
Salvador Capote
El centrismo de nuevo cuño, que también con frecuencia adopta disfraces como el de nacionalismo, tiene antecedentes culturales que arrancan desde el autonomismo del siglo XIX y es una tendencia que, ya en la etapa de la pseudorepública, fue promovida por los gobiernos estadounidenses con el objetivo de mellar el filo revolucionario de los movimientos populares. El centrismo, con sus diversos nombres, disfraces y pretextos, tiene entre sus precursores en la república mediatizada a los “plattistas”, a los “moderados” del tirano Gerardo Machado, y a figuras como Tony Varona, Ramón Barquín, Justo Carrillo, y José Miró Cardona con su “Sociedad de Amigos de la República”, todos los cuales intentaron crear una “tercera fuerza” que arrebatase el triunfo al movimiento revolucionario comandado por Fidel. Agentes de la CIA, como William Morgan, fueron infiltrados en el Segundo Frente Nacional del Escambray, dirigido por Eloy Gutiérrez Menoyo, con el mismo objetivo de crear una tercera fuerza capaz de arrebatar el triunfo a los rebeldes de la Sierra Maestra.
Desde el mismo Primero de Enero de 1959, con Manuel Urrutia como presidente provisional, la contrarrevolución, camuflada de centrismo y ligada siempre a intereses foráneos, no ha cesado en sus intentos de frenar, obstaculizar, desvirtuar y eventualmente destruir el proceso revolucionario. En las dos últimas décadas, su labor de zapa se ha ido extendiendo cada vez más a los medios digitales, teniendo como objetivos predilectos a los estudiantes, intelectuales y artistas, con un amplio diapasón que abarca desde lo más grosero, como las directas de algunos llamados “influencers”, hasta lo elitista, como el libelo La Joven Cuba.
Como ha sucedido a lo largo de más de un siglo, el centrismo contrarrevolucionario no tiene en Cuba oportunidad alguna de prevalecer, no solo porque choca contra un pueblo radicalmente revolucionario y antimperialista sino porque arrastra el pecado original de sus vergonzosos vínculos con intereses extranjeros.