Las Estatuas de sal

                                                 

        Una vieja advertencia resuena como eco en Estados Unidos de América. Parecería que el tiempo político se haya quedado atrapado en las furiosas garras del águila que la simboliza. No sé con cuánta convicción tenía Franklyn D. Roosevelt, cuando dijo aquellas frases tantas veces repetidas por mí en diferentes trabajos que, como regresando de luctuosa tumba, llega a nosotros: “debemos luchar contra los viejos enemigos de la paz—negocios, y monopolios financieros, especulación, temerarios banqueros, antagonismo de clases, facciones, guerras mercantiles”.

¿Hemos adelantado o nos hemos detenido? ¿Estaremos sin saberlo en una máquina del tiempo que se empeña en llevarnos al pasado? ¿No serán suficiente 74 años para adelantar el ambiente social de una sociedad?

En el pasado se requirió de mucho para pasar de la carreta tirada por bueyes a la propulsión de vapor, muchos menos a la combustión y menos aún para elevarnos por los cielos. La capacidad del adelanto se estrecha con el crecimiento del saber, pero no es así en política. Desde la invención del avión, apenas pasaron 50 años para que los soviéticos pusieran el primer hombre en órbita. Sin embargo, desde que los griegos inventaron la democracia, transcurrieron casi dos mil años para que sabios hombres, indignados de políticas agresivas, cortaran las amarras con Inglaterra y redactaran la Constitución de Estados Unidos entre 1783 y 1787.

Son muchos los pensadores que han señalado que sería más fácil construir una escalera eléctrica que nos lleve hasta la luna, que consolidar justicia y esperanzas en un medio social. No importa cuán cuidadosamente redactada e instrumentada sean las regulaciones que determinan la forma de convivencia de todos. Siempre surgen los grupos que la prefieren para ellos o quieren administrarla a su antojo.

Como siniestra presencia generalmente son los grupos del dinero y las riquezas los más indolentes y quienes, por haber dominado por tanto tiempo las estructuras del Estado, pretenden utilizarlo a su antojo.

“Sabemos que un Gobierno organizado por el dinero es tan peligroso como un Gobierno organizado por las mafias”. No lo dijo Marx, Lenin, ni Fidel Castro. Son palabras textuales del Presidente Roosevelt en Time Square en 1936. Tengo la impresión que vivo en ese año.

Donald Trump, el Presidente recién nominado, tiene toda una cohorte de hombres millonarios, la nueva legión romana, que van desde Steven Mnuchin (Secretario del Tesoro), quien por largo tiempo fue Chairman de Goldman Sachs, con más de 50 millones de dólares, pasando por el de Relaciones Exteriores, Rex Tillerson, Chairman de ExxonMobil, con una riqueza aproximada de 288 millones, hasta Betsy DeVos, Secretaria de Educación, con un capital estimado en cinco mil cien millones de dólares. El Secretario de Comercio es Wilbur Ross, billonario y el de salud, un pobretón con 14 millones de dólares dueño de una clínica privada, se llama Tom Price.

Este es el retrato a medias de su gabinete, acentuado además por una presencia blanca impresionante. El amigo periodista Nicolás Río me dijo un día que cuando Trump ingresaba en los salones y ahí están las fotos para mostrarlo, parecía “que entraba un emperador con su séquito de millonarios blancos de ojos azules”.

El dinero no es malo, lo que sucede en los sistemas políticos actuales, excepto en Vietnam y Cuba es que se obtiene valiéndose de sus fisuras. Esto sucede porque la estructuración política está llena de cavernas, fabricadas precisamente por quienes se valen de esos intersticios.

El congelamiento del sistema político estadounidense tiene mucho que ver con la mentalidad generalizada del Poder, la cual ha acuñado un rechazo de lo social  contrastante con el “izquierdismo” (por así decirlo) de la derecha europea.

El Partido Conservador inglés, por ejemplo, defiende el casamiento de personas del mismo sexo, seguro de salud para todos, aborto y propone leyes para estimular la energía renovable limitando los hidrocarburos. Semejante posición sólo es entendible en personas de liberalismo extremo en Estados Unidos de América. En Polonia, Hungría y menos aún en el oeste de Europa, la religión no se mezcla en política y los criterios sobre el bienestar común, son denominador en cualquier partido conservador.

Estados Unidos, habiendo transitado por el New Deal y The Great Society, gracias a un sistema que posee determinadas flexibilidades, durante los cuales se adquirieron ciertos derechos para los no poseedores de dinero, capital o riquezas, no adelanta en esa dirección.

La mentalidad de Poder, con nuevos bríos para renovarse en esta nueva etapa de Donald Trump, devastadora para las clases no millonarias o en vías de serlo, está congelada. La tendencia de mirar al pasado remoto, volteando la cara para resucitar magníficos tiempos que nada tienen que ver con el presente, les ha enfriado el pensamiento. Por su parte la sociedad, acostumbrada a la malévola consigna del American Way of Life, vive aún el largo letargo donde se cobijan los fríos cerebros de los conservadores.

El pasado ha convertido el pensamiento de las dos facciones que rigen el país, en patéticas estatuas de sal.

Así lo veo y así lo digo.

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