A escala social rectificar no es retroceder. La razón es simple, el tiempo no posee reversa. Rectificar es avanzar sobre errores o imprecisiones propias en busca de lo óptimo. Tales correcciones son electivas, no surgen solo de los fracasos, sino de la aparición de nuevas ideas e innovaciones; evidencian madurez para la autocrítica, y valentía política para introducir cambios y alcanzar de otro modo los mismos objetivos. Para el presidente Raúl Castro estas definiciones son puntos nodales.
Las sociedades contemporáneas, encuadradas en estados nacionales, son grandes colectividades humanas, organismos vivos y diversos, formados por distintas generaciones, creadores de las riquezas materiales y espirituales, y culturalmente plurales. Las sociedades son voraces y “omnívoras”, consumen todo, se alimentan con las diversas manifestaciones culturales y científicas, practican cuantas profesiones y oficios existen, se comunican mediante disímiles lenguas y profesan religiones, ideologías, y teorías diferentes.
A esa inabarcable diversidad se suman una variedad no menor de intereses, preferencias, tradiciones, e incluso caprichos, que operan paralelamente a las contradicciones de clase y nacionales, las desigualdades y las injusticias. La sociedad moderna, ahora global, es un fenómeno cuya complejidad, diversidad y alternativas, difícilmente puedan ser abarcadas con alguna cantidad de conceptos y palabras.
Por esas y otra miríada de razones históricas, sociales, económicas y culturales la idea de que la arquitectura de la sociedad contemporánea, con su base y superestructuras, conciencia social e institucionalidad, puede ser construida conscientemente a partir de un plan, es un sofisma o una utopía. Nunca ha existido tal plan porque nadie ha sido capaz de elaborarlo.
Por otra parte, aunque está probado que en ciertos períodos, respecto a cambios políticos y transformaciones sociales revolucionarias, algunas vanguardias son capaces de movilizar, conducir y representar a mayorías decisivas, incluso se conoce que en torno a ellas y sus liderazgos se ha alcanzado cierta unanimidad política y social; no obstante, asumir tales circunstancias como fórmula de convivencia y gobierno definitivas y vigentes para siempre, significa un reto al sentido común.
Otra cosa es la conciencia que lenta pero decisivamente se abre paso acerca de las imperfecciones, desigualdades, e injusticias de las sociedades actuales en todo el mundo, especialmente en los países emergentes v las naciones pobres. Cambiar esas realidades y hacerlo del modo más indoloro e incruento posible es la tarea más revolucionaria del momento.
Para avanzar en esa dirección se necesita reunir varios requisitos, entre ellos el más importante es un estado fuerte, legitimado mediante prácticas democráticas, conducido por líderes de probada vocación de servicio, habilitados por la aprobación de mayorías decisivas, que en conjunto sean garantes del bien común. Hace falta también protagonismo popular enmarcado en sociedades civiles activas y calificadas.
En cierta ocasión afirmé en clases: “Cuba cuenta con todos esos elementos”.
—“¿Qué falta entonces?”, preguntó un estudiante.
—“Nada”, respondió otro sin pedir permiso, y añadió: “Como diría Máximo Gómez: Hay que montar las ideas a caballo…” Allá nos vemos.
*Este artículo fue escrito para el diario mexicano ¡Por Esto! Al reproducirlo o citarlo, indicar esa fuente










