrina Monroe, pero no en su versión original que implicaba cierto compromiso en la defensa de las naciones americanas en caso de un ataque por las potencias europeas del siglo XIX. Su adherencia a dicha política de estado, inaugurada en 1823 por el entonces presidente James Monroe y elaborada por su secretario de estado John Quincy Adams, la asumió a partir del Corolario Theodore Roosevelt, quien le añadió a la misma el derecho a intervenir en los países del hemisferio. Amén de ese aspecto de la Doctrina Monroe, Trump ha ampliado ese derecho, exigiendo a todos esos países la cooperación incondicional con aquello que se considere necesario para su bienestar. Entre otras cosas el acceso a los recursos naturales de las respectivas regiones por las corporaciones estadounidenses y excluir del hemisferio americano todo gobierno desafecto o en contradicción con la política de Washington. De no resultar así Los Estados Unidos de América se arroga el derecho de intervenir por diversos medios, incluyendo la fuerza militar, para llegar a un entendimiento.

La nueva versión de aquella política de estado ha sido el basamento de su intervención en Venezuela y el secuestro de su presidente. Para darle visos de legalidad a la operación, previamente montó una maquinaria de sanciones diversas, acusando de narcotraficante a Nicolás Maduro y definiendo ese país como un narcoestado. A su vez decidió por decreto definir esa criminal actividad como terrorista, con lo cual “legalizaba” el ataque indiscriminado contra embarcaciones que supuestamente transportaban narcóticos y ordenó, a través de la Secretaria de Guerra, matar “in situ” a sus tripulantes. Así mismo se arrogó el derecho de penetrar en el país si Maduro y miembros del gabinete no accedían a sus exigencias. De hecho, justificó el secuestro como una operación policiaca, donde las autoridades del FBI fueron “ayudadas” por el ejército para la captura de un prófugo de la justicia estadounidense rechazando la acusación de un ataque militar.

La humanidad para garantizar la convivencia social ha inventado las leyes y las diversas normas inherentes a las culturas que componen el globo terráqueo, influidas   y adaptadas a las condiciones materiales en que vivimos. Todas las normas aún las más brutales y primitivas han nacido con el objetivo de proteger al órgano social donde habitamos y desde hace apenas poco más de dos mil años se ha empeñado también en garantizar el respeto a la individualidad. Pero nunca, en un término menor de un año, se habían construido concepciones tan extravagantes como las ideadas por Donald Trump avaladas por decretos de dudoso fundamento. Ni se habían prostituido tanto  la definición de los términos. Tal es el caso de narcotráfico, terrorismo, democracia, derecho y un sin número más, con el propósito único de legitimar las acciones de un gobierno, en este caso de un gobernante.

La doctrina que ya comienza a implementar Trump le otorga “derechos” a Los Estados Unidos de América para decidir incluso qué tipo de gobierno debe regir en el hemisferio americano, al margen de que afecten o no los asuntos internos de Washington. Eso sólo no basta. Además, deben proceder de acuerdo a sus intereses, lo cual significa, en concordancia con ese galimatías al estilo Trump, que dicha política también beneficiará a los países del hemisferio. O sea que todo lo que beneficie a Washington beneficiará a Latinoamérica y al hemisferio americano en general. No sabemos de que sombrero mágico el presidente Trump ha sacado esas conclusiones. Pero la realidad es que esa política ya ha comenzado a ponerla en práctica.

Secuestrado Nicolás Maduro, a quien no voy a juzgar porque mis criterios socialistas son absolutamente democráticos, lo cual no incluye necesariamente elecciones por partidos, pero difieren absolutamente de direcciones autoritarias de estado y limitaciones a la expresión y a la existencia de medios controlados por organismo de cualquier índole y mucho menos bajo la sombrilla de un gobierno, se abren las puertas para activar la variante de la Doctrina Monroe que en este caso es la variante del Corolario Theodore Roosevelt.

Trump “no gobernará en Venezuela”, pero quienes están al frente de ese gobierno tendrán que trabajar en tándem con su mandato. Para lograr esto no van a hacer nada malo sino simplemente aplicar una “cuarentena” (esto en el lenguaje Trump no se sabe cuántos días son) al petróleo, confiscando los barcos que salen cargados con el preciado líquido. O sea, ahogarán al país que, en lenguaje castellano significa ahogar a sus ciudadanos. Es lo mismo que vienen haciendo con Cuba desde hace décadas, cuya mayor crueldad comenzó a partir del gobierno de Joe Biden, época en que Cuba comenzaba a implementar medidas económicas acordes con las realidades que hacía años el mundo entero había reconocido.

Cuba, aunque no es mencionada con frecuencia por Donald Trump ni por el arquitecto de la política estadounidense para América Latina y el Caribe, Marco Rubio, está en la mirilla. Y esto se entiende perfectamente, si escuchamos las referencias expresadas en este sentido tanto por Rubio como Trump. A la pregunta: “¿Qué va a pasar con Cuba?”. En este sentido ambos coinciden diciendo que es “una nación fallida” (palabras de Trump) o Cuba está destruida y deshecha porque quienes la dirigen son unos ineptos lunáticos, palabras de Rubio, aunque no textuales.

Entre las directrices que el nuevo gobierno de Venezuela deberá seguir es sacar del país a todos los cubano e iraníes y suspender el envío de petróleo y cualquier ayuda a esos países. Esto, sumado a las más de 250 sanciones impuestas por el gobierno de Trump, que impide a Cuba hacer transacciones bancarias internacionales y ni siquiera privadas (porque le endilgaron la palabra de “país terrorista”); prohíbe además a las corporaciones con más de un 10% de capital estadounidense hacer negocios con la Isla, todo lo cual, junto a otra serie de medidas más, impiden un normal desarrollo de las actividades económicas. Esto ha dado por resultado que el sistema de salud está quebrado, las infraestructuras de la ciudades están a punto de derrumbarse, el sistema de alcantarillado, acueductos, el sistema energético en su conjunto sufre de obsolescencia moral, las escuelas no tienen maestros o escasean, sus edificios están deficientes y cuando llueve hay que cancelar las clases, en fin sin efectivo para importar fertilizantes y aperos agrícolas y tecnología para hacer funcionar los cultivos, ha llevado a gran porcentaje de la población a padecer de carencias que eran impensables hace veinte años atrás. Le han aplicado la ley del deterioro, la destrucción y el hambre y en poco tiempo las enfermedades podrían hacer de las suyas apoderándose de la mayoría poblacional. Ese mismo principio, el del hambre, es parte del nuevo proyecto venezolano si el gobierno en funciones no llegase a acuerdos con el Departamento de Estado.

En cuanto a la decisión que continúen gobernando los llamados chavistas sin Chávez y ahora sin Maduro, es la única medida inteligente por la que optaron tras su secuestro. Esta decisión definitivamente conduce a evitar o mitigar los derramamientos de sangre que conmociones como éstas generalmente acarrean.

Claro la solución no debió ser esa. En mi criterio es irresponsable porque infringe las normas internacionales y origina desconfianza en la comunidad de naciones. La solución sólo puede lograrse a través de conversaciones. Para lograr esto hace falta transparencia y sentido común y hay que poner a un lado la ortodoxia ideológica. En el caso venezolano no creo que la obsesión ideológica haya alcanzado tanta profundidad como para estorbar en una negociación delicada (para Venezuela en especial), de esta naturaleza.

Los Estados Unidos de América debieron dar comienzo a la solución, eliminando todas las sanciones, a cambio de acceder a las inversiones que reclama Washington, las cuales no implican ceder totalmente en criterios sociales. Sobre democracia es difícil llegar a acuerdos porque a Washington nunca ese tema le ha interesado de entorpecer una buena negociación, salvo para la retórica. De hecho la conducta asumida respecto al gobierno de Delsy Rodríguez muestra que tienen el pragmatismo necesario para no detenerse en “asuntos secundarios”.. Recordemos además que Donald Trump gobierna un país con un sistema político llamado democracia porque consiste en la existencia de tres poderes: Ejecutivo, Legislativo y Judicial.  Sin embargo, en las condiciones administrativas y gobernanza que Trump ha llegado al poder ese  mecanismo ha mostrado ser irrelevante.

La existencia de Tres Poderes (en cierto modo una falacia del lenguaje), no tiene ninguna efectividad para salvaguardar los intereses más íntimos del ciudadano si carecen de la esencia que los legitima, o sea, la capacidad de que puedan enfrentarse. Eliminado este aspecto, la supuesta “democracia” es pura pantalla. Y no vamos a prescindir aquí de los otros poderes, los fácticos, que estuvieron presentes el día de la celebración del triunfo de Donal Trump como presidente. Todo aquel show fastuoso de la celebración estuvo constituido por la flor y nata de los dueños de las gigantescas corporaciones y compañías financieras del país, cuya presencia mostró el núcleo central del nuevo gobierno, alrededor del cual gira todo lo demás.

La Casa Blanca cuenta con la aceptación obediente, en ocasiones sumisas, del Congreso de la Nación y de la Corte Suprema, así como de gran parte de los jueces de Distrito. Por lo tanto, teóricamente estamos frente a un tipo de dictadura que, no contenta con eso, labora incesantemente para sistematizar esa práctica.

La crítica de los poderes dominantes latinoamericanos al secuestro de Maduro, es lamentarse que la “democracia no se haya implantado de inmediato” y se reconozca la oposición como el verdadero gobernante. No aprendieron que esa “democracia inmediata” luego de caer la “tiranía”, fue lo que pretendió hacer Bush en Irak, quien apenas las tropas tomaron un relativo control de la situación, aterrizó un avión transportando el “nuevo gobierno”, que reemplazaría al que acababan de eliminar de un plumazo, mejor dicho, de un balazo. Resultado fue que en un lapso de pocos años murieron en combate más de un millón de iraquíes, quienes se enfrascaron en una sangrienta lucha de facciones.

Cuba está colgando de un hilo. Lamentablemente así tengo que reconocerlo luego que abandoné mi admiración “por los héroes inmortales” (por lo general todos ellos muertos) y estoy convencido del socialismo pragmático de los chinos, vietnamitas, los países bajos de Europa, el de Bernie Sanders y otros, con la característica que todos ellos son diferentes y se identifican en ser eficientes. Ser pragmático no significa abandonar las ideas fascistas, comunistas, socialistas o socialistas democráticas, es simplemente buscar el modo de lidiar con las realidades que superan nuestras capacidades físicas, las cuales son parte irremediable del devenir, aunque nos moleste.

¿Cómo hará Cuba con el 40% menos de petróleo del que actualmente recibe y le permite electrificar la población solamente 8 o 10 horas diarias y a veces menos? ¿Cómo hará para alimentar a una población que de seguro va a recibir menos moneda fuerte que la poca recibida en los últimos tres o cuatro años, ayudándola a palear las dificultades? ¿Cómo hará cuando puedan entrar menos barcos de suministros porque por diferentes procedimientos les serán vedadas las entradas por el bloqueo impuesto a Venezuela? En fin, ¿Cómo hará cuando las otras ayudas para la supervivencia que ha recibido de ese país le sean suspendidas de un tajo?

Esas y muchas más preguntas son difíciles de contestar en estos momentos. Especialmente porque en el caso de Venezuela, Washington ha mostrado su pragmatismo al confesar que quiere coordinar directamente con el gobierno de Delcy Rodríguez, siempre que no existan aferramientos que se interpongan a políticas que estimen vitales para garantizar el poder militar, la seguridad y el desarrollo ordenado de Los Estados Unidos de América. Para alcanzar esas metas consideran vital que los intereses estadounidenses tengan prioridad por encima de los países pertenecientes a otros hemisferios.

 

La situación es delicada y pienso que cada decisión debe ser calibrada con exquisita precisión. Las situaciones no duran para siempre y el mundo es cambiante. Lo importante es sobrevivir y salvar los máximos valores posibles.

Por encima de todas esas consideraciones es importante tener presente que Rusia ni China están dispuestas al peligro de participar en una escaramuza nuclear en aras de Venezuela u otro país del hemisferio americano. Aunque sí lo están en aras de sus respectivas regiones. Para eso, Donald Trump viene mostrando hace largo tiempo que está dispuesto a negociar con Rusia, apoyarla y acceder a sus pedidos antes que lidiar con Ucrania. Queda por ver hasta dónde están dispuesto también en el caso de Taiwan, lo cual no es muy descabellado y tiene muchas avenidas.

El globalismo está gravemente herido. Por mucho tiempo permanecerá en cuidado intensivo. No creo que muera, pero dadas las presentes condiciones creo que pasarán muchos años para recuperarse y regresar a donde estábamos a comienzos del año 2025.

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