Leningrado                                 Hace poco conversaba con mi amigo Irenaldo García, quien, repito, nada tiene que ver con el esbirro batistiano de igual nombre. Acababa él de leerse un libro sobre el sitio de Leningrado por las tropas fascistas alemanas durante la Segunda Guerra Mundial, escrito por un inglés con doctorado en Historia y profesor de universidades. Estábamos en su casa y rebuscó entre el reguero de su escritorio y encontró unas cuartillas con notas que tomó del libro.

“El autor, me dijo Irenaldo, es el moderno antisoviético que aparentando objetividad sabe muy bien como trampear su ideología. Pero, por supuesto, como inglés, no puede ser hitleriano, aunque  trata de poner a ambos bandos casi igualmente de tétricos.”

Recordamos que en junio de 1941 tres millones de soldados alemanes invadieron la URSS con miles tanques y aviones que avanzaron en un frente de 2 mil 500 kilómetros. Llegaron hasta las puertas de Moscú. Hitler estimó que el Estado bolchevique, para él conspiración comunista y judía que personificaba al mismo infierno, caería en cuatro meses.

Leningrado, la antigua ciudad de San Petersburgo, como se llama de nuevo ahora, en 1917 fue el puntal de la revolución de Lenin y en junio de 1941, al comenzar su asedio, poseía importantes fábricas y era base de la poderosa Flota del Báltico.

Hitler quería barrer Leningrado de la faz de la Tierra, acabar con la cuna de la Revolución de Octubre, que tanto odiaba. Decidió destruir la ciudad con masivos y continuos ataques de su poderosa artillería y de sus bombardeos aéreos. Moscú, la capital, creía él, estaba a punto de caer. Leningrado no podría recibir refuerzos, aunque, cercada como estaba, no se dejaba tomar.  Pero él la liquidaría, sino a cañonazos, de hambre, más cuando las temperaturas en invierno alcanzaran los cincuenta grados bajo cero.

Una ciudad de casi tres millones de habitantes quedó sin alimentos, electricidad, gas, agua corriente, carbón ni leña. Para sus cercados habitantes oro eran las pequeñas velas con que se alumbraban, igual que la más fina rebanada de pan. Quemaron muebles y libros para las estufas en busca de algún calor. Se hallaba qué comer o se moría. Los gatos desaparecieron. Se cazaba pajaritos e insectos. Se inventaba gelatina con cola de carpintero. No pocos comieron ratas y se hizo alimento de los forros hervidos y machacados de los muebles. Hasta casos de canibalismo se dieron.

La gente se desplomaba en las aceras víctimas de la inanición. Carros cargados de muertos recogían y cruzaban las calles a diario. En los 872 días de asedio murieron más personas de las que perdieron los EE.UU.  y Gran Bretaña  juntas durante toda la guerra.

Pero era un pueblo duro de roer. En sus alrededores, los soldados combatían con sus PPecha hasta que en enero de 1944 el Ejército Rojo recuperó Leningrado.  Todavía hoy los habitantes de esa ciudad dicen con orgullo: “Troya cayó, Roma cayó, pero Leningrado no cayó.”

Los teatros, la ópera, no dejaron sus representaciones con actores y músicos famélicos y a punto de desfallecer. Era normal que durante una función se produjeran siete u ocho alertas antiaéreas y se sentían explosiones afuera. Los artistas entraban a camerinos bajo cero y en lamparitas descongelaban los botes de maquillaje. Estaban pálidos y demacrados, pero sonreían. Las bailarinas, delgadas como palillos. Algunos se desmayan en medio de la función. A veces, cuando caía el telón, el público, emocionado, se levantaba de las butucas y demasiado débil para aplaudir expresaban su admiración de pie, reverentes durante  minutos.

En aquella ciudad sitiada, hambreada, repleta de miles de muertos, la gente asistía a los conciertos, a los teatros y a las exposiciones de pintura. Los fascistas subestimaron y no entendían la voluntad de un pueblo a resistir, como cuando en marzo de 1942 se interpretó la Séptima Sinfonía que el famoso músico Shostakovich había terminado y dedicó a su ciudad. Se necesitaban 80 músicos, pero solo quedaban 25 y los instrumentos de viento no sonaban bien, pues no había fuerzas para soplarlos. Se hizo un llamado.  Algunos de los que aparecían eran de bandas militares. Tocaban y regresaban al frente, pero el día de la presentación se llenó el local.

Un niño de 14 años dejó un testimonio escrito: “Sé que es malo que una persona se rinda ante las dificultades, pero ahora sólo nos dan 125 gramos de pan y, de vez en cuando, un pedacito de pastel de hierbas. Estamos escuálidos. Hace poco un obús impactó en la casa y todas la ventanas están rotas y cubiertas de cartón. Nos arrimamos a la estufa para calentarnos. De noche tenemos luz de una pequeña vela. Sólo sueño con una comida decente. No puedo más.”

En diciembre de 1942 se logró hacer una “carretera de hielo” sobre el lago Lagoda, no obstante las tormentas de nieve y los ataques nazis. La llamaron el Camino de la Vida, un logro colosal de los rusos. Por ahí llegarían algunos suministros al sitiado Leningrado. Aviones soviéticos protegían la ruta.

Un día, cuando en el Teatro de la Comedia Musical se presentaba una pieza humorística, El ancho, ancho mar, los alemanes atacaron con aviación y artillería. El actor principal preguntó: ¿Qué hacemos, camaradas? ¿Vamos al refugio o continuamos? Y aquel público desnutrido, que podría en unos minutos morir, respondió: ¡Continuamos!

El bloqueo militar  nazi quedó roto por los soldados del Ejército Rojo en enero de 1943 y en1980 hubo en Alemania occidental una exposición de dibujo que una niña con talento  había hecho cuando el asedio. Ahora era pintura con fama, anticomunista y antisoviética. Pero allí conoció a militares alemanes que habían participado en el brutal asedio. A ella se la habría olvidado el horror que vivió Leningrado, o le habrá echado la culpa del mismo a Stalin. Pero en la exposición hubo veteranos que sintieron bochorno.  Algunos, casi con lágrimas en los ojos, le dijeron: lo que hicimos no era necesario desde el punto de vista militar. Y en nombre de todos pidieron que los perdonaran.

Y uno piensa, sin tratar del igualar el horror nazi con lo que ocurrió y ocurre en los tiempos actuales, si  alguien algún día van a pedir perdón por Hiroshima y Nagasaki,  por la invasión a Irak, por crear a Osasma Bin Laden, por Strossner y Fulgencio Bastita, por Trujillo, por tantas dictaduras criminales en América Latina, por arrebatarle a México la mitad de su territorio, por asesinar a Sandino,  por los muertos de Playa Girón, por una ley de embargo de más de medio siglo que todavía pretende algo similar a lo del asedio hitleriano a Leningrado, por todo, chico, por todo lo que nos han hecho, me dijo mi amigo Irenaldo García, quien, repito, nada tiene que ver con el esbirro batistiano de igual nombre.