Llevamos a Oriente, Cuba 7500 libras de leche

“Es muy poquito”, pensé mientras caminaba por el aula. “7500 libras de leche en polvo es poco para tanta necesidad”, me dije. Sentí alegría y tristeza. Eran las nueve de la mañana. Hacía frío aquí en Seattle. Los estudiantes se acomodaron en sus asientos. Iba a empezar la clase. “Como quiera que yo lo ponga”, seguí pensando, “es un granito en un mar de necesidades”. Y ahí mismo me entró el gorrión, porque la donación era casi nada.

Pero entonces me dio alegría. ¿Seré bipolar? Me subió una contentura inesperada. Me acordé de que, este fin de semana, llevamos leche en polvo a un centro de Cáritas, de la iglesia, en Holguín. Y pensé en que esa gente le da desayunos a niños y viejitos afectados por el huracán. Y en el aula, con el chachareo en inglés como ruido de fondo, a cinco mil kilómetros de Cuba, me reí solo, como si estuviera loco.

Mis estudiantes estadounidenses (que también habían puesto su granito de arena) me veían caminar por la clase hablando solo. Mi cara, por momentos triste, por momentos alegre.

“El señor Lazo está un poquito ‘crazy’”, dijo uno, en broma. Puede que tuviera razón. Hay quien dice que estoy loco.

Para aprovechar el “rush” de la felicidad que sentía, empecé a tararear la Guantanamera. “Muchachos”, anuncié, “llevamos 7500 libras de leche en polvo a la gente de Oriente”. Los adolescentes aplaudieron como si los que se fueran a tomar el vasito de leche fueran ellos.

“Fuimos a varios hospitales”. Ellos escuchaban atentos, “centros maternos infantiles, pediátricos, centros psicopedagógicos, hogares de ancianos…”.
Les enseñé fotos. Les leí una lista de más de treinta lugares donde hicimos la entrega. “Denles gracias a sus padres”, acoté, “porque ellos también contribuyeron”.

Pero mi ánimo, ya les dije, estaba como un cachumbambé. La alegría me duraba poco. “Señor Lazo”, me dijo uno, “pero eran ciento cincuenta sacos de leche, ¿verdad?”. Al chico, de pelo rojizo y duro, le gustan las matemáticas. “Sí, jabao”, le dije, usando el apodo con el que lo he bautizado. “Ciento cincuenta sacos”, repetí. Yo me imaginé por dónde venía la pregunta. “Es poco para tanta gente”, insistió él y empezó a sacar cuentas. Y a mí me entró la desazón otra vez. Era verdad. En algunos de los lugares solo pudimos llevar uno o dos saquitos.

Repasamos la lista: “Dos sacos en el hogar de ancianos de Bartolomé Masó. Un saquito en el Hogar materno Mariana Grajales, de Bayamo…”. Seguí. “Uno para las embarazadas del hogar de Río Cauto, uno para el hogar materno de Medialuna”. Se me fue haciendo un nudo en la garganta. Estos nombres de poblados de Cuba, son palabras extrañas para ellos, pero a mí me parten el alma: “Dos para un hogar de ancianos de Campechuela…Manzanillo, Jiguaní, Boniato, Niquero, Buey Arriba…”. Un saquito por aquí, un saquito por allá. Ahora casi no podía hablar, porque el pelirrojo me había sacado del paso.

Entonces el niño se percató de mi cara afligida. Se quedó pensativo, como si de pronto hubiera recordado algo. Sonrió y me dijo: “No se preocupe Sr. Lazo. Esto va de matemáticas, pero hay más”. Luego hizo una pausa y agregó: “Esto es como esa historia de los panes y los peces. ¡Y las multiplicaciones!”.

Y yo, con los ojos aguados, contento otra vez, le dije: “¡Así mismo, jabao! ¡Así mismo!”.

Carlos Lazo
Organizador de Puentes de amor
13 de noviembre de 2025

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