
Hasta no hace mucho, las referencias al “mundo basado en reglas” aludía a las instituciones y a las normativas entronizadas después de la II Guerra Mundial que dieron lugar a la sociedad internacional de la postguerra. Esas reglas están contenidas en la Carta de la ONU, la norma jurídica de mayor jerarquía con la cual están comprometidos todos los países, excepto algunas potencias que, actuando al margen de la ley, las irrespetan. A ella se suman los Acuerdos de Bretton-Woods, la Declaración Universal de los Derechos Humanos y decenas de otras convenciones de impacto global.
Con unos 200 estados, con intereses diferentes que generan multitud de contradicciones, sin estas reglas, el mundo sería una selva o un ámbito que como, en el lejano oeste según, Hollywood imperaba la ley del revólver y se disparaba desde la cintura. Al revés, si fueran observadas, los conflictos internacionales serían mínimos y no habría guerras.
Las reglas adoptadas unánimemente por la comunidad internacional entonces integrada por unos 50 países, y de la cual no formaban parte las colonias y fueron excluidos los integrantes del eje nazi y sus cómplices.
Las normas mencionadas no fueron perfectas y, debido al tiempo transcurrido y a los cambios operados a escala planetaria, están requeridas de importantes actualizaciones, no obstante, son lo mejor y más eficaz alcanzado en materia de derecho internacional público.
En los 81 años de vigencia de las normas, convenciones y acuerdos que hoy líderes oportunistas se permiten ningunear, la humanidad pasó en razonable paz de 60 estados a 200, se eliminaron las colonias y las dictaduras, prosperó el campo socialista y se registró el impresionante avance de China y de unas 20 potencias emergentes. En otro orden de cosas se evitó la proliferación nuclear, se logró que la competencia por el espacio fuera pacífica lo cual permitió, entre otras cosas, que el hombre viajara a la Luna.
Con sensatez, los líderes bajo cuya orientación se crearon las reglas, Franklin D. Roosevelt, Iósiv Stalin y Winston Churchill a los que se sumaron Francia y China, legislaron para que, como miembros permanentes del Consejo de Seguridad fueran, primero ellos mismos, y luego los líderes de sus respectivos países, los encargados de aplicarlas, recayendo sobre ellos la inmensa responsabilidad por la seguridad y la paz mundial.
Para lograr que ese mecanismo funcionara, en la Carta se estableció una cláusula según la cual, en asuntos que atañen a la seguridad internacional y la paz, se requiere el voto positivo de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad, lo cual otorga a cada uno de ellos, la poderosa potestad de veto.
Ello explica por qué Estados Unidos, la Unión Soviética (ahora Rusia) Gran Bretaña, Francia y China, no han sido nunca condenados por las Naciones Unidas y tampoco lo han sido sus aliados. El caso más notorio es el de Israel.
De haberse honrado la Carta de las Naciones Unidas, la mayor parte de las guerras e intervenciones desatadas en los últimos 80 años no habrían ocurrido ni tampoco estuvieran en curso las de Ucrania e Irán.
En ambos casos, aunque no se han utilizado, las armas nucleares son protagonistas y el peligro de que se empleen es latente. No obstante, llegue o no el infausto momento, Inglaterra y Francia amenazan con enviar tropas a Ucrania como parte de la coalición de los “Dispuestos”, propósito que puede complementarse con la entrega de armas nucleares a Kiev, o emplazarlas en su territorio, de lo cual Rusia, tal vez no se conforme con tomar nota.
En cualquier caso, la sociedad basada en reglas es preferible al caos que abre a los poderosos la posibilidad de imponer por la fuerza su voluntad y realizar sus intereses muchas veces non sanctos. Allá nos vemos.
Con unos 200 estados, con intereses diferentes que generan multitud de contradicciones, sin estas reglas, el mundo sería una selva o un ámbito que como, en el lejano oeste según, Hollywood imperaba la ley del revólver y se disparaba desde la cintura. Al revés, si fueran observadas, los conflictos internacionales serían mínimos y no habría guerras.
Las reglas adoptadas unánimemente por la comunidad internacional entonces integrada por unos 50 países, y de la cual no formaban parte las colonias y fueron excluidos los integrantes del eje nazi y sus cómplices.
Las normas mencionadas no fueron perfectas y, debido al tiempo transcurrido y a los cambios operados a escala planetaria, están requeridas de importantes actualizaciones, no obstante, son lo mejor y más eficaz alcanzado en materia de derecho internacional público.
En los 81 años de vigencia de las normas, convenciones y acuerdos que hoy líderes oportunistas se permiten ningunear, la humanidad pasó en razonable paz de 60 estados a 200, se eliminaron las colonias y las dictaduras, prosperó el campo socialista y se registró el impresionante avance de China y de unas 20 potencias emergentes. En otro orden de cosas se evitó la proliferación nuclear, se logró que la competencia por el espacio fuera pacífica lo cual permitió, entre otras cosas, que el hombre viajara a la Luna.
Con sensatez, los líderes bajo cuya orientación se crearon las reglas, Franklin D. Roosevelt, Iósiv Stalin y Winston Churchill a los que se sumaron Francia y China, legislaron para que, como miembros permanentes del Consejo de Seguridad fueran, primero ellos mismos, y luego los líderes de sus respectivos países, los encargados de aplicarlas, recayendo sobre ellos la inmensa responsabilidad por la seguridad y la paz mundial.
Para lograr que ese mecanismo funcionara, en la Carta se estableció una cláusula según la cual, en asuntos que atañen a la seguridad internacional y la paz, se requiere el voto positivo de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad, lo cual otorga a cada uno de ellos, la poderosa potestad de veto.
Ello explica por qué Estados Unidos, la Unión Soviética (ahora Rusia) Gran Bretaña, Francia y China, no han sido nunca condenados por las Naciones Unidas y tampoco lo han sido sus aliados. El caso más notorio es el de Israel.
De haberse honrado la Carta de las Naciones Unidas, la mayor parte de las guerras e intervenciones desatadas en los últimos 80 años no habrían ocurrido ni tampoco estuvieran en curso las de Ucrania e Irán.
En ambos casos, aunque no se han utilizado, las armas nucleares son protagonistas y el peligro de que se empleen es latente. No obstante, llegue o no el infausto momento, Inglaterra y Francia amenazan con enviar tropas a Ucrania como parte de la coalición de los “Dispuestos”, propósito que puede complementarse con la entrega de armas nucleares a Kiev, o emplazarlas en su territorio, de lo cual Rusia, tal vez no se conforme con tomar nota.
En cualquier caso, la sociedad basada en reglas es preferible al caos que abre a los poderosos la posibilidad de imponer por la fuerza su voluntad y realizar sus intereses muchas veces non sanctos. Allá nos vemos.










