
La presidencia de Trump ha sido una montaña rusa donde las expectativas de la subida, se mezclan con el torbellino que supone anticipar la bajada.
Las primeras notas fueron tan triviales como poner en dudas el resultado de la votación y el enorme margen del voto popular a favor de Hillary Clinton. Como si eso importara en un sistema electoral basado en la votación mayoritaria de los cincuenta estados que componen la singular federación y no en el deseo de su mayoría poblacional.
Más tarde subió de tono, cuando las órdenes ejecutivas migratorias fueron bloqueadas por jueces rebeldes y otras tantas requieren aprobación del Congreso. Para rematar el alboroto, el lema más promovido, tanto durante la campaña presidencial como en los siete años de crítica republicana a la Ley de Salud Accesible, popularmente llamada Obamacare, no pudo pasar la primera ronda de la discusión en la Cámara.
Entonces se agudizaron los golpes bajos, en los cuales el Presidente es un magnífico especialista. En uno de sus famosos twiters, que los Servicios de Inteligencia y Seguridad dijeron que suspenderían, Donald Trump manifestó que el Presidente anterior, Barack Obama, había ordenado vigilar su edificio en New York, la Torre Trump, (Trump Tower), donde radicó el cuartel general de su campaña presidencial.
De aquí volvimos al ruido inicial, vociferado a gritos por los demócratas, aun antes de la toma de posesión: “la injerencia rusa en las elecciones”. Una acusación delicada que en los últimos días ha regresado a las noticias, pero esta vez con comentarios de congresistas y funcionarios refiriéndose al hecho como una “declaración de guerra”. ¿Estados Unidos le declara la Guerra a Rusia o viceversa?
Para resolver el caso se designó al Comité de Inteligencia de la Cámara, presidida por un republicano de California, Devin Nunes, para que hiciera una investigación de tan flagrante injerencia. Inesperadamente, éste visitó la Casa Blanca para informar al Presidente tener informes “secretos” probando que Obama efectivamente vigiló su cuartel general durante su campaña por la Presidencia.
Entonces comenzaron los dimes y diretes, porque obviamente, el encargado de investigar la injerencia de Rusia en las elecciones, no debía haber abandonado su trabajo para resaltar una acusación que viene del Ejecutivo, que ha sido negada por los servicios de inteligencia y que, revivida en estos momentos, jalada de los pelos, distrae la atención del asunto ruso.
Toda una peligrosa parodia porque atañe a Rusia, un país cuya grandeza sólo descansa en su cohetería nuclear y que, teniendo las condiciones óptimas, abandonó injustificadamente, la búsqueda de un socialismo genuino.
Como colofón, el General retirado Michael Flynn, quien renunciara al cargo de asesor del Presidente ante las acusaciones de haber tenido estrechas relaciones con Rusia y conversado con su Embajador en Estados Unidos a raíz de las sanciones impuestas por la Administración de Obama, manifestó que testificaría ante el Comité de Inteligencia de la Cámara si le aseguran inmunidad. ¿Inmunidad para qué? ¿Estará implicado?
Tremendo revolico. Nos parece estar escuchando una réplica de Gente de Zona instalada en la Casa Blanca… ¡se formoooó la gozaderaaa! La diferencia es que la banda real tiene tremendo swing y esta otra sólo anuncia baches en un Estado que nada bueno ni agradable augura para un gobierno que apenas comienza.