
En materia nuclear Estados Unidos e Irán están de acuerdo en un punto: el otro debe dar el primer paso. Irán no lo hará porque disfruta de una ventaja avasalladora: No tiene prisa y mientras se discute, ellos avanzan hacia su objetivo; de no haber acuerdo, habrá bomba. Tiene el tiempo a su favor y ninguna sanción puede paralizarlo.
Para Estados Unidos las opciones son pocas porque Irán cuenta con las tecnologías para enriquecer uranio y producir plutonio, con la metalurgia y la ingeniería necesarias, así como con el know-how para crear la bomba. Por añadidura tiene también deseos vehementes y no le falta valor. Nada ni nadie puede impedirle avanzar, excepto la autolimitación.
En realidad, lejos de ser algo nuevo, la autolimitación por vía de la persuasión (la intimidación nunca ha funcionado) es la base de la no proliferación nuclear. Comenzó a aplicarse por el presidente Dwight Eisenhower, creador del Programa Átomos para la Paz (1953) acogido por la ONU y practicado por la Unión Soviética en su radio de acción.
El plan consistía en suministrar a los países interesados reactores de investigación y combustible para los mismos y para centrales nucleares, bajo control de Estados Unidos y a cambio de que no desarrollaran capacidades nucleares propias. Prácticamente toda Europa aceptó la oferta, tal como hizo Irán que, en 1967 puso en marcha su primer reactor nuclear que, con el uranio enriquecido para su funcionamiento, fue donado por Estados Unidos.
Debido a que ese país (como otros) nunca entregó el plutonio producido ni devolvió el uranio y gracias a que el proceso de desintegración relativa del uranio demora miles de años, puede darse la paradoja que el estado persa construya una bomba con parte del material nuclear entregado por Estados Unidos.
La exagerada preocupación de Estados Unidos porque Irán pueda producir uranio enriquecido o plutonio, no emana de temores por la seguridad de su territorio que, a casi 10.000 km, está fuera del alcance de los mejores misiles iraníes. Otra cosa son Israel, Arabia Saudita y los Emiratos del Golfo.
El problema de la competencia nuclear es que no se trata de disponer de una bomba, sino que se necesita un arsenal y de que además de crear los artefactos atómicos, se requiere de una ingeniería ultra avanzada para miniaturizarlos de modo que puedan ser acoplados a los misiles que, dado la distancia hasta Estados Unidos, deberán ser vehículos de reentrada, capaces de traspasar la atmósfera terrestre, retornar a la tierra y dar en el blanco.
Al cometer el error de retirarse del acuerdo con Irán, trabajosamente negociados por los Cinco+1, Donald Trump no sólo desató las manos a Irán, sino que condicionó a los Estados Unidos. El camino para un nuevo acuerdo es largo o espectacular, nunca fácil. Allá nos vemos.










